Yo no crecí religiosa. Al igual que otras muchas niñas judías, tuve un bat mitzvá a los 13 años. Disfrutaba los seder de Pesaj y comer matzá, encendía la menorá y recibía regalos durante las ocho noches de Januca. Pero estaba completamente inmersa en la vida secular: asistía a una escuela pública en la cual yo era la única judía, a veces acompañaba a mis amigas al servicio religioso en la iglesia o compartía huevos de pascua con ellas, serví cócteles de camarón en mi matrimonio y disfrutaba pasar el día sábado en el centro comercial.

Ni mis padres ni yo conocíamos nada mejor.

Pero ahora sí lo conozco.

Los resultados del estudio que realizó el Centro de Investigación Pew revelaron que el 60% de los judíos de Estados Unidos termina en un matrimonio mixto y que uno de cada cinco judíos considera que no tiene religión. Según el reporte, la mayoría de la gente opina que el judaísmo sólo se trata de cultura y tradiciones. Antes yo era así, al igual que todos los que conocía.

Pero eso fue hasta que descubrí que el judaísmo que conocía no era realmente judaísmo después de todo. Era una versión diluida de la religión, a la cual le habían sacado toda la carne y significado para poder ser social, cultural y políticamente correctos.

Descubrí que el judaísmo que conocía no era realmente judaísmo después de todo.

Esta falta de significado y autenticidad me hacía sentir espiritualmente vacía y querer buscar algo diferente. Mi hermano se había casado con una no judía, al igual que el hermano de mi esposo y que todos nuestros parientes.

Nuestros hijos son los últimos judíos que quedan en ambos lados de la familia. Por lo tanto, me di cuenta que criarlos de la manera que yo había sido criada no tenía sentido. Si vamos a ser judíos —pensé— debe haber más profundidad en ello.

Y entonces tuve el gran privilegio de compartir una cena de Shabat con un rabino de Jabad y su familia. Y nunca nada volvería a ser lo mismo.

Esa sagrada experiencia exudaba sonidos, olores y espiritualidad. Había canciones, rezos e historias profundas. No pretendían ser nadie más de quien eran realmente, judíos observantes de la Torá y temerosos de Dios. Realmente me enamoré de mi religión y me di cuenta que lo que había estado buscando en otras religiones existía realmente en el judaísmo.

Mi esposo y yo no compartíamos el mismo fervor e intensidad cuando se trataba de zambullirnos en una vida religiosa. Yo había visto cómo quería que viviéramos, y quería que hiciéramos cambios drásticos de un día al otro. Nos recomendaron que fuéramos lento y que cada nueva mitzvá era un logro por sí misma.

El viernes siguiente estaba consciente, por primera vez en mi vida, de que se acercaba un momento mágico y especial: Shabat. Compré una Jalá en el almacén y desempolve el libro de rezos que había recibido muchos años atrás para mi bat mitzvá. Tomé de la gaveta un paquete cerrado de velas de Shabat que me habían regalado. Antes de esa noche no me parecían relevantes para mi vida. Cocine sopa de pollo y nos sentamos todos juntos a disfrutar una tranquila cena familiar. Y fue así como mi esposo y yo descubrimos lo que podía ser Shabat.

Fue un gran inicio, pero sólo me hizo querer más. Sentía que había cosas que me habían sido negadas, ya sea de forma intencional o no. Tenía derecho a ser parte de aquello, pero sin embargo no sabía casi nada de eso. Fuimos aprendiendo poco a poco. Y aún continuamos aprendiendo.

Me devoré al información que había disponible en Internet, conseguí una pareja de estudio y seguí el ejemplo de mi rebetzin, quien era la primera mentora real y modelo a seguir que había tenido tanto de mujer judía como de esposa y madre que vive una vida dedicada a hacer el bien y a la espiritualidad.

Era un constante movimiento de ir y venir, de remover algo de nuestras vidas —como el chancho y los mariscos— y de reemplazarlos por mitzvot nuevas y significativas.

