No, esta no es una historia sobre un universitario que se hace millonario como Mark Zuckerberg. Ni tampoco es una historia de terror protagonizada por un depredador o un abusador. No hay pornografía ni tampoco adicción al juego. No es el tipo de historia que llegaría a las noticias; no es una primicia exclusiva y jugosa. Pero es una historia que afectó a mi familia, a mis hijos y a mi forma de criarlos. Y creo que es una historia que ayudará a otros a tener más cuidado.

Yo era una de esas madres que confían en sus hijos. A pesar de haber oído las historias de horror sobre el uso de internet sin supervisión, no tenía ninguna preocupación con mis hijos; eran realmente buenos, realmente obedientes. Probé con poco entusiasmo algunos controles parentales, pero bloqueaban tantos sitios y tanta información que simplemente me di por vencida. Además, los niños inteligentes pueden encontrarles la vuelta, ¿no?

La computadora estaba en un área familiar abierta, pero yo no siempre estaba en el cuarto. Como dije, confiaba en mis niños. Eran abiertos y honestos, y seguían las reglas.

Lo que pasó no fue, gracias a Dios, tan malo – pero sí fue un llamado de atención. Yo estaba sentada frente a la computadora una noche, cuando saltó un mensaje instantáneo para mi hija. Por supuesto que no leí su correspondencia privada, pero sí le di un vistazo de reojo al mensaje. El nombre del usuario era “NYKicks…” (el resto del nombre era un improperio). Yo estaba un poco trastornada. Mi hija asistía una escuela judía religiosa; ese no era el tipo de lenguaje que esperaba. "Oh", dijo sonriendo, "ese es el nombre de usuario de Marla".

"¿En serio?", pregunté. "¿Su madre lo sabe?".

Yo estaba un poco espantada, pero me dije a mí misma que toda familia tiene estándares diferentes y me conforté con la idea de que mi hija jamás usaría un alias tan vulgar.

Pero algo no encajaba.

Unos días después, mi hija confesó que había estado engañándonos. “NYKicks…” era, en realidad, el nombre de usuario de un chico que ella había conocido en Internet y con quien se escribía a menudo. ¡Incluso estaban haciendo planes para conocerse! Yo estaba horrorizada. Nunca hubiera sospechado que ella iba a estar haciendo cosas a nuestras espaldas ni que iba a estar involucrada en relaciones inapropiadas. Ella era (y es) una estudiante brillante y responsable. Incluso sus amigas se oponían a sus acciones (¡estoy muy agradecida a las escuelas judías por esa presión social en contra!), pero eso no la detuvo. Ella estaba demasiado excitada, demasiado atrapada por el tema.

En realidad no fue una falla de mi hija; fue mía.

Y gracias a Internet le fue sumamente fácil. Obviamente yo aprendí la lección. Deje de ser presumida. Cancelamos el acceso a Internet de mi hija con sólo uno o dos días de llantos, tormenta y tensión. Creo que quizás ella quería que la atrapáramos, pero no estoy segura. Aprendí que ya no puedo ser tan confiada e inocente.

Ahora pagamos el precio de los controles parentales y de las limitaciones que imponen – las cuales por supuesto no impiden que podamos seguir visitando AishLatino.com. Monitoreamos toda la correspondencia mucho más de cerca y cerramos la sesión de usuario cada vez que dejamos el cuarto. Ciertamente no vale la pena arriesgarse sólo para ahorrar un par de segundos al iniciar sesión.

Me siento un poco como un guardia de prisión, pero es una elección que los padres tienen que hacer. Se nos confían las almas de nuestros niños, las cuales vienen a nosotros preciosas y puras, y es nuestra obligación mantenerlas de esa forma. En realidad, no fue una falla de mi hija; fue mía.

Gracias a Dios aprendimos nuestra lección en una forma relativamente benigna – no sólo sobre los peligros de internet, sino también sobre los peligros de ser seducidos por nuestros adolecentes que nos embaucan: "¿No confías en mí?". La respuesta correcta, más allá de si la dices en voz alta o no, debería ser “no”.