14 de enero, 1976

Ser citado erróneamente es un riesgo laboral del liderazgo político; por esta razón me gustaría aclarar mi postura respecto al tema palestino. Me han acusado de ser sumamente insensible al problema de los árabes palestinos. La evidencia de esto es que supuestamente yo dije: “No hay palestinos”. Mis verdaderas palabras fueron: “No hay un pueblo palestino. Hay refugiados palestinos”. La diferencia no es semántica. Mi afirmación se basa en largos debates con nacionalistas árabes que vehementemente excluyen de sus formulaciones a un nacionalismo árabe palestino separatista.

Cuando llegué a Palestina en el año 1921 (hasta el fin de la Primera Guerra Mundial era una estéril y escasamente habitada provincia turca), nosotros, los pioneros judíos, éramos reconocidos como ‘palestinos’. Así nos llamaban en el mundo. Los nacionalistas árabes, por su parte, rechazaban vehementemente esa designación. Los voceros árabes continuaban insistiendo en que la tierra que habían querido durante siglos era, al igual que el Líbano, simplemente un fragmento de Siria. Con el argumento de que eso desmembraba el ideal unitario del estado árabe, ellos lucharon frente al Comité de Investigación Angloamericano y las Naciones Unidas.

Cuando el historiador árabe Philip K. Hitti informó al Comité de Investigación Angloamericano que “no existe en la historia algo llamado Palestina”, quedó en manos de David Ben Gurión resaltar el rol central de Palestina en la historia judía.

En mayo de 1956, Ahmed Shukairy, posteriormente líder de la Organización para la Liberación Palestina, declaró en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: “Todo el mundo sabe que Palestina no es nada más que la parte sur de Siria”. En vista de esto, creo que se me debe perdonar por haber aceptado las palabras de los voceros árabes.

Hasta los años 60, la atención estaba focalizada en los refugiados árabes, ante cuyo sufrimiento los estados árabes no estaban dispuestos a brindar ninguna solución a pesar de las muchas, constructivas y extensas proposiciones hechas por Israel y la comunidad mundial.

Una y otra vez expresé mi simpatía hacia los sufrimientos innecesarios de los refugiados, cuya situación anormal fue creada y explotada por los estados árabes como una táctica en su campaña contra Israel. Sin embargo, no se puede mantener indefinidamente el estatus de refugiado para los 550.000 árabes que en 1948 se unieron al éxodo de las zonas de batalla durante el ataque árabe al nuevo estado de Israel.

Cuando el título de refugiados comenzó a perder poder, apareció en escena el terrorismo palestino enarbolando no los argumentos discutibles de refugiados desplazados, sino de un macabro nacionalismo que sólo puede ser saciado sobre el cadáver de Israel.

Vuelvo a repetirlo. Nosotros no despojamos a los árabes. Nuestra labor en los desiertos y los pantanos de Palestina crearon más espacio habitable para ambos, árabes y judíos. Hasta 1948 los árabes de Palestina se multiplicaron y florecieron como resultado directo del asentamiento sionista. Cualquier problema subsecuente que afectó a los árabes fue el resultado inevitable del plan árabe de arrojarnos al mar. Si Israel no hubiese repelido a sus posibles destructores, no hubieran quedado refugiados judíos vivos en el Medio Oriente para preocupar al mundo.

Ahora, a poco más de dos años después del sorpresivo ataque de la Guerra de Iom Kipur, tengo plena conciencia de la potencia de los petromillones árabes y no me queda ninguna ilusión respecto a la fibra moral de las Naciones Unidas, donde la mayoría de sus miembros aclamaron a Yasser Arafat con sus armas y vergonzosamente aprobaron la resolución antisemita que describe como racismo al sionismo, el movimiento de liberación nacional del pueblo judío.

Pero a pesar de que Israel es pequeño y está rodeado de enemigos, no estoy dispuesta a aceptar la simple formulación de que en el conflicto árabe-israelí, podemos atestiguar dos derechos igualitarios en disputa que exigen mayor “flexibilidad” de Israel. La justicia no fue violada cuando en los enormes territorios liberados por los aliados de manos del Sultán, el 1% fue separado para la patria judía en su tierra ancestral, mientras que un asentamiento paralelo del 99% del área fue otorgada para el establecimiento de estados árabes independientes.

