Este viernes de mañana me disponía a escribir una nota de color que pensaba titular algo así como “Mi multifacética Jerusalem”. La expresión fácilmente se puede extender a todo el país, más allá de su capital. El tema, como sabrán quienes me leen, es bastante recurrente en mí. Me es importante mostrar el mosaico de la realidad en la vida diaria de Israel, tan distinto de la imagen que muchos tienen desde el exterior. No para decir, en ningún momento, que es mentira que hay conflictos, problemas y tensiones, sino para recordar en qué medida el espacio público compartido, aunque a veces con dificultad, se sobrepone a todo ello por esa costumbre que tiene la vida de seguir adelante.

Había combinado con mi mamá que nos sentaríamos en el centro comercial Malha a desayunar juntas. Yo, como siempre, llevaría la computadora. Mamá está acostumbrada a que la debo tener siempre conmigo, por cualquier cosa, y a que la despliego en medio de nuestros asiduos cafés.

A los pocos minutos de sentarnos, recibí la noticia: había sido cometido un atentado terrorista en la zona de Biniamin, cerca de Dolev, cuyo cruento saldo era de tres civiles israelíes heridos en distintos grados de gravedad. Muy poco después se confirmó que se trataba de un rabino y dos de sus hijos, que estaban en camino a bañarse en el manantial que, simbólicamente, lleva el nombre de Dani Gonen, otro civil asesinado en ese mismo lugar hace cuatro años. Y pocas horas más tarde, se confirmó que la más grave de los heridos,  Rina Shnerb, de tan solo 17 años, había muerto.