En el momento que escribo esto, la relación entre Israel y los palestinos ha tomado quizás el giro más peligroso desde que los israelíes tomaron la controversial decisión de salir de Gaza en agosto del 2005. En mi opinión, en ese momento esa agonizante decisión fue el menor de dos males. Para que Israel gobernara Gaza, que tenía sólo alrededor de 8.500 habitantes judíos, los israelíes corrían el riesgo de convertirse en una fuerza de ocupación hostil con poca o ninguna legitimidad local. Usar toda la fuerza para responder a los ataques concertados desde Gaza después de haberse retirado fue la mejor alternativa. Una vez que Hamás tomó el control de Gaza en el 2007, rápidamente comenzaron con ataques militares contra Israel en el 2008, 2012 y 2014, con grandes pérdidas de vida en ambos lados.

En esta instancia, como en todas las otras, es inapropiado considerar que hay una paridad moral y legal entre las dos partes. Es un error moral equiparar la autodefensa selectiva de Israel con la agresión de Hamás. Sin dudas, en la práctica a menudo hay una ética compleja que desafía la imaginación, pero la clave para entender Gaza es evitar el error de asumir que cualquier equilibrio en el número de muertes y heridos ofrece evidencia de la equivalencia moral entre Israel y Hamás. Como escribió recientemente Bret Stephens en el New York Times, el desequilibrio moral entre Israel y Hamás constituye un enorme obstáculo para cualquier solución de dos estados en el Medio Oriente.

Mientras Hamás siga activo, los israelíes no pueden permitirse el lujo de desplegar en Cisjordania la misma estrategia de retirada calculada que utilizaron intermitentemente en Gaza. Gaza puede estar aislada por tierra y mar. Pero Cisjordania limita con Jordania, a través de la cual otros enemigos israelíes como Irán y Siria pueden establecer fácilmente posiciones militares hostiles cerca de Jerusalem y Tel Aviv.

La actual ronda de ataques con misiles por parte de Hamás rápidamente desencadenó violencia adicional dentro de Israel. Al enfrentar estas disputas, es fácil olvidar el consistente patrón de Hamás y de la agresión palestina, sin juicios morales en ninguna parte. Lamentablemente, el Departamento de Estado de los Estados Unidos en su respuesta hizo precisamente eso: "No hay excusa para la violencia, pero semejante derramamiento de sangre es especialmente perturbador ahora, en los últimos días del Ramadán". La referencia a la violencia en el Ramadán en la Mezquita de Al-Aqsa, en el Monte del Templo, lamentablemente tergiversa las cuestiones relevantes, teniendo en cuenta que los palestinos habían acumulado piedras para iniciar la violencia, a lo que la policía respondió con granadas de aturdimiento. Debería ser especialmente preocupante que los jóvenes palestinos utilicen el sagrado mes del Ramadán para lanzar ataques militares. Pero lamentablemente, la crítica del Departamento de Estado hace que parezca como si los israelíes se hubieran involucrado en un uso de la fuerza no provocado en ese lugar tan sensible, lo que a su vez precipitó nuevas denuncias contra Israel por parte de las naciones árabes claves.

El Departamento de Estado luego dio un nuevo impulso a la posición palestina al instar a las "autoridades a acercarse a los residentes de Sheikh Jarrah (en Jerusalem Oriental) con compasión y respeto, y considerar la totalidad de estos complejos casos históricos y cómo ellos impactan la vida real hoy". En ningún momento esta declaración dio alguna indicación sobre el origen de la disputa de Sheikh Jarrah.

Estos editoriales fueron todavía más unilaterales en la prensa. Nicholas Kristof escribió en el New York Times que "los recientes combates fueron provocados en parte por la última apropiación de tierras por parte de Israel en Jerusalem Oriental, parte de un patrón de trato desigual hacia los palestinos", lo que llevó a su recomendación de que los Estados Unidos condicionen su ayuda militar a Israel a "la reducción del conflicto en lugar de agravarlo", sin decir nunca cómo se podría lograr esto.