Con el pasar de los años se transformó en un constante movimiento de ir y venir, de remover algo de nuestras vidas —como el chancho y los mariscos— y de reemplazarlos por mitzvot nuevas y significativas. Nuestros hijos eran muy pequeños durante esta transición y no entendían realmente lo que ocurría. Nuestros padres, por el otro lado, miraban con incredulidad cómo cambiábamos nuestra forma de vivir. La Torá nos enseña, por sobre todas las cosas, a tratar bien al resto. Mirando en retrospectiva, deberíamos haber sido más amistosos y menos críticos en nuestra travesía.

Ahora, siete años después de eso, mucha gente ni siquiera se imagina que no hemos sido judíos observantes todas nuestras vidas. Esto se ha convertido en una parte natural de quiénes somos y de cómo vivimos.

Ahora vivimos en la comunidad religiosa de Toco Hills. Quizás nos has visto algún sábado caminando a la sinagoga junto con otras muchas familias judías que no conducen, trabajan o utilizan artefactos eléctricos en este día sagrado.

Este estilo de vida está totalmente arraigado en quién soy y en cómo estoy criando a mis hijos. Ser judíos es parte de todo lo que hacen, y ellos se sienten tranquilos y cómodos con su identidad. Les enseñamos a ser humildes y modestos. A hacer lo correcto incluso cuando nadie está mirando. Les enseñamos sobre las reglas de respetar casher, Shabat y de vestir y actuar de forma modesta. Que nunca está bien decir algo malo de otra persona. Nunca.

Algunas cosas simplemente están fuera de los límites, y eso es algo bueno. Los niños quieren límites. Ellos quieren una vida con significado y conexión.

Así que cuando escuché sobre los resultados del estudio del Centro de Investigación Pew y que la gente parecía enorgullecerse sobre cómo los judíos podían fundirse con la cultura que lo rodea, sentí tristeza por todos quienes nunca han aprendido realmente qué significa ser judíos.

Es un privilegio increíblemente hermoso y especial. Y es una responsabilidad sumamente importante y desafiante. Nuestra misión es ser una luz para las naciones. Un ejemplo de bondad y santidad.

Hay un importante movimiento en el judaísmo que pasó desapercibido en el estudio del Centro de Investigación Pew. No es una de las clasificaciones más conocidas, pero está creciendo a gran velocidad. Me refiero al llamado movimiento Baal Teshuvá. Cada año, miles de judíos vuelven a su judaísmo y retoman lo que sus bisabuelos dejaron. Aquí, en Toco Hills, estoy rodeada de ese tipo de gente. Para nosotros el judaísmo es una fuente constante de crecimiento y aprendizaje. Las escuelas religiosas y las sinagogas se multiplican por doquier. Abundan las clases para adultos y nosotros constantemente luchamos para ser mejores judíos y mejores seres humanos.

Llegar a este punto no ha sido fácil; mi esposo y yo nos hemos cambiado literalmente de un mundo a otro. Cuando dejamos nuestra casa y salimos al mundo, es obvio a partir de nuestra vestimenta y de nuestros cobertores en la cabeza que tenemos un ideal. Y espero que también sea obvio a partir de nuestro comportamiento.

Estoy agradecida de haber llegado aquí, pero me doy cuenta que tenemos que seguir trabajando para hacer nuestras vidas más espirituales y para traer a Dios a nuestro día a día.

He aprendido que la práctica religiosa y los rituales no deben ser evitados, incluso —o especialmente— en este mundo moderno. Crean un importante marco espiritual para nuestras vidas y fortalece a nuestras familias. No siempre he hecho las cosas bien, pero a cada momento tengo la oportunidad de volver a comenzar, de ser una mejor mamá, una mejor esposa y una mejor judía. Es un gran privilegio y responsabilidad que no me tomo a la ligera. Estoy agradecida de haber descubierto esto y de redescubrirlo cada día.