Las familias Frankel, Shaar e Yifrach están prontas a terminar su shivá, y muchos de nosotros nos preguntamos, ¿y ahora qué? Después de todas las plegarias, el estudio de Torá y las mitzvot extra, después de experimentar aquella gran angustia que unió a nuestro pueblo, ¿adónde vamos ahora? ¿Cómo podemos asegurarnos que esta unidad no se evapore?

Creo que hay un fundamento sobre el cual se apoya nuestra unidad que es simple pero profundo, y que también es muy difícil de poner en práctica: sentir el dolor de nuestro prójimo.

Somos naturalmente seres egoístas; vivimos en nuestra propia burbuja, consumidos por nuestras propias necesidades y deseos. El secuestro y trágico asesinato de Gilad, Naftalí y Eyal reventaron nuestra burbuja individual y nos despertaron al dolor que estaba sintiendo alguien distinto a nosotros. Su profunda agonía nos forzó a salirnos de nosotros mismos y nos obligó a actuar. Nadie tuvo que decirnos que debíamos ayudar. Hubo una espontánea efusión de plegarias, preocupación y dedicación de buenos actos en su mérito porque sentíamos su dolor y eso nos motivaba a actuar.

Desafortunadamente, a veces se necesita una tragedia para despertarnos ante el dolor de nuestro prójimo.

1941: ¿Qué harías?

Imagina que es el año 1941, estás estudiando en la universidad en tu país de origen y de repente te enteras que hay miles de judíos que están siendo llevados en trenes a los campos de concentración. Le he presentado este escenario a más de mil estudiantes y les he preguntado: ¿Cuántos de ustedes dejarían todo lo que están haciendo e intentarían salvar algunas vidas judías?

Invariablemente, sólo unos pocos alumnos levantan la mano. La gran mayoría no haría nada.

Luego les cambio el escenario: Imagina que es 1941 y que tú provienes de un pequeño pueblo de Europa del este. Tus padres te enviaron al extranjero para estudiar en la universidad, y ahora te enteraste que todos en tu pueblo natal —tus padres, abuelos, hermanos y vecinos— están siendo llevados a un campo de concentración. ¿Cuántos de ustedes dejarían todo lo que están haciendo para intentar salvar sus vidas?

Invariablemente, todos levantan la mano.

¿Acaso hay alguna diferencia si la mujer que está en ese tren es tu madre o es la madre de tu amigo?

¿Cuál es la diferencia? Objetivamente hablando, ¿acaso hay alguna diferencia si la mujer que está en ese tren es tu madre o es la madre de tu amigo? ¡Hay judíos que están siendo llevados a los campos de concentración! La realidad es exactamente la misma en ambos escenarios.

La única diferencia es que cuando es tu familia la que está en el tren, entonces sientes el dolor. Sólo entonces eres capaz de dimensionar la gravedad de la situación, lo cual te motiva a hacer lo que puedas por salvarlos. ¿Cuántos de nosotros podríamos conciliar el sueño por la noche?

Las ramificaciones de esto son aleccionadoras. Si no nos esforzamos por salir de nuestra burbuja y sentir el dolor del resto, entonces la mayoría de nosotros haríamos la vista gorda ante un holocausto y no haríamos nada para ayudar. Seguiríamos viviendo nuestras vidas, con las cabezas escondidas bajo el suelo.

No es porque no nos importe. Sí nos importa. Pero cuando estamos desconectados unos de otros, cada uno encerrado en su propio universo, somos insensibles ante el dolor de nuestro prójimo. En cambio, cuando sentimos la tragedia, nos motivamos a actuar y a cumplir nuestras responsabilidades.

Las últimas semanas nos salimos de nuestro propio mundo y sentimos el dolor de unos padres judíos que no sabían si sus hijos volverían a casa; sentimos la horrible angustia de los padres cuyos hijos fueron asesinados por bárbaros. Lo sentimos como si fuera nuestra propia familia. Nos salimos de nuestra burbuja y nos conectamos con familias que no conocíamos, pero que son tan reales como nosotros mismos.

¿Cómo mantener la unidad?

Sentir el dolor del otro es la base de la mitzvá de “amar a tu prójimo como a ti mismo”. Tratar al otro como te tratarías a ti mismo, porque él o ella es tan real como lo eres tú. Cuando nos conectamos con esta realidad, naturalmente nos motivamos a actuar.

La unidad ocurre cuando rompemos nuestro caparazón y nos conectamos con el otro. Entramos al mundo de nuestro prójimo y, en base a una genuina preocupación, respondemos ante su necesidad. No necesitamos que nos digan que lo hagamos; nadie tiene que darnos una lista de cosas que hacer para construir unidad. Es orgánico. Cuando nos salimos de nosotros mismos y vemos las dolorosas necesidades de quienes nos rodean, nos acercamos a ellos y entregamos, reduciendo la distancia que nos separa. Centrarnos en el otro y sentir amor por ellos nos une como familia, une a la comunidad, a nuestra nación y al mundo entero.

No es algo que viene de forma natural. Se requiere de un esfuerzo coordinado para derribar nuestras murallas y sentir la realidad del universo del otro. Por el mérito de Eyal, Gilad y Naftalí, podemos trabajar en mantener la unidad por medio de enfocarnos en el catalizador principal de unidad: sentir el dolor de nuestro prójimo. Comienza en tu casa —con tu pareja, tus hijos, tu comunidad— y sabrás exactamente cuál es el punto sobre el cual debes actuar y estarás motivado para acercarte con amor. Todo deriva del reconocimiento. Sin él, podríamos incluso ignorar un holocausto.