Nadie se suicida en la víspera del día más importante de su vida.

El fiscal de la nación Alberto Nisman se aprestaba a dar a conocer una de las tramas más sucias del poder en la Argentina, que involucraba directamente a la presidente Cristina Fernández de Kirchner y a varios de sus colaboradores inmediatos.

Con su planteo iban a quedar al descubierto los hilos secretos de un vergonzoso acuerdo de amistad y colaboración con la República Islámica de Irán, nación directamente responsable del atentado a la mutual judía AMIA.

Pero el día anterior a la denuncia en el Congreso de la Nación, Nisman apareció muerto de un balazo en la cabeza, cercano a su nuca, en el baño de su departamento.

La investigación policial del magnicidio estuvo teñida de numerosísimas irregularidades. Desaparecieron pruebas, se contaminaron otras. Quedó sin explicar el porqué de la ausencia de custodios en el momento del crimen. Nadie en el gobierno se condolió por la muerte del alto funcionario.

La presidenta, la misma que jamás mostró su presunto título de abogada pero cosechó mucho más de cien millones de pesos argentinos gracias a que —según ella misma lo aseguró— “es una abogada exitosa”, miró para otro lado y aseguró que se trataba “de un suicidio”.

La trama oscura fue evidente. Existió una tangible complicidad del gobierno en la muerte de Nisman. Negarlo sería una torpeza.

En el mundo, el comentario apuntó a ello. Fue patético hojear las primeras planas de los diarios de todo el planeta. Doloroso, porque se trataba de nuestro país, de nuestra tierra que todos ansiamos honesta, clara, de trabajo y paz.

El titular más reiterado resumió el criminal designio: “Muere en circunstancias confusas el fiscal que denunciaría al gobierno un día después”.

El hecho tuvo una trascendencia funesta como la masacre de los periodistas de Charlie Hebdo, ocurrida en París unos días atrás. Y en ambos casos, la mano del Islam, como para que no queden dudas de quién es quién en el planeta.

Nisman pasará a la historia como lo que fue: un mártir de la justicia y la democracia. Sus presuntos ejecutores, como lo que son: una banda capaz de cualquier cosa con tal de lograr sus fines miserables, de robo, corrupción y narcotráfico.

Hace un año circuló la consigna “Yo soy Nisman”. Aunque no se pudo mensurar el número, la mayor parte del país lo sintió así. Hubo, también, una minoría silenciosa y lamentable que miró para otro lado.

Yo, personalmente, digo que “Sigo siendo Nisman”. Y lo seré, modestamente, mientras viva.

Extraído de porisrael.org