La prensa israelí entró esta semana en uno de sus habituales frenesís mediáticos debido a los reportes que indicaban que Yair, el hijo mayor del primer ministro Benjamín Netanyahu, tenía una novia no judía. A su vez, la prensa no judía alrededor del mundo reportó con regocijo la polémica que causó la noticia en Israel.

En un mundo en el que cientos de miles —si no millones— de judíos están involucrados en algún tipo de relación romántica con un no judío, la vida amorosa de Yair Netanyahu es —bajo cualquier punto de vista racional—, irrelevante. En Estados Unidos por ejemplo, más del 80% de los matrimonios no ortodoxos son matrimonios mixtos, de acuerdo a una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Pew.

Entonces, ¿por qué alguien expresaría su molestia con los supuestos intereses románticos de Yair Netanyahu? (Cabe destacar que la Oficina del Primer Ministro emitió una declaración que decía que Yair y la joven noruega que había sido identificada como su novia no eran más que compañeros de estudio en el Centro Interdisciplinario de Herzliya).

Los judíos son un pueblo pequeño y antiguo. El hecho que sigan existiendo, a pesar de que en cada generación hubo quienes intentaron exterminarlos, es el milagro más prolongado de la historia. Incluso hoy en día, Israel es el único país del mundo que no va camino a un suicidio demográfico en el que los ancianos jubilados igualarán en número a los jóvenes trabajadores en un futuro cercano.

Para los judíos creyentes, la supervivencia de los judíos refleja el hecho de que Dios nos eligió para ser el vehículo principal a través del cual Él se revelará en el futuro ante el mundo. Los judíos se han mantenido firmes en esa relación por más de tres milenios. En todas partes del mundo y en todos los períodos históricos, tanto los grandes eruditos como los simples campesinos han preferido entregar voluntariamente sus vidas antes de sacrificar su relación con Dios.

Cuando un hombre judío se casa con una mujer no judía, aquella ininterrumpida y milenaria cadena de ancestros es cortada para siempre. Sus hijos no serán considerados judíos de acuerdo a la ley judía. Y si una mujer judía se casa con un hombre no judío, está prácticamente garantizado desde un punto de vista estadístico que su descendencia dejará de ser judía en una o dos generaciones. En Estados Unidos, un 75% de los hijos de matrimonios mixtos se casan con no judíos. De acuerdo al sociólogo Bruce Phillips, a mediados de los años 90 sólo un 14% de los hogares mixtos describían su orientación religiosa como principalmente judía y el 60% de ellos tenían árboles de navidad.

La realidad es que los segmentos no ortodoxos del pueblo judío fuera de la tierra de Israel dejarán de existir en una o dos generaciones por medio del matrimonio mixto, y el fin de tantos linajes familiares que se remontan a la antigüedad produce mucha tristeza.

Sin embargo, los matrimonios mixtos son sólo una consecuencia, y no la causa, de un cambio más fundamental. La mayoría de los judíos modernos han perdido su conexión con las creencias y prácticas distintivas que siempre han caracterizado al pueblo judío, en particular con la creencia de que el pueblo judío fue elegido para una misión única en la historia.

La decisión de casarse con otro judío es hacer que las metas espirituales compartidas sean primordiales en tu matrimonio.

Lo que los judíos ortodoxos lamentan cuando sus hermanos asimilados se casan con no judíos, es que este es el paso final que los corta a ellos y a sus descendientes de la posibilidad de volver a descubrir lo que significa ser judíos.

El tamaño no es el estándar judío de medición. La misma Torá promete que seremos pocos entre las naciones. Pero la pérdida de cualquier judío es sin duda una tragedia. Porque el pueblo judío no recibió solamente una misión colectiva en el monte Sinaí. Toda alma que estuvo allí —o que desciende de las que estuvieron allí— fue creada con el potencial para revelar, dentro del marco de los mandamientos de la Torá, algún aspecto de Dios por medio de su combinación única de talentos, desafíos a superar y realidad familiar e histórica. La pérdida de dicho potencial es una pérdida para todo el pueblo judío.

Muchos no judíos, y un creciente número de judíos, encuentran que la importancia que le da el judaísmo a la endogamia es racista. Eso no tiene sentido. La pertenencia al pueblo judío está abierta a cualquier ser humano que esté dispuesto a asumir el mismo compromiso que asumieron quienes estuvieron en el monte Sinaí. El judaísmo no santifica las pruebas genéticas, sino el compromiso con una misión.

Uno no tiene que ser necesariamente judío para servir a Dios. El judaísmo es único entre las grandes religiones monoteístas ya que no ve la recompensa eterna como algo que depende de ser judío o no. Pero sin embargo, los judíos siempre han creído que fueron elegidos para una misión única.

Para aquellos que valoran ese sentido de misión histórica, la endogamia no se trata de ley judía, sino de lógica. Ya que, un sentido de misión —especialmente uno que siempre ha implicado un alto costo junto con su recompensa— sólo puede ser transmitido consistentemente de generación en generación por dos padres que compartan una visión común.

La decisión de casarse con otro judío es hacer que las metas espirituales compartidas sean primordiales en tu matrimonio.

¿Acaso no buscan todas las religiones lo mismo, cada una de acuerdo a sus creencias específicas?

Esta columna de opinión apareció originalmente en cnn.com