A principio del año, mi esposa participó en un programa de educación judía. El presentador hizo un chiste aparentemente inofensivo:

"Una pareja dejó de tener hijos después del cuarto bebé, porque leyeron una investigación que decía que uno de cada cinco niños que nace en el mundo es asiático".

No había forma de que él supiera que en medio del mar de rostros blancos en la audiencia, había uno que estaba casado conmigo.

Me puse en contacto con esta persona para informarle que su chiste era racialmente insensible (implicaba que tener un niño asiático era un resultado negativo que debía evitarse). Su primera reacción no fue pedir disculpas, sino explicarme:

"El chiste no era sobre raza".

"En verdad no era un menosprecio hacia los asiáticos".

"Incluso consulté con algunos amigos asiáticos".

"Yo dicto cursos sobre diversidad cultural, así que estoy bien versado sobre los puntos sensibles como el racismo".

La ironía es que el último punto lo había eludido por completo.

Le respondí citando la regla cardinal de la comedia: si tienes que explicar un chiste, el chiste no es gracioso. El corolario menos conocido: si tienes que explicar que tu chiste no es racista, entonces el chiste es racista.

Eventualmente se disculpó. "Lamento si malinterpretaste mi chiste". En otras palabras, la culpa la tiene la persona a quien la broma le resultó ofensiva, no el narrador. Fue una asombrosa abdicación de responsabilidad nada más ni nada menos que por parte de un educador profesional.

No creo que el presentador sea racista. Sin ninguna duda es un judío honrado, cívico y respetuoso de la Torá, el polo opuesto de un supremacista blanco que defiende el fanatismo y enciende antorchas. No es un agente del odio. Y una broma de mal gusto no convierte a alguien en un racista.

Pero el racismo existe en un espectro. La odiosa diatriba de los neonazis, de los miembros del Ku Klux Klan y de los terroristas solitarios con armas de fuego ocupa un extremo. El otro abarca una forma mucho más sutil de racismo: las tendencias inconscientes, innatas, que dan forma a la perspectiva del mundo de todos los que crecieron en una sociedad predominantemente blanca.

No es algo malicioso. La mayoría de las personas ni siquiera tienen conciencia de esto. Se manifiesta más comúnmente en una falta de sensibilidad racial, un punto ciego respecto a las perspectivas de los pueblos marginalizados. Encuentra su expresión en comentarios, preguntas y bromas que parecen inofensivas, pero que de hecho son muy dolorosas.

Y es algo angustiosamente habitual en el mundo judío.

Mi vida como converso parece casi un cuento de hadas. En los 12 años desde que me uní al pueblo judío, disfruté del abrazo incondicional de innumerables familias e individuos que se esforzaron por hacerme sentir como un hilo vital dentro del tapiz más amplio del judaísmo. Me recibieron con los brazos abiertos y manifestaron hacia mí sólo aceptación y amistad.

La tolerancia es el sello distintivo del judaísmo, y yo puedo dar testimonio de esta verdad.

No es sorprendente que no haya experimentado un racismo abierto por parte de otros judíos. Nadie me gritó: "¡Vuelve a tu casa, Bruce Lee!", como escuché de niño en los suburbios, e incluso ocasionalmente de adulto en las calles de Manhattan. La tolerancia es el sello distintivo del judaísmo, y yo puedo dar testimonio de esta verdad.

Sin embargo, sería una mentira decir que no experimenté ninguna clase de racismo.

Oí a niños cantar "¡Ching Chong, Ching Chong!" al estar presente en mesas de Shabat. Escuché a adultos que decían que alguien estaba tan cansado que sus ojos "parecían asiáticos". El dueño de un restaurante chino kasher me preguntó si yo era un cliente o uno de los cocineros. Me elogiaron por hablar sin acento (sin importar que haya nacido y crecido en Nueva York).

En esencia, estos comentarios "inocentes" tocan un nervio sensible compartido por todas las minorías de los Estados Unidos. Se trata de reducirnos a nuestros rasgos físicos, nuestro sonido lingüístico o nuestra vocación. Nos deshumanizan, reducen individuos a estereotipos y tropos. Nos hacen sentir diferentes, ajenos y menos. Estamos condicionados a pensar sobre nosotros mismos como extranjeros, y esos comentarios refuerzan esa inseguridad.

Y los efectos se ven amplificados en los niños.

Nuestro hijo más pequeño regresó un día de la guardería y nos mostró el nuevo truco que había aprendido de sus amigos. Con sus dedos, elevó los bordes de sus ojos, un gesto reconocido universalmente para burlarse de los asiáticos. Afortunadamente, mi hijo es demasiado pequeño para entender qué significa. Incluso es posible que los niños de quienes lo aprendió también desconozcan sus implicancias dolorosas.

Pero lo hicieron. Ningún maestro y ningún padre los detuvo. Y me preocupo por todas las bromas y las burlas, jugando o no, que tendrán lugar en los próximos años.

