El enojo por Gaza es una distracción. No podemos olvidarnos que Israel es el mejor aliado de Occidente en una región turbulenta.

En Europa, hablar bien de Israel ha sido impopular por demasiado tiempo. Después del reciente incidente sobre el abordaje de un barco lleno de activistas anti-israelíes en el Mediterráneo, es difícil imaginar una causa menos popular para defender.

En un mundo ideal, el asalto por los comandos israelíes al Mavi Marmara no hubiese terminado con nueve muertes y un recuento de heridos. En un mundo ideal, los soldados hubieran sido recibidos en el barco pacíficamente. En un mundo ideal, ningún estado, y mucho menos aún un aliado reciente de Israel como Turquía, hubiera organizado y patrocinado una flotilla cuyo único objetivo era crear una situación imposible para Israel: hacerle elegir entre renunciar a su política de seguridad y el bloqueo naval, o arriesgarse a encolerizar al mundo.

Cuando tratamos con Israel, debemos hacer que desaparezca la niebla de ira que demasiado a menudo nubla nuestro juicio. Un enfoque equilibrado y racional debería encapsular las siguientes realidades: primero, el estado de Israel fue creado por una decisión de la ONU. Por lo tanto, su legitimidad no debería estar en cuestión. Israel es una nación con instituciones democráticas profundamente arraigadas. Es una sociedad dinámica y abierta que ha sobresalido en repetidas oportunidades en cultura, ciencia y tecnología.

Segundo, debido a sus raíces, historia y valores, Israel es una nación occidental hecha y derecha. En realidad, es una nación occidental normal, sólo que es confrontada por circunstancias anormales.

Excepcionalmente en el Occidente, es la única democracia cuya existencia ha sido cuestionada desde su nacimiento. En primer lugar, fue atacada por sus vecinos que utilizaron armas convencionales de guerra. Luego se enfrentó al terrorismo terminando en ola tras ola de ataques suicidas. Ahora, a petición de los islamistas radicales y de sus simpatizantes, se enfrenta a una campaña de deslegitimación mediante la ley internacional y la diplomacia.

Sesenta y dos años después de su creación, Israel todavía está luchando por su mera supervivencia.

Sesenta y dos años después de su creación, Israel todavía está luchando por su mera supervivencia. Un país castigado con misiles que llueven desde el norte y desde el sur, amenazado con la destrucción por el deseo iraní de adquirir armas nucleares, y presionado por amigos y enemigos, Israel, pareciera, no va a tener nunca un momento de paz.

Por años, el foco de la atención de Occidente ha estado, entendiblemente, en el proceso de paz entre los israelíes y los palestinos. Pero si Israel está en peligro hoy en día y toda la región está metiéndose en un futuro preocupantemente problemático, no es por la falta de entendimiento entre las partes sobre cómo resolver este conflicto. Los parámetros de cualquier acuerdo de paz son claros, por muy difícil que pueda parecer que ambas partes hagan un último esfuerzo para llegar a una solución.

Las amenazas reales a la estabilidad de la región, sin embargo, se encuentran en el surgimiento de un islamismo radical que ve la destrucción de Israel como el cumplimiento de su destino religioso y, simultáneamente en el caso de Irán, como una expresión de sus ambiciones para la hegemonía regional. Ambos fenómenos son amenazas que afectan no solamente a Israel, sino también al Occidente en general y al mundo entero.

La raíz del problema yace en la manera ambigua y a veces errónea en la que demasiados países Occidentales están reaccionando ante esta situación. Es fácil culpar a Israel por todos los males de Medio Oriente. Algunos hasta actúan y hablan como si se pudiera alcanzar un nuevo entendimiento con el mundo musulmán si tan sólo estuviéramos dispuestos a sacrificar al estado judío en el altar. Esto sería una locura.

Israel es nuestra primera línea de defensa en una región turbulenta que está constantemente en riesgo de terminar en caos.

Israel es nuestra primera línea de defensa en una región turbulenta que está constantemente en riesgo de terminar en caos; una región vital para nuestra seguridad energética debido a nuestra sobre-dependencia en el petróleo de Medio Oriente; una región que forma la línea de fuego en contra del extremismo. Si cae Israel, caemos todos.

Defender el derecho de Israel a existir en paz, dentro de fronteras seguras, requiere un grado de claridad moral y estratégica que, en Europa, demasiado a menudo parece haber desaparecido. Los Estados Unidos muestran señas preocupantes que apuntan en la misma dirección.

Occidente está atravesando por un período de confusión con respecto al futuro del mundo. En gran parte, esta confusión es causada por una especie de duda masoquista sobre nuestra propia identidad; por la regla de lo políticamente correcto; por un multiculturalismo que nos fuerza a postrarnos de rodillas ante otros; y por un secularismo que, ironía de ironías, nos ciega incluso cuando somos confrontados por jihadis promocionando la encarnación más fanática de su fe. Abandonar a Israel a su destino, en este momento más que en ningún otro, serviría meramente para ilustrar cuán hondo nos hemos hundido y cuán inexorable es nuestro decaimiento.

No podemos permitir que esto ocurra. Motivados por la necesidad de reconstruir nuestros propios valores Occidentales, expresando profundo interés en la ola de agresión en contra de Israel, y teniendo presente que la fortaleza de Israel es nuestra fortaleza, he decidido promover una nueva iniciativa de Amigos de Israel con la ayuda de algunas personas prominentes, incluyendo a David Trimble, Andrew Roberts, John Bolton, Alejandro Toledo (el ex presidente de Perú), Marcelo Pera (filosofo y ex-presidente del Senado Italiano), Fiemma Nirenstein (política y autora italiana), el financista Robert Agostinelli y el intelectual católico George Weigel.

No es nuestra intención defender ninguna política ni ningún gobierno israelí en particular. Los promotores de esta iniciativa están seguros de que a veces estarán en desacuerdo con las decisiones tomadas por Jerusalem. Somos demócratas, y creemos en la diversidad.

Lo que nos une, sin embargo, es nuestro inquebrantable apoyo al derecho de Israel de existir y de defenderse a sí mismo. Que los países Occidentales simpaticen con quienes cuestionan la legitimidad de Israel, que jueguen juegos en organismos internacionales con los asuntos vitales de la seguridad israelí y que brinden alivio a los que se oponen a los valores Occidentales en lugar de pararse firmemente para defender esos valores, no sólo es un grave error moral, sino también un error estratégico de primera magnitud.

Israel es parte fundamental de Occidente. Occidente es lo que es gracias a sus raíces judeocristianas. Si el elemento judío de esas raíces es trastocado e Israel es destruido, entonces nosotros también estaremos perdidos. Nos guste o no, nuestro destino está inevitablemente entrelazado.