Cerramos los ojos y rogamos con todas nuestras fuerzas, cuando nos piden rezar por alguien, sin cuestionarnos quién es o a qué comunidad pertenece.

Esta es la virtud que nos ha definido por siempre como un pueblo unido.

¿Si es así? Entonces ¿qué nos sucede cuando vemos a nuestro hermano vestir de forma distinta, o practicando alguna costumbre diferente?

La realidad es que cuando percibimos nuestras diferencias con el otro, generalmente tendemos a juzgar y a sentirnos ajenos.

No se trata de pensar igual, pero podríamos lograr mirarnos con una mirada de aceptación, de respeto y de amor. Esto será posible cuando entendamos que la diversidad, dentro del marco de la halajá, lejos de ser un distanciamiento debe ser el motor de nuestra unicidad, y solamente a través de ella seguiremos preservando nuestro judaísmo.

Antes de juzgar o criticar debemos intentar entender el entorno y realidad tanto de los individuos como de sus comunidades, para así comprender qué fue lo que los llevó a vivir de la manera que lo hacen. Sólo entonces podremos apreciar sus logros y aportaciones.

La historia de nuestro pueblo además de estar acompañada de grandes milagros ha sido posible gracias a un profundo deseo de supervivencia. Hemos sido testigos de muchas masacres. Hemos vivido momentos muy dolorosos. Nuestra esclavitud en Egipto, la caída de nuestro Templo, conquistas, guerras, pogromos, persecuciones, antisemitismo y grandes matanzas. Pero el pueblo judío sigue de pie, y hoy en el siglo XXI está más vivo que nunca.

Nadie ha logrado apagar la llama que llevamos de dentro. Nuestros enemigos, en su intento de debilitarnos, nos han fortalecido más.

Nuestras diferencias nos unen

La diversidad ha sido una de las consecuencias de nuestra diáspora, pero todos sabemos que somos parte de un pueblo y de una misión.

El judaísmo que existe hoy en día es gracias a la entrega y dedicación de sus integrantes, cada uno ha hecho su máximo esfuerzo, de acuerdo a sus posibilidades y a su entorno.

El mundo está lleno de comunidades, instituciones de jésed, templos, centros de estudio y escuelas. Todas ellas lideradas por gente honorable que ha dedicado su tiempo al bienestar de los judíos de su país. Su labor es única, ellos han construido y mantenido por generaciones comunidades al servicio de sus integrantes.

El judaísmo volvió a nacer en un mundo devastado, lleno de tristeza y poca esperanza. Un mundo doliente tras la pérdida de cientos de hermanos judíos durante el holocausto.

Pero hubo gente decidida a no renunciar y a volver a crear centros de estudio. Ellos se resguardaron del mundo para profundizar, analizar, comprender la Torá, y hacer posible de nuevo la enseñanza de nuestra ley. Se entregaron a lo que hoy todos reconocemos como ‘la fuente de nuestra existencia’.

El Estado de Israel

Antes de la existencia de nuestro Estado de Israel, hubo mucha gente valiente, decidida a luchar por el ideal de volver a nuestra tierra. Ellos arriesgaron todo y comenzaron a sembrar en un país desértico, preparando así el territorio para que en 1948 pudiera ser habitado por todo aquel que quisiera.

Nuestro ejército ha arriesgado y entregado su vida durante setenta años. Es gracias a estos guerreros, que hoy el Estado de Israel es una realidad.

Ahí, en ese pedazo tan pequeño de espacio pero tan grande en energía, nuestros hermanos trabajan arduamente en hacer vibrar nuestras raíces en las calles, aportando sus conocimientos, acercando a nuestros jóvenes a la Torá, y haciendo de Israel, un lugar más bello cada día, con un judaísmo latente en cada esquina.

La existencia de cada uno de nosotros es el reflejo de una lucha interna, y un deseo profundo por seguir siendo un eslabón más de nuestra cadena milenaria, que comenzó un día con Abraham Avinu.

Podrán existir muchos sectores, pero todos somos parte del mismo pueblo.

No tenemos que justificar las acciones de los demás, pero si podemos tener empatía, encontrar esa semilla de judaísmo que cada uno lleva dentro y valorarla, porque la labor de cada uno es única e irremplazable.

Reconozcamos que la historia nos ha llevado a distintos lugares y la única manera de regresar al mismo punto, es aprendiendo a vivir en armonía, mirándonos diferente y sonriéndonos. Para así lograr ser realmente “una luz entre las naciones”

Cumpliendo nuestro deber

Hace un año y medio tuve la oportunidad de estar en Israel, frente al muro de los lamentos. Era un viernes por la noche, y mientras escuchaba los diferentes tipos de rezo, y gozaba de cada tono peculiar de los diferentes sectores, sentí una enorme emoción.

Poder mirar a todos tomados de la mano intentando entender el cántico del otro, al mismo tiempo que entonaban el suyo propio, me hizo entender que solamente cuando logremos ser empáticos, humildes y respetuosos con nuestros hermanos, podremos cumplir con el propósito de nuestra existencia.