Así es como comienza. El ingenio inocente de los niños se convierte en la descuidada insensibilidad de los adultos. Un educador se para frente a una sala repleta de padres y acude a un grupo marginalizado para provocar una sonrisa. Y prácticamente todos los padres se ríen. Esos mismos padres perpetúan la ignorancia de transmitirlo a la siguiente generación: sus hijos. Los compañeros de mis hijos.

Puede ser que el presentador no sea racista. Puede que los padres no sean racistas. Pero nunca se les ocurrió la posibilidad de que el chiste fuera racista. Quizás esto no es sorprendente, dado que muchas comunidades ortodoxas tienden a ser insulares y homogéneas. Los niños en gran medida están protegidos del mundo exterior que es mucho más diverso y variado que lo que ven en casa. Al crecer sin tener contacto regular con asiáticos, hispanos o personas negras, nunca aprenden lo que es (o no es) socialmente apropiado decir.

Tampoco ayuda que la educación judía formal a veces sea un problema. Algunas escuelas cultivan una mentalidad de "nosotros contra ellos", que enmarca a todos los no judíos como malvados. Sí. Judíos y no judíos son diferentes y tienen diferentes misiones en este mundo. Pero el estatus de "pueblo elegido" no implica relegar a otros pueblos a un estatus subhumano. A fin de cuentas, también los no judíos fueron creados a imagen de Dios.

Sin embargo, escuché a niños declarar que "Hashem le dio la Torá a los judíos, no a los goim", o que "los goim destruyeron el Beit HaMikdash". Y su tono sugiere claramente que les enseñaron que goim significa "esas personas que son inferiores".

Rezo pidiendo que mis hijos nunca aprendan esta lección. En definitiva, su padre una vez fue un goi.

En el pasado evité hablar por miedo a ser calificado como "hipersensible" o "demasiado políticamente correcto". Escuché a algunos judíos que sugirieron que la corrección política es una herramienta que usan la generación del milenio y los liberales para coartar la libre expresión de cualquiera que no esté de acuerdo con ellos. A esto yo respondo:

Para una persona blanca es fácil decir esto.

La corrección política da voz a las multitudes silenciosas que históricamente fueron silenciadas por una ruidosa mayoría. Vivimos en una época en la que los grupos marginalizados finalmente se sienten fuertes como para hablar. Avergonzarnos por ser "demasiado políticamente correctos" es un intento de mantener el viejo estatus quo. Es amordazar nuestra libertad de expresión y no lo contrario.

Vi a judíos hacer gestos de exasperación cuando los afroamericanos denuncian el uso del rostro negro por parte de artistas blancos. Escuché a judíos que quitaron importancia a los nativos norteamericanos que condenaron a la mascota de los indios de Cleveland como una caricatura ofensiva. Me pregunto si esos mismos judíos fueron tan indulgentes cuando una fábrica de ropa lanzó una línea de pijamas a rayas similares a los uniformes de los campos de concentración del Holocausto.

Me pregunto si las personas que se quejan de la corrección política realmente están preocupadas por la libertad de expresión o si la corrección política los obliga a sentirse incomodos al obligarlos a observar sus propios prejuicios.

Sí, todos tenemos libertad de expresión, liberales o conservadores, minorías o blancos. Pero no tenemos la libertad de dañar. Tienes derecho de decir lo que piensas. Pero no tienes el derecho de hacer que mis hijos se sientan menos por ser quienes son. De hecho, provocar dolor a través de nuestras palabras se considera una de las más graves transgresiones de la Torá.

Entre las muchas razones que el Talmud cita como la causa de la destrucción del Templo se encuentra la incapacidad de los judíos de ponerse en los zapatos de los demás. Esta falta de empatía, de entender realmente qué significa ser otra persona, nos sigue aquejando en la actualidad.

Por lo tanto elijo mis palabras, no el silencio. El mundo judío se está volviendo cada vez más diverso, y como padre de niños que representan esa diversidad, me siento responsable de señalar la insensibilidad racial cuando la veo. No para provocar problemas. No para avergonzar o señalar, sino para educar. Para inspirar a las personas a pensar antes de hablar y a considerar si sus palabras pueden tener un impacto en los demás.

Finalmente el presentador cedió. Si bien se negó a abandonar por completo su chiste, decidió cambiarlo para que sea menos problemático para los asiáticos. Me siento agradecido tanto por su voluntad por mejorar como por las lecciones que todos podemos aprender a partir de este episodio:

Aprender a tener en cuenta los sentimientos de los demás cuando hablamos.

A reconocer nuestros propios prejuicios.

A creer a otros cuando expresan su dolor.

Juntos podemos despertar la conciencia de la sensibilidad racial dentro de la comunidad judía. Podemos quebrar el ciclo de ignorancia e inaugurar el camino hacia la empatía y la inclusión.

Sólo tenemos que reconocer que el racismo no es una broma.