No puedo creer las palabras que he oído. El portavoz de la Casa Blanca, John Earnest, intentó explicar el comentario que había hecho el presidente Barack Obama, quien había dicho que la amenaza de terrorismo estaba siendo exagerada por la prensa. Obama también se refirió al ataque terrorista perpetrado por musulmanes radicales en un supermercado casher de París como un acto cometido por “violentos fanáticos quienes… fortuitamente asesinaron a un grupo de personas en un almacén de París”. En la ronda de preguntas después de la conferencia de prensa, un periodista alzó la voz y dijo: “Esta no fue una balacera fortuita a un grupo de personas en un almacén en París. Este fue un ataque a un almacén casher de París. ¿El presidente tiene alguna duda de que esos terroristas atacaron ese almacén porque había judíos en él?”.

Entonces vino la inesperada respuesta: “El adverbio que eligió el Presidente (fortuito) fue utilizado para indicar que los individuos que fueron asesinados en ese terrible incidente no fueron asesinados por quienes eran sino por dónde se encontraban de manera fortuita”. Después de mucha insistencia, añadió: “Estos individuos no fueron seleccionados con nombre y apellido, ese es el punto”.

¿Así que ese es el punto con el que nos quedamos, cuando las tumbas de aquellos que fueron salvajemente asesinados acaban de ser tapadas? Trataré de definir esta desconcertante palabra: fortuito. El diccionario arroja imágenes que llenan mi mente: azaroso, aleatorio, casual, impensado, circunstancial. Siento rabia. Y luego nos dicen que “Estos individuos no fueron seleccionados con nombre y apellido”. De alguna manera, eran tan sólo “un grupo de personas en un almacén de París”.

Con todo el debido respeto, debo levantar la voz. Estas santas personas fueron asesinadas a sangre fría porque eran judíos. Murieron al Kidush Hashem, ‘santificando el nombre de Dios’. Incluso el asesino dijo en su momento que “tengo 16 rehenes y he matado a 4, y los elegí a todos ellos porque son judíos”.

Estos no son sólo un “grupo de personas”. Son mis hermanos. Somos una familia.

Estimado Sr. Earnest, escuche por favor atentamente: Yohan Cohen, Yoav Hattab, Francois-Michel Saada y Phillipe Braham, estos son los nombres de nuestros preciados hermanos judíos. Sus nombres hacen un llamado. Sus almas son lo más puro de lo puro. Cada uno tenía familias que los amaban. Los corazones aún están rotos, pidiendo entre sollozos que sus padres, esposos e hijos vuelvan a casa. No hay nada fortuito en lo ocurrido aquí. Y estos no son sólo un “grupo de personas”. Son mis hermanos. Somos una familia.

Lo que usted ha hecho es quitarles a mis hermanos su última dignidad. Los ha dejado sin nombres. Al hacer esto usted ha conseguido que cada hombre parezca de cierta menara anónimo. Usted ha decidido que ellos ni siquiera merecen ser recordados por sus nombres. ¿Cómo vivimos el duelo por alguien a quien no podemos llamar ni reconocer? Usted lo hace parecer algo fácil de olvidar, como si hubieran sido fácilmente lanzados a lo lejos. Pero nosotros nunca le permitiremos a usted o al mundo hacer a un lado la memoria de nuestros santos hermanos.

Los últimos meses han sido dolorosos para nuestro pueblo. Todavía estamos encendiendo una llama en nuestros corazones por los tres dulces jóvenes que nos fueron salvajemente arrebatados hace unos meses, por los muchos jóvenes soldados que valientemente dieron sus vidas para que podamos vivir en nuestra tierra, por los cuatro grandes rabinos de Har Nof, por la hermosa bebé Jaya Zissel Braun, y ahora por otras cuatro sagradas almas que fueron asesinadas por ser judías. ¡Izkor! Es nuestra responsabilidad recordar. Debemos recordar, especialmente porque el mundo elige olvidar.

Nosotros, la nación judía, no abandonaremos los nombres que tenemos. La palabra para alma, neshamá, tiene su raíz en la palabra shem, nombre. Nosotros, los judíos, entendemos que nuestros nombres y nuestras almas están por siempre relacionados. Es cuando un infante entra en el pacto que tenemos una ceremonia llamada ‘poner el nombre’, porque el destino espiritual de una persona está contenido en su nombre. El nombre judío de todo niño se transforma en su legado de por vida, y expresa la santidad que hay en su interior. Y al final de los días, cuando uno devuelve su alma al Creador, hay una tradición cabalista de gritar el nombre mientras el cuerpo es bajado a la tierra. Nuestros nombres son sagrados.

Así que por favor, Sr. Earnest, piense en el silencio de la noche sobre vuestras palabras. Tómese un momento y reflexione. Somos una nación que se ha levantado desde las cenizas. Yo misma cargo con el nombre de mi bisabuela, Slova Jana. Ella nos fue arrebatada por los nazis y fue brutalmente asesinada junto con sus inocentes nietos. Desde que tengo memoria puedo recordar a mi Zeide y cómo se le iluminaba la cara cada vez que me veía. Él me llamaba y yo veía sus ojos ponerse llorosos. Cada vez que pronunciaba mi nombre, la imagen de su madre revivía. En una mezcla de una enorme tristeza por lo que había ocurrido y de un sentimiento de asombro por el milagro del renacimiento, mi Zeide lloraba. No, no somos ni nunca seremos seres fortuitos. Nuestros nombres nos definen.

Fue después de que Caín mató a Abel que Dios lo llamó y preguntó: “¿Dónde está Abel, tu hermano?”. Caín respondió con su famosa respuesta: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”.

Esta es la frase que me motiva a escribir estas palabras. ¿Cómo podría quedarme en silencio cuando mis hermanos se han ido? ¿Hay alguno de nosotros que podría dormir por la noche en paz y repetir ‘¿acaso soy el guardián de mi hermano?’?. Somos una nación, y debemos estar juntos. Si no lo hacemos, las palabras de Dios a Caín no nos darán paz:

¿Qué has hecho? ¿Escuchas las voces? ¡Son las gotas de la sangre derramada de tu hermano! ¡Claman a mí desde la tierra!”.