Una de las conversaciones importantes que tienen lugar en estos días se refiere al reconocimiento y la conciencia de los "privilegios". Para algunas personas, los privilegios son algo negativo de lo que hay que avergonzarse. Yo no lo veo de ese modo.

“Privilegio” no es una mala palabra. Seamos claros: es crítico tener conciencia de cualquier privilegio con el que uno haya sido bendecido, reconocer y valorar que otros no comparten ese privilegio e incorporar esa conciencia y reconocimiento demostrando compasión y preocupación por los demás. Sin embargo, uno no necesita pedir disculpas por el privilegio ni sentirse avergonzado o culpable por tenerlo. Por el contrario, el privilegio es, bueno, exactamente eso: un privilegio. Uno debe estará agradecido por él, valorarlo y sobre todo sentirse tremendamente obligado por los privilegios que tiene.

Los judíos somos particularmente privilegiados, pero no de la forma que tú piensas.

Para algunos, privilegio significa recibir el beneficio de la duda o la presunción de inocencia. Para otros, privilegio significa tener acceso y oportunidades. Para otros, privilegio significa el confort de sentirse seguro y protegido.

A partir de estas definiciones, en el contexto de la historia e incluso ahora, los judíos estamos entre las personas menos privilegiadas del mundo. Fuimos en numerosas ocasiones el eje de libelos, acusaciones falsas y presunciones de culpa. Y todo esto no es parte de la historia antigua. Un libelo de sangre tuvo lugar en Massena, Nueva York, en 1928. Se nos negaron accesos y oportunidades. Hasta los años 70 a los judíos y a los negros se les prohibía la entrada a los country clubs en el sur de Florida, una zona que hoy se considera “demasiado judía”. Muchos colocaban carteles que decían: “No pueden entrar perros, negros ni judíos”. Y no fue hace tanto tiempo que a los judíos también les negaban o limitaban su acceso a las universidades y escuelas de graduados. En 1935, un director de Yale instruyó a su comité de admisión: “Nunca admitan más de cinco judíos”. El presidente de Harvard escribió que demasiados estudiantes judíos “arruinarían la universidad”.

¿Seguridad y protección? La Liga Antidifamación registró que en el año 2019 hubo en los Estados Unidos 2.107 crímenes de odio contra personas judías, la cifra más elevada desde que la Liga Antidifamación comenzó a registrar los casos en 1979. La mayoría de los incidentes antisemitas comprenden crímenes de odio reportados en la ciudad de Nueva York. De acuerdo con los datos del FBI del 2018, los judíos tenían un 2,7% más de probabilidades de ser víctimas de un crimen de odio que los negros y un 2,2% más que los musulmanes.

La atención actual al racismo en Norteamérica y la lucha por la justicia racial son importantes. El racismo es un mal que debe rechazarse activa y categóricamente. También debemos tener conciencia y ayudar a que otros tengan conciencia, de que el antisemitismo está creciendo de forma global y que hay naciones enteras e innumerables individuos que buscan exterminar o eliminar al pueblo judío. Sólo la semana pasada, importantes celebridades con gran presencia en los medios sociales elogiaron a Louis Farrakhan, un antisemita vil y sin complejos. En el 2018, Farrakhan advirtió a sus 335.000 seguidores en Twitter sobre el “judío satánico”. En octubre del 2018 Farrakhan les dijo a sus seguidores: “Cuando hablan de Farrakhan me llaman un enemigo, ya sabes cómo lo hacen, me llaman antisemita. Basta, yo soy anti-termita”.

En muchas partes del mundo, incluso en muchos lugares de los Estados Unidos, los judíos sienten la necesidad de sacarse la kipá o cualquier otro símbolo judío externo para sentirse seguiros. No hay ningún privilegio que los proteja.

Escribo esto no para decir que somos menos privilegiados o peores víctimas del prejuicio que cualquier otro, sino porque incluso hoy en día el acceso y la oportunidad, la presuposición de inocencia y especialmente la seguridad no son privilegios de los que disfruta el pueblo judío.

Entonces, ¿a qué me refiero cuando digo que somos particularmente privilegiados y que debemos estar orgullosos de eso?

