La prueba decisiva para un líder no es mantenerse firme en momentos calmos y convenientes, sino mantenerse firme en tiempos de desafíos y controversias, cuando las decisiones pueden producir consecuencias incómodas.

La “interrogante” que algunos formulan respecto a las vacunas no es una pregunta de “estilo de vida”. No se puede comparar con un debate sobre ser vegetariano, vegano o si comer carne, o sobre si la cafeína es buena o mala. Puesto de forma clara y simple, sin importar nuestra filosofía o nuestro enfoque respecto a la salud, el hecho de “comer sano y llevar una vida saludable” no es suficiente para evitar contagiarnos de sarampión, paperas o gripe, y tampoco impide que transmitamos estas enfermedades a los demás. La vacunación es mucho más que una elección personal. Dado que todos interactuamos y contamos con el potencial de transmitir enfermedades, la vacunación es un asunto de política y salud pública.

He aquí algunos datos básicos sobre el sarampión que la persona promedio, incluso aquellos que sí se vacunan, pueden desconocer, pero permiten entender por qué es tan importante la nueva política pública. No tenemos ninguna razón para pensar sobre el sarampión de forma diferente de lo que pensamos respecto a las estadísticas sobre diabetes, cáncer de mama o envenenamiento con plomo, las cuales nos ayudan a tomar decisiones informadas y a fijar la política en las comunidades de las que somos responsables:

  • El sarampión es una de las enfermedades más contagiosas que se conocen. Es tan contagiosa que nueve de cada diez personas no inmunizadas (lo que incluye a los niños menores de 1 año) contraerán la enfermedad sólo por estar expuestos a alguien que tiene sarampión.

  • El sarampión puede propagarse simplemente por respirar y puede permanecer en el aire durante 2 horas después de que alguien con sarampión se retira del área. Además, puede ser propagado por una persona que todavía no desarrolló ninguno de los síntomas.

  • Incluso después de haber recibido las dos dosis recomendadas de la vacuna SPR (sarampión, rubeola y paperas), existe una probabilidad estadística de que 3 de cada 100 personas vacunadas siguen siendo susceptibles a la enfermedad.

Para decirlo de forma simple, enfermedades que virtualmente pensábamos que habían sido eliminadas no sólo han resurgido, sino que, alcanzaron casi proporciones epidémicas con más de 170 casos de sarampión en Nueva York, Nueva Jersey y Washington sólo durante el mes de setiembre. ¿Qué ocurrió? Los niños y adultos no vacunados proveyeron tierra fértil para que el virus se propagara. En Jerusalem, hace poco falleció de sarampión un bebé no vacunado, el primer caso de muerte por sarampión en Israel en los últimos 15 años.

Esto no se trata de “vivir una vida saludable”, sino de seguir el protocolo y la política que fue aceptada universalmente por la comunidad médica de todo el mundo. Si bien los diferentes países pueden tener cronogramas ligeramente diversos de vacunación, no existe en absoluto debate respecto a la eficacia y la importancia fundamental de la vacunación.

Describir a quienes se oponen a la vacunación como “personas que llegaron a conclusiones diferentes” es similar a decir que aquellos que piensan que la tierra es plana, o que creen que el hombre no aterrizó en la luna, simplemente llegaron a una conclusión legítima, pero “diferente” que el resto. La verdad es que se trata de conclusiones igualmente ridículas, pero con una diferencia crítica. Si alguien piensa que la tierra es plana o que el hombre no llegó realmente a la luna, eso no pone la vida de nadie en riesgo, sin importar cuán errado o equivocado esté. Sin embargo, si crees o defiendes el argumento de que las vacunas no son necesarias, entonces, sin exagerar, estás poniendo en riesgo —con tus propias manos— las vidas de miles de personas.

Si crees o defiendes el argumento de que las vacunas no son necesarias, entonces, sin exagerar, estás poniendo en riesgo las vidas de miles de personas.

 

Hay más información que corrobora la seguridad y la eficacia de las vacunas de lo que hay para la mayoría de los procedimientos médicos a los que nos sometemos regularmente sin ni siquiera pensarlo, incluso para aquellos que no creen en las vacunas. Por lo tanto, no hay más razones para dudar de la veracidad y la motivación de este amplio consenso que lo que tenemos para cuestionar la recomendación de usar cinturón de seguridad, cepillarnos los dientes o efectuar estudios de detección precoz de cáncer. Aceptar el escepticismo sin argumentos firmes, sólo por la fogosa oposición, no sólo es irresponsable, sino que es mortalmente peligroso.

Cuando baja el porcentaje de vacunación en la población, todos estamos en riesgo. Si bien no hay ninguna medicina ni medida preventiva para protegernos de todo, las vacunas son la mejor herramienta que tenemos para promover y mantener nuestra salud. Pretender que esa información no existe, no la hará desaparecer mágicamente.

De hecho, de acuerdo con la información epidemiológica, la campaña de vacunación de salud pública es el mayor logro de la humanidad en toda la historia. Las enfermedades que en una época provocaban la muerte de niños pequeños, desfiguraban a millones de personas o destruían comunidades enteras, simplemente desaparecieron.

Debido al éxito de las vacunas y a nuestro desconocimiento sobre estas condiciones, a algunas personas les cuesta creer que en una época esa era la realidad. Pero eso sólo se debe a que fuimos muy cuidadosos con la vacunación hasta ahora. La realidad emergente en la actualidad es sólo la punta de un iceberg potencialmente letal.

