Me mudé a Passaic hace nueve años, justo después de dar a luz a mi hija menor. Para mí esa fue una época difícil, porque acababan de diagnosticar que mi padre tenía cáncer. Cuando mi padre venía a visitarme, el Dr. Samet lo veía frecuentemente en la sinagoga. La compasión natural del Dr. Samet era tal que notó que en la sinagoga había una persona nueva que parecía tener frío y temblar todo el tiempo. Ningún suéter podía abrigar a mi padre debido a su enfermedad. El Dr. Samet sintió que no podía hacer lo suficiente por él. Su humanidad era tal que eso le molestó extremadamente y cada vez que me veía me preguntaba: "¿Qué podemos hacer por tu padre? Quisiera poder hacer algo por él".

Yo sentí la calidez de su bondad. La empatía del Dr. Samet no era sólo respecto al sufrimiento de mi padre sino también ante la impotencia de quienes lo amaban, me conmovió profundamente. De inmediato sentí un lazo que me conectaba con él, algo que sólo se reforzaría durante los años siguientes.

La condición de mi padre empeoró. Yo pasé tanto tiempo como pude en el hospital. El viernes antes del último Shabat de su vida, me estaba preparando para ir al hospital. Unos amigos vinieron a quedarse en casa con mis hijos. Pero cuando mi hija se despertó de su siesta, vi que había desarrollado un crup. Y como suele ocurrir en esos casos, sus síntomas parecían ser más aterradores de lo que ocurría en realidad. Ella jadeaba, tosía y se escuchaba como si apenas lograra respirar. Lloraba mucho y colocó su cabeza sobre mi hombro, aferrándose a mí para que la salvara. Ese fue uno de los momentos más difíciles de mi vida: sentirme desgarrada entre el amor y la obligación de una madre hacia un hijo enfermo, y el amor y la obligación de una hija hacia un padre moribundo.

Estaba angustiada y me quedé paralizada. No sabía qué hacer. Llamé al Dr. Samet. Él me dijo: "Ve con tu padre. Yo me voy a ocupar de tu hija. Ella va a estar bien. Voy a ir a tu casa en Shabat. No te preocupes. Confía en mí y podrás estar tranquila con tu padre".

Así fue que partí al hospital. Durante ese Shabat, el Dr. Samet fue varias veces a la casa a ver a mi hija y se aseguró personalmente de que ella estuviera bien y que su crup no fuera peligroso. Yo tenía la paz mental necesaria al saber que mi hija estaba en buenas manos. Permanecí al lado de la cama de mi padre hasta su último suspiro. Siempre le estaré agradecida al Dr. Samet por haberme regalado esa oportunidad.

El Dr. Samet bailando en el bar mitzvá de uno de sus pacientes.

Mi padre falleció en Shabat a la mañana y su funeral tuvo lugar algunas horas después en Brooklyn. No hubo mucho tiempo para informar a la gente, porque teníamos que llevarlo al aeropuerto para viajar a su lugar de descanso final en Israel. Aunque no recuerdo la mayor parte de lo que ocurrió durante esas horas, algo que recuerdo claramente es ver el rostro del Dr. Samet en medio de los presentes. Me sorprendió que con tan poco tiempo de aviso y a pesar de su ocupada agenda, él lograra viajar a Brooklyn para el funeral de mi padre. Quizás no debería haberme sorprendido. Una persona que sentía tanto, no podía hacer nada menos.

El Dr. Samet era el típico médico de familia del pasado. El que hace visitas a domicilio. El que llama después de una visita para saber cómo se siente tu hijo. Como el abuelo que logra que cada uno de sus nietos sienta que él es el favorito, cada uno de mis hijos sentía que compartía una conexión especial con él. Incluso mi madre estaba conectada con el Dr. Samet. Cuando ella venía a pasar un fin de semana en Passaic, si se sentía mal y necesitaba un médico, el Dr. Samet siempre estaba dispuesto a atenderla.

Había muchas cosas admirables sobre el Dr. Samet fuera de sus habilidades médicas y su dedicación. Su conexión con Dios: él decía una plegaria antes de ponerle una inyección a un niño. Su humildad: él insistió que mi esposo lo llamara Elliot y no doctor. Su compromiso: su celo por la seguridad de los niños de la comunidad era legendaria. Él los educó sobre muchos temas, incluyendo el uso de protector solar, cascos al andar en bicicleta y evitar beber en Purim.

Cuentan muchas historias sobre el Dr. Samet. Estas son sólo un pantallazo de mis propias experiencias. Pero quizás la historia más representativa es esta: al oír la noticia de que el Dr. Samet había fallecido, tres generaciones de mi familia lloraron.

Nuestra relación con el Dr. Samet no concluye, sino que se va a transformar en una nueva clase de relación. Una relación de recuerdos. Una relación en la que recordaremos su sabiduría y lo que él hubiera dicho, lo que el Dr. Samet hubiera hecho. Es posible que en nuestras futuras visitas a la clínica haya un nuevo pediatra, pero el Dr. Samet siempre será el médico de nuestra familia.