El privilegio no es sólo lo que los demás piensan de ti y cómo te tratan, sino lo que tú piensas de ti mismo y cómo te comportas. El privilegio no es cómo te tratan los demás sino cómo tratas tú a los otros. No es lo que otros te hacen sino lo que tú haces con lo que tienes.

Para un judío, el privilegio no significa "acceso", "oportunidad" ni "favores", sino que implica la responsabilidad de vivir una vida elevada, significativa, de reparar el mundo y ser útil para otros.

Dios quiso darle al pueblo judío un zejut, un 'mérito', y por eso nos dio mucha Torá y mitzvot. ¿Qué significa un zejut? Cuando presentamos a un invitado o a un orador distinguido, a menudo lo presentamos diciendo: “Qué gran zejut es tener a Fulano”. Literalmente, zejut significa 'privilegio'. Dios quiso que fuéramos privilegiados y por eso confió en nosotros y nos dio la tarea de vivir vidas virtuosas y justas y transformar Su mundo de acuerdo con Su visión.

Para un judío, un privilegio no significa "acceso", "oportunidad" ni "favores", sino que implica la responsabilidad de vivir una vida elevada, significativa, de moldear el mundo a Su imagen y ser útil para otros. Significa elevarse por encima de la forma en que podemos ser tratados por los demás y tratar a todos con dignidad, respeto y honor.

Tenemos el privilegio de estudiar Torá e inspirarnos con sus lecciones eternas. Tenemos el privilegio de recibir el manual de instrucciones para la vida que incluye los 613 mandamientos. Tenemos el privilegio de que se nos pida y se espere que estemos al frente en la batalla por la justicia, la igualdad y la verdad.

Rav Itzjak Hutner, el Rosh Ieshivá de la Ieshivá Jaim Berlin, una vez habló en una convención de Torá Umesorá, una reunión de educadores judíos de los Estados Unidos. Él les sugirió que podía sintetizar toda su tarea en cinco palabras hebreas. Su tarea, su rol y su misión de inspirar el futuro judío se reducía a su capacidad de comunicar a la nueva generación: asher bajar banu mikol haamim 'que nos eligió entre todas las naciones'. Tenemos que ser excepcionales. Si un niño judío se lleva una sola cosa de su educación judía, lo mínimo que debemos lograr es que sienta que es excepcional, privilegiado de que se le haya encargado ser diferente.
Nuestro estatus como un pueblo privilegiado o excepcional no tiene la connotación de que debemos sentirnos superiores. Rav Dr. Norman Lamm, z”l, señaló que no decimos asher bajar banu al kol haamim, 'que nos eligió por encima de todas las otras naciones'. Lo que decimos es mikol haamim, 'que nos eligió entre todas las naciones'.

Ser privilegiados debe hacernos sentir obligados y comprometidos a vivir de formas más ética, a actuar con más sensibilidad, a comportarnos con mayor honestidad y proclamar nuestra fe en Dios con orgullo y distinción, y nunca con vergüenza o pena.

Un judío nunca se centra en sus propios derechos, sino que piensa cómo sus recursos pueden usarse para mejorar el mundo, incluyendo a los “menos privilegiados”.

Parte de la responsabilidad que viene junto con nuestro privilegio es usar cualquier privilegio material que tengamos para bien. A pesar de los muchos desafíos que los judíos enfrentamos a lo largo de las generaciones, la mayoría de nuestras comunidades en el siglo XXI fueron bendecidas con lujos materiales y privilegios sociales que nuestros ancestros nunca llegaron a soñar. No tenemos y no debemos pedir perdón por eso; sin embargo debemos reconocer que un judío nunca se centra en sus propios derechos, sino que piensa cómo sus recursos pueden usarse para mejorar el mundo, incluyendo a los “menos privilegiados”.

El privilegio no es un lujo, es un legado; no es un pase libre, es una gran responsabilidad. El privilegio no debe dar lugar a sentir que tengo más derechos, sino que debe exigir un comportamiento excepcional.

Estoy orgulloso de mi privilegio judío y espero que también mis hijos lo estén.