Creemos que es imperativo actuar como individuos y como comunidad para proteger nuestra salud. Hacerlo no sólo no es problemático espiritualmente, sino que es nuestro deber religioso, es lo que se espera de nosotros. Cuando Dios creó el mundo, deliberadamente lo creó imperfecto para que nosotros lo reparáramos, para que descubramos, manipulemos y completemos Su creación. La medicina moderna es uno de los mayores regalos que Dios entregó al mundo. Cuando la usamos, cuando nos apoyamos en los descubrimientos de quienes nos precedieron y los utilizamos proactivamente para prevenir enfermedades, somos socios de Dios en el perfeccionamiento de Su mundo.

Si piensas que el hecho de “llevar una vida saludable” fue lo que logró erradicar la viruela, la hemofilia, la gripe y la polio, y no las campañas agresivas de vacunación, no podemos decir que estás “observando los hechos históricos desde una perspectiva diferente”. Simplemente estás equivocado.

Si crees que la tierra es plana, no podemos decir que “tienes una perspectiva diferente sobre la geometría y la física”. Simplemente estás equivocado.

Si piensas que las vacunas provocan autismo y ponen en peligro a millones de niños cada año sólo por una conspiración de las grandes empresas farmacéuticas, no podemos decir que estás “observando el estado actual de la medicina con otros ojos”. Simplemente estás equivocado.

Si cruzas una carretera de seis vías sin mirar para ambos lados, no demuestras una fe inquebrantable en que la benevolente providencia de Dios te protegerá. Simplemente actúas como un tonto imprudente y tú —no Dios— serás responsable por las potenciales consecuencias fatales. Asimismo, cuando se trata de enfermedades y medicina, Dios nos resguarda permitiéndonos y posibilitándonos tener éxito en las investigaciones científicas para descubrir drogas y vacunas que pueden protegernos, curarnos y extender nuestra vida. Aceptar esos descubrimientos y utilizarlos es expresar nuestra fe en Dios. Ignorarlos es ignorar el regalo de Dios y Su benevolencia.

Todas las autoridades rabínicas autorizadas apoyan el hecho de recibir vacunas y no se oponen a la política de las escuelas de no permitir que asistan niños que no fueron vacunados.

Incluso si no te convence la preponderante evidencia que apoya la vacunación, la política comunitaria judía no cambia y no debe cambiar. Históricamente, la ley judía respecto a la salud y la medicina siempre ordenó seguir la opinión de la mayoría de los médicos del momento, incluso si esa opinión puede cambiar en el futuro.

Dado el consenso y las recomendaciones actuales de la comunidad médica respecto a las vacunas, la ley judía no nos permite ignorar toda esta información y formular políticas diferentes para nuestras comunidades.

Existe un amplio consenso que va desde el mundo jaredí al ortodoxo moderno; de cada segmento de la comunidad halájica y a través de todo el espectro de la ortodoxia. De hecho, no oímos ni siquiera una sola autoridad rabínica autorizada que, ante la epidemia actual, no apoye el hecho de recibir vacunación o que se oponga a las políticas escolares de no permitir que asistan niños que no fueron vacunados.

No podemos simplemente restar importancia, rechazar o alejar a quienes no desean seguir la política de vacunación, sin importar cuán errados estén. Debemos preocuparnos por su futuro en la comunidad y por sus hijos, para que éstos tengan acceso a una educación judía. Son nuestros hermanos y hermanas, los amamos y nos preocupamos por ellos, incluso si están equivocados sobre este tema y nos preocupa cómo su postura puede impactarnos a nosotros. No hace falta decir que siguen siendo nuestros queridos amigos y vecinos, y que su lugar en nuestra comunidad no se define sólo por este tema.

Dado que cada alma es importante, promovemos las políticas que protegerán y preservarán la salud de todas nuestras valiosas almas basándonos en los lineamientos médicos actuales, una política que siempre siguió la Torá y la halajá.

Todos conocemos familias que están preocupadas y que se vieron afectadas por las políticas de vacunación actuales. Tratamos de escucharlos y empatizar con su dolor. También nosotros estamos sumamente preocupados por los niños judíos que no están recibiendo una educación judía como resultado de estas políticas, sólo que nosotros colocamos la carga de la responsabilidad sobre sus padres, no sobre las escuelas.

Podemos sentir empatía por los sentimientos de aislamiento y marginalización que experimentan las familias que deciden no vacunar. Pero debemos dejarlo claro: nadie los ha echado ni excomulgado. Ellos fueron, son y siempre serán bienvenidos en nuestras escuelas, con la condición de que se adhieran a las políticas de vacunación. Las escuelas tienen el derecho y la responsabilidad de fijar políticas que resguarden la integridad física de nuestros hijos, tanto con respecto a drogas y armas como en cuestiones de salud.

El Rav Dr. Aharón Glatt, rabino asistente de Young Israel de Woodmere lo dijo claramente:

“Imaginen que los padres insistieran en que sus hijos fueran a la escuela armados con revólveres. ¿Acaso el más ardiente defensor del derecho a portar armas los defendería? ¡Por supuesto que no! Entonces, ¿por qué deberíamos permitir que asistan niños a nuestras escuelas, sinagogas y campamentos y propaguen enfermedades potencialmente letales que pueden prevenirse con la vacunación?”.

Seguimos rezando para que nuestra comunidad —y el mundo entero— acepte los adelantos médicos que Dios nos permitió alcanzar, y que Él nos inspire para utilizarlos de manera efectiva y así podamos eliminar la amenaza de las enfermedades de una vez y para siempre.