Heather Dean es el nombre que me dieron cuando nací. Naturalmente, es el nombre con el que me llamaban mis maestras y mis compañeros desde la primaria hasta la universidad. De hecho, un nombre como Heather Dean fue mi boleto de entrada para descubrir lo que mis compañeros universitarios pensaban de Israel y de los judíos en general. Ninguno de ellos sabía que yo había estudiado ocho años en la escuela hebrea y que podía leer en hebreo, que había visitado dos veces Israel ni que mi familia pertenecía a una sinagoga local (conservadora).

Tener un nombre como Heather Dean implicó que una de las estudiantes de mi dormitorio se sintiera completamente cómoda diciendo cosas tales como: "Israel debería convertirse en un estacionamiento". Allí fue cuando tomé una decisión: con el interés de saber más sobre lo que los otros estudiantes tenían para decir sobre Israel y los judíos, no era sabio revelar mi herencia. Mejor dejarlos pensar que simplemente conversaban con cualquier otro estudiante.

La máscara que era mi nombre reveló mucho más de lo que yo deseaba saber respecto a lo que la gente pensaba sobre los judíos.

En mi universidad prácticamente nadie se identificaba como religioso. No conocía a nadie que asistiera a algún servicio religioso o a una casa de plegarias. Mis compañeras de cuarto incluían a una católica, la hija de un predicador, una musulmana cuya familia había huido de Irán a finales de los años 70, y una judía secular. Aunque yo también era laica en ese momento, ella tenía un nombre que claramente se identificaba como judío, así que no tenía la posibilidad de esconderse como yo detrás de un nombre que no sonaba judío. De todo ese grupo, ninguna observaba con algo de seriedad la religión en la que había nacido. Pasaron otros 15 años hasta que me convertí en una judía observante.

La máscara que era mi nombre reveló mucho más de lo que yo deseaba saber respecto a lo que la gente pensaba sobre los judíos.

Durante mi segundo año en la escuela secundaria, una amiga hizo un comentario despectivo sobre el pueblo judío. Quizás buscaba ser graciosa, no lo sé. Molesta por su comentario, le pregunté en privado qué tenía en contra de los judíos. Ella me respondió: "Te lo diré. En quinto grado tomé lecciones de tenis. En el grupo había una niña judía que era llorona e irritante, básicamente una mocosa malcriada. Entonces decidí que no me gustan los judíos".

Eso era todo.

Porque una niña judía de 10 años se comportó de la forma en que se comportan muchos niños, ahora todo un pueblo era vilipendiado.

A lo largo de las generaciones, la gente común y corriente inventó excusas por las que un pequeño inconveniente dio como resultado una intensa aversión hacia los judíos. Llevando esto al extremo, en la historia de Purim, Hamán se enfureció por los actos de un judío, Mordejai, y su juicio se proyectó hacia todo el pueblo judío.

Al terminar la universidad me fui a Nueva York buscando una carrera en los medios de comunicación. Con una población judía tan grande, ya no había ninguna razón para ocultar el hecho de que era judía. En una industria repleta de judíos no hubiera sobresalido de haber dicho que yo era judía. No necesitaba esconderme detrás de una máscara ni de un nuevo nombre. Pero nadie preguntó, así que nunca revelé mi origen. En esa época, cualquier forma de observancia estaba por completo fuera de mi radar. Lo único que me importaba era mi carrera.

El movimiento de la Nueva Era era muy popular en Nueva York a mediados de los años 90. Había oportunidades para estudiar, explorar y expresar la espiritualidad, y asistí a conferencias y eventos por toda la ciudad. Marianne Williamson era una importante oradora en el escenario de la Nueva Era y tenía muchos seguidores en Nueva York. Ella no ocultaba que era judía. Al igual que mi nombre, su nombre no sonaba judío; sin embargo, ella se identificaba abiertamente como judía. En ese momento me gusto que ella alentara a todo el mundo a reemplazar el temor con amor, pero me parecía extraños que hablara principalmente sobre principios y deidades no judías.

En 1995, mi madre falleció después de una larga enfermedad. Mi carrera en los medios había despegado y también mi búsqueda espiritual había abierto sus propias alas. Mi zambullida en el estanque de la Nueva Era se hundió como una piedra: todos predicaban el amor, pero los mismos "predicadores" estaban lejos de ser nobles. Entonces comencé a explorar la religión en la que nací: el judaísmo.

Comencé a frecuentar el centro de Aish en Manhattan. Eventualmente me inscribí para muchos de sus viajes a Israel. Adopté un nombre judío, algo que oficialmente nunca había tenido. Mi padre no compartió mi entusiasmo respecto a la observancia judía, pero aceptó mis elecciones e incluso patrocinó el kidush en Aish para conmemorar mi nombre judío.

La máscara que usé como Heather Dean sirvió un propósito para la insegura estudiante universitaria que había sido mucho tiempo antes. La jovencita que decidió no enfrentar a las dos estudiantes antisemitas que conocía, en un momento cuando los comentarios antisemitas y antisraelí eran muy raros.

En la narrativa de Purim, Hadasa se escondió detrás de la máscara de ser sólo una joven de Shushán, y sólo decidió revelar su identidad judía cuando llegó el momento adecuado. Tras haber vivido una vida judía profundamente religiosa durante los últimos veinte años, afortunadamente ya no oculto mi identidad judía.