Sucesivamente aceptamos el recorte de Transjordania, tres cuartos del área de la Palestina histórica, y finalmente el doloroso compromiso de la resolución de partición de 1947 con la esperanza de llegar a la paz. Sin embargo, a pesar de que Israel se estableció sólo en un quinto del territorio originalmente asignado para la patria judía, los árabes invadieron al joven estado.

¿Por qué los árabes se abalanzaron sobre cuando tenían en sus manos la Rivera Occidental, las alturas del Golán, el Sinaí, la franja de Gaza y la ciudad vieja de Jerusalem?

Vuelvo a preguntar, como pregunté a menudo: ¿Por qué los árabes no establecieron un estado Palestino en su porción en vez de canibalizar el país y que Jordania se apoderara de la Rivera Occidental (Cisjordania) y Egipto capturara la franja de Gaza? Y, dado que la pregunta sobre los límites de 1967 gravita con peso sobre las presentes discusiones, ¿Por qué los árabes se abalanzaron sobre nosotros en junio de 1967, cuando tenían en sus manos la Rivera Occidental, las alturas del Golán, el Sinaí y la franja de Gaza, así como la ciudad vieja de Jerusalem?

No son preguntas vanas. Llegan al eje del problema: la negación árabe del derecho que tiene Israel de existir. Este derecho no está sujeto a debate. Por eso es que Israel no puede sancionar con su presencia la participación de la Organización para la Liberación Palestina en el Consejo de Seguridad, una participación que viola directamente las resoluciones 242 y 338.

No tenemos un idioma común con los emocionados asesinos de inocentes y con un movimiento terrorista ideológicamente comprometido a liquidar la independencia nacional judía.

En ningún momento la OLP renunció a su programa de “eliminar la entidad sionista”. Con asombroso descaro, el vocero de la OLP admite que el estado que proponen en la Rivera Occidental será simplemente un conveniente “punto de partida”, “un primer paso” táctico y finalmente un “arsenal” combatiente, estratégicamente ubicado para una penetración más sencilla a Israel.

A menudo me formulan una pregunta hipotética: ¿Cómo reaccionaríamos si la OLP accede a abandonar sus armas, el terror y su objetivo, la destrucción de Israel? La respuesta es simple. Cualquier movimiento que renuncia tanto a sus medios como a su fin, al hacerlo se convertiría en una organización diferente con un liderazgo diferente. En el caso de la OLP no hay lugar para esa clase de especulaciones.

Esto no significa que en este estado yo ignore cualquier aspiración nacional que los árabes palestinos hayan desarrollado en los últimos años. Sin embargo, estas pueden ser satisfechas dentro de los límites de la Palestina histórica.

La mayoría de los refugiados nunca salieron de Palestina; ellos se asentaron en la Rivera Occidental y en Jordania, donde la mayoría de la población es palestina. Con cualquier nomenclatura que usemos, tanto las personas involucradas como el territorio en el que viven son palestinos.

Un mini estado Palestino, implantado en la Rivera Occidental como una bomba de tiempo contra Israel, sólo serviría como una mayor explotación por parte de la Unión Soviética sobre las tensiones regionales.

Pero en un genuino asentamiento de paz puede florecer una viable Palestina-Jordana al lado de Israel y dentro del área original de la Palestina del Mandato.

El 21 de julio de 1974, el gobierno israelí aprobó la siguiente resolución: “La paz se basará solo en la existencia de dos estados independientes: Israel, con Jerusalem unida como su capital, y un estado árabe jordano-palestino, al oriente de Israel, dentro de los límites que serán determinados en negociaciones entre Israel y Jordania”.

Todos los problemas asociados también pueden ser resueltos. Para que esto ocurra los adversarios de Israel deben dejar de planificar esquemas abiertos para su extinción inmediata o parcial.

Hay 21 estados árabes, ricos en petróleo, tierra y soberanía. Hay sólo un pequeño estado en donde se logró la independencia nacional judía. Sin duda no es extravagante exigir que en el actual juego de poderes no se traicione el derecho a la libertad de una pequeña democracia.