Es medianoche y no puedo dormir. No puedo dejar de pensar en las palabras de la rabanit Birmajer, viuda de Rav Reuven Birmajer.

20:15 llegamos a Telzstone, mientras nos acercábamos a la casa de la familia Birmajer, comenzamos a ver los carteles que anunciaban la muerte de Rav Reuven. Entramos al edificio, piso 3, gente entra y sale, muchas mujeres sentadas con lágrimas en los ojos. Se escucha la voz de una rabanit dando divrei jizuk ‘palabras de aliento’.

Veo a la niña de 3 años, sentada en la silla al lado de su madre, tomada de la mano, me caen lágrimas al ver a esa pequeña niña que no crecerá junto a su padre y que peor aún, no tendrá recuerdos de él.

Luego viene la hija de 18 años, con su carita de que ha llorado interminablemente, con un té en la mano, le pregunta algo a su madre y luego se va. Llegan sus compañeras de colegio, ella con una sonrisa les da las gracias por haber venido a acompañarla. Las amigas lloran, ella las abraza.

Los hijos hombres están en una pieza con amigos y rabinos. Salen de repente a buscar agua a la cocina. Todas las caras de los niños muestran lo mismo “papá, te extraño”.

Llega un señor, un chofer de bus, con su chaqueta con el nombre de la compañía, con una kipá en la cabeza, entra, ve a la viuda, ve a los hijos y se va a la pieza a hablar con ellos. Luego se va con los ojos llorosos.

La señora Birmajer comienza a hablar, cuenta de su marido, de su espíritu alegre, de su pasión por enseñar Torá, de su enfoque positivo todo el tiempo, de su amor y entrega hacia sus alumnos. Cuenta que su marido siempre les enseñó a salir adelante, “pase lo que pase hay que continuar…”, que él era todo para ella, que ahora la vida cambió y no sabe qué va a hacer. No podemos más aguantar el llanto.

Las mujeres comienzan a acercarse a ella, lloran juntas. De repente una mujer joven se acerca y ella la abraza “¡Sabes cuántos años llevo buscándote!”, le dice la señora Birmajer. Una amiga del pasado…

Suena el teléfono, después de preguntar quién es, se lo pasan a la señora Birmajer, comienza a hablar en español, agradece una y otra vez a la persona que la llamó. Luego escuché las palabras que hasta ahora, varias horas después, sigo escuchando: “Tranquila, no estoy sola, no estamos solos, todo el pueblo judío está con nosotros, han venido de todas partes, de todo Israel, personas que ni conozco, personas que han pasado por lo mismo, no te preocupes, no estamos solos…”.

Cuelga el teléfono y vuelve a hablar en hebreo, dice que ella es hija única, que su familia no vive en Israel y que la familia de su esposo tampoco. Que la llaman todo el tiempo para preguntarle si está con alguien, piensan que está sola, y ella dice “es verdad que mi familia cercana no está acá, pero miren, ustedes son mi familia, todo el pueblo judío me ha venido a ver…”.

Cuenta que fue a verla la rabanit Jaya Levine, que su esposo fue asesinado hace un poco más de un año en el atentado en la sinagoga de Har Nof, también la señora Litman, que su marido e hijo fueron asesinados hace un mes por terroristas mientras iban al Shabat Kalá de su hija. “Todos han venido”.

¡Quién es como Tu pueblo Israel!, que a pesar de que hay una mujer sin familia cercana al lado de ella, todos han venido y la han apoyado y escuchado como haría una mamá con una hija, como una hermana.

Que grandeza de mujer, que a pesar de estar atravesando una pesadilla —no sólo porque su marido murió, sino porque fue asesinado en un atentado terrorista— recibe a cada persona que llega a verla, le agradece y le dice que es parte de su familia, con una sonrisa en la cara y lágrimas en los ojos…

En estos momentos es donde más se ve la grandeza del pueblo judío, estamos todos apoyando y acompañando a esta familia, incluso gente que no tiene absolutamente ninguna relación con ella, está ahí, apoyando tanto en las necesidades físicas como en las emocionales. El pueblo judío es grande, tan grande que incluso gente que está sola en un país, se siente rodeada de una familia enorme, que la está abrazando y ayudando. El pueblo judío es tan grande que cuando un hermano está feliz, todos reímos con él y cuando un hermano está sufriendo, todos lloramos con él.

No me quedan muchas más palabras para tratar de poner en papel lo que vivimos hace unas horas atrás en la shivá, pensé que iba a consolar a una viuda y siete huérfanos y al final ellos fueron los que nos consolaron a nosotros, los que nos dieron palabras de aliento, los que nos hicieron ver que somos partes de un pueblo excepcional, y que cuando Dios manda cosas terribles, hay que llorar, y después de llorar, seguir caminando…


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