Entre las expresiones rituales y promesas de “nunca se repetirá” que marcaron el septuagésimo aniversario de la liberación de Auschwitz, una amarga ironía fue destacada: el antisemitismo ha vuelto a Europa para vengarse.

Se ha vuelto una rutina. Si la masacre del supermercado casher de París no hubiera ocurrido junto al ataque a las oficinas de Charlie Hebdo, ¿cuánta cobertura noticiosa habría recibido? Tan poca como la muerte de un rabino y tres niños en una escuela judía de Toulouse. Tan poca como el terrorista que asesinó a cuatro personas en el Museo Judío de Bruselas.

El aumento del antisemitismo europeo no es más que el regreso a la normalidad. Durante un milenio, un virulento odio por los judíos —persecuciones, expulsiones, masacres— fue la norma en Europa hasta que la vergüenza del Holocausto creó una anomalía temporal en la cual el antisemitismo se volvió socialmente inaceptable.

Pero la pausa ha terminado. El odio por los judíos está de vuelta, y se está poniendo al día con un impresionante fervor. Los italianos que protestaron por la guerra de Gaza repartieron panfletos que llamaban a boicotear a los mercaderes judíos. Igual que en los años 30. Un popular comediante francés introdujo en el último tiempo una variante del saludo nazi. En Berlín, la guerra de Gaza causó que un gran grupo de gente saliera a las calles cantando “Judío, judío, cobarde puerco, sal y pelea solo”. Ojo, estamos hablando de Berlín, tenlo en cuenta.

Sin embargo, el antisemitismo europeo no es sólo un problema judío. Es un problema europeo, una mancha, una enfermedad de la cual Europa es congénitamente incapaz de deshacerse.

Desde el punto de vista judío, el antisemitismo europeo es un tema secundario. La historia de la judería europea ha terminado. Murió en Auschwitz. La posición de Europa en el centro del mundo judío ha sido heredada por el Estado de Israel, el cuál no sólo es el primer Estado judío independiente en 2.000 años, sino que también tiene —por primera vez en 2.000 años— la comunidad judía más grande del planeta.

La amenaza al futuro judío no está en Europa, sino en el Medio Oriente musulmán, el cual hoy en día es el corazón del antisemitismo global y constituye una verdadera fábrica de literatura y películas antijudías, libelos de sangre y llamados a la violencia, específicamente a otro genocidio.

El acta constitutiva de Hamás no sólo hace un llamado a la erradicación de Israel, sino que hace un llamado a asesinar judíos en todas partes del mundo. El jefe de Hezbolá, Hassan Nasrallah, dice alegrarse con la emigración judía hacia Israel… pues hace que matarlos sea más fácil. “Si todos los judíos se reúnen en Israel, nos va a ahorrar muchos problemas de tener que perseguirlos alrededor del mundo”. Y obviamente Irán declara abiertamente tener la sagrada misión de aniquilar a Israel.

Para Estados Unidos, Europa y los árabes moderados, hay poderosas razones que no tienen nada que ver con Israel para evitar que el apocalíptico y fanáticamente anti-occidental régimen de Teherán obtenga una bomba nuclear: la hegemonía iraní, la proliferación nuclear (entre la que se incluyen grupos terroristas) y la seguridad nacional.

Para Israel, sin embargo, la amenaza es de otro tipo: directa, inmediata y mortal.

Los sofisticados nos aseguran que no tenemos de qué preocuparnos, que las medidas disuasivas harán el trabajo. ¿Acaso no funcionaron contra los soviéticos? Pero la verdad es que, apenas 17 años después del inicio de la era atómica, estuvimos aterradoramente cerca del fracaso de las medidas disuasivas y de que se desatara una guerra nuclear. Además, los comunistas no esperan ninguna recompensa en el cielo; los ateos calculan distinto que los yihadistas y su culto a la muerte. Nómbrame un solo terrorista suicida soviético.

Un ex presidente iraní, Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, que era conocido como moderado, caracterizó una vez a Israel como un país de una sola bomba. Reconocía la capacidad disuasiva de Israel, pero notaba la asimetría: “Si es lanzada una sola bomba atómica no quedaría nada de Israel, en cambio, la misma bomba sólo produciría daños en el mundo musulmán”. ¿El resultado? Israel sería erradicado, el Islam sería reivindicado. Hasta ahí llega la disuasión.

E incluso si la disuasión funcionara con Teherán, allí no es donde terminaría la historia. La adquisición misma de poder nuclear por parte de Irán desataría una carrera nuclear con media docena de países musulmanes —que incluiría desde Turquía a Egipto y los estados del Golfo—, en la parte más inestable del mundo, una zona en la que te levantas por la mañana y te encuentras con un gobierno pro-estadounidense de Yemen que ha sido derrocado por un grupo de rebeldes cuyo eslogan es “Dios es Grandioso. Muerte a América. Muerte a Israel. Malditos sean los judíos. Poder al Islam”.

La idea de que algún tipo de medida disuasiva funcionará en este turbulento caldero de inestabilidad de la misma forma en que funcionó en la Guerra Fría es simplemente ridícula.

La bomba iraní es un problema de seguridad nacional, un problema de la alianza de países y un problema regional del Medio Oriente. Pero también es un problema particularmente judío debido al hecho que Israel es el único país del mundo que se encuentra abiertamente amenazado de ser extinguido, que se enfrenta a una posible potencia nuclear que lo amenaza abiertamente con la aniquilación.

En el aniversario número 70 de Auschwitz, estar de duelo por los muertos es fácil. ¿Quieres honrar realmente a los muertos? Muestra solidaridad con los vivos: Israel y sus seis millones de judíos. Haz que “nunca más” sea más que una frase vacía. A la Alemania nazi le tomo siete años matar a 6 millones de judíos. A un Irán nuclear le tomaría solo un día.

Esta editorial apareció originalmente en el periódico The Washington Post.