Con el corazón destruido y mis dedos temblando intento escribir estas líneas. No lo hago porque tenga ganas, se los puedo asegurar. No soy amante de la publicación ni mucho menos, pero hoy siento una tremenda responsabilidad social, y es que es justamente la fuerza y energía de mi tan querido y respetado amigo, javruta (compañero de estudio), maestro, el Rav Reuven Birmajer HY’’D (o simplemente Edu, como lo conocíamos sus amigos), que late demasiado fuerte dentro de mí y me impide permanecer en silencio.

¿Y qué puedo escribir? Mucho, todo, aunque nada a la vez, porque resulta utópico plasmar en pocas líneas la nobleza de un ser humano tan grande por dentro y pequeño por fuera a la vez.

Si alguna vez conocí a un ser verdadero, transparente, recto y celoso de la justicia... ese fue Edu. Si alguna vez conocí a un ser valiente, enérgico y vital... ese fue Edu. Si alguna vez conocí a un ser tan solitario y tan social a la vez, tocando como artista esos dos extremos opuestos en simultáneo... ese fue Edu. Si alguna vez conocí a un ser tan tierno y sonriente, tan único... ese fue Edu.

Y es que ahora, justo ahora, frente a este horrendo suceso, siento una imperiosa necesidad de conversar con vos, porque este era un tema para hablar justamente con vos Edu… Y es que Edu, ya no estás accesible entre nosotros.

Tengo hoy más fresco que nunca, aquella vez hace unos diez años, que estabas sentado en tu mesa de estudio en el beit midrash (academia de estudio) que tantos años compartimos, compenetrado e inmerso en tus ideas, de pronto levantaste tu mirada y me dijiste: ¡Shimon! ¡Mira esta idea/concepto qué increíble!

Y por alguna razón, es justamente esa idea Edu, la que mejor te describía. Estabas apasionado con todo tu ser, analizando una frase de nuestros sabios: “Abraham nuestro patriarca, de sí mismo aprendió Torá”. ¡Y es que ese eras vos Edu! Un manantial vivo del cual lo único que brotaba era sabiduría y espiritualidad. Tan único como Abraham haibrí (el hebreo), quien recibió su apodo ibrí en mérito de que todo el mundo estaba de un lado de la orilla (en lo que a filosofía de vida se refiere) y solo Abraham del otro lado “meeber hayardén” (del otro lado del yardén), ese coraje de perseguir la verdad, inclusive que eso signifique quedarte solo y pagando los costos que ello implique.

Y recuerdo que después me mostraste un ensayo de Rav Wolve donde desarrolla la importancia, el derecho, la responsabilidad y la obligación que recae en cada uno y uno, de ser único y peculiar, de desarrollar al máximo posible el potencial específico con el cual Dios nos agració y por el cual nos envió a este mundo.

Y es que la primera vez que te vi hace 17 años, todavía recuerdo la forma en que un amigo en común te describió, me dijo algo así como: “Si querés conocer a un buscador desesperado de la verdad, alguien que inclusive con el pasar de los años, su llama y entusiasmo aún se mantienen intactos al igual que al principio, ese es Edu”. Y con el pasar de los años fui corroborando cada vez más, que ninguna otra descripción te hubiera graficado mejor.

Lágrimas brotan de mis ojos empañando mis lentes. Pero no se confundan, no lloro por Edu… no. Lloro por todos nosotros, que luego de haber vivido tantos años al lado de un ser tan grande y extraordinario como él, tanta luz irradiaba en un mundo tan oscuro y aparentemente cruel, era un rayo de esperanza que aún quedaban seres puros y verdaderos, sin intereses personales ni egoístas, ni el dinero ni los honores lo encandilaban, y ahora nos quedamos con ese hueco irremplazable.

Querido amigo del alma, Edu, ahora desde tu altísima posición espiritual, te pido que reces por todos nosotros, tus amigos en la diáspora, por tu compañera de vida y tus siete hijos, que intercedas para acercar el mundo que vos tanto añorabas, un mundo sin mascaras ni pantallas, sin mentiras ni superfluas apariencias. Un mundo pacífico y armónico donde todos podamos vivir lo que vos llegaste a vivir incluso en esta vida, donde prime el verdadero valor de la vida: el desarrollo y la constante búsqueda espiritual.

Y aquel día, añoro poder conversar con vos de lo ocurrido la semana pasada. Aunque quizá ese sea mi yo egoísta tratando de entender los caminos Divinos. Seguramente en aquel día, ya no tendremos ni ganas de desperdiciar tiempo en la bajeza humana más grande que la historia de la humanidad presenció: seres más bajos que animales, monos con navajas. Ishmael: seres salvajes. Y es que esa era tu guerra espiritual, esa era tu vida, y definitivamente Edu, la ganaste.

El lunes llamaste de Israel a mi casa, pero no me encontraste. Le dijiste a mi esposa que intentarías llamar mañana o pasado, un mañana que aún espero, pero nunca llegó. ¿Qué me querías decir Edu? No lo sé. Pero te aseguro que tenemos mucho para conversar.

Gracias por tanto en tan poco tiempo.

- Shimon Axel Wahnish

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