El informe de Kristof sugiere que los israelíes desalojaron a los palestinos de sus hogares ancestrales por la fuerza bruta para expandir la huella judía en Jerusalem Oriental. Pero, en la medida que el conflicto actual involucra el desalojo, es en el contexto de una cargada disputa entre arrendador e inquilino. Como lo informó detalladamente Steve Postal en el American Spectator, las comunidades judías habían comprado esa tierra en 1875 a sus propietarios árabes y en el momento de la compra la registraron a nombre de dos rabinos judíos. Jordania tomó la tierra por la fuerza durante la Guerra de la Independencia en 1948. Sin embargo, la tierra se volvió a registrar en 1973, cuando Israel recapturó Jerusalem Oriental en la guerra de 1967. A partir de entonces, la tierra se alquiló a los palestinos, con la condición de que pagaran un alquiler. Cuando cesaron los pagos de alquiler a partir de 1993, los israelíes enviaron avisos de desalojo. En el 2021, un tribunal israelí permitió que se llevaran a cabo los desalojos si no se ponía fin a la falta de pago del alquiler, lo que no es una innovación novedosa en la ley de propietarios e inquilinos. Todo el asunto está ahora ante la Corte Suprema de Israel.

Designar a esta serie de acontecimientos como una "apropiación de tierras" es una parodia inexcusable y de ninguna manera proporciona un casus belli a Hamás u a otros palestinos que justifique el uso de fuerza letal. Sin embargo, Kristof, entre otros, agrava el error al restar importancia al hecho de que los lugares atacados contaban con una "presencia de Hamás", es decir, su sede principal, ni se toma la molestia de señalar que los ataques israelíes fueron en respuesta al lanzamiento de unos mil misiles hacia el territorio israelí, muchos de los cuales llegaron a los suburbios de Tel Aviv, provocando víctimas y graves daños materiales.

Gran parte de la batalla entre los intereses israelíes y palestinos depende de quién puede tomar la delantera en el debate moral. Respecto a los méritos, este caso debería ser fácil. En esta instancia no hubo provocación para los ataques de Hamás. Además, es un error criticar la respuesta israelí como una forma de "nacionalismo racista", tal como lo hizo el senador Bernie Sanders. Tales caracterizaciones erróneas sólo sirven para fortalecer los argumentos equivocados de equivalencia moral entre ataques indiscriminados contra poblaciones civiles y esfuerzos puntuales de autodefensa. Los israelíes enfrentan en Hamás a un adversario que está dispuesto a usar a su propio pueblo como escudos humanos para proteger las instalaciones de misiles del contraataque, instalaciones que a menudo se encuentran en hospitales y escuelas.

Estas tácticas son difíciles de superar. La ley de legítima defensa permite el uso de todas las medidas posibles para evitar daños colaterales a la población civil. Pero al mismo tiempo, la precaución contra las bajas civiles no puede interpretarse de manera tan amplia como para permitir que Hamás dispare contra Israel siempre que esté dispuesto a colocar a sus propios ciudadanos en una posición de peligro. Al abordar estas situaciones, es imprudente y erróneo criticar los errores tácticos de Israel (que sin duda habrá algunos), mientras se pasa por alto el uso inexcusable de una fuerza indiscriminada y letal que provocó el uso de la fuerza por parte de Israel.

También es importante no caer en la trampa de pensar que los errores de Hamás y de los palestinos hoy quedan excusados bajo la luz de los errores judíos del pasado. Peter Beinart, en el New York Times, advierte que "los judíos deben entender" que los crímenes del pasado no permanecen en el pasado, y argumenta que los errores del pasado respaldan el derecho palestino de regresar a Israel. Pero esta línea de pensamiento es irremediablemente unilateral, ya que no abarca la larga historia de agresión criminal árabe que comenzó incluso antes de la invasión árabe al nuevo estado de Israel en 1948, violencia que se siguió manifestando desde entonces. Cientos de miles de judíos fueron expulsados de sus países de origen en otros lugares del Medio Oriente y ahora están en Israel, lo que hace que su regreso no sea posible ni deseable.

Beinart insiste en que si los judíos pueden construir casas para los inmigrantes rusos, pueden hacer lo mismo por los palestinos, ignorando lo que harían los enemigos jurados de Israel una vez que sean admitidos en Israel en grandes cantidades. Su "modesta" propuesta podría acabar con el estado judío tal como lo conocemos, dados los cambios masivos que auguraría en el poder político y militar.

Dejar que los reclamos contra injusticias pasadas alimenten los actos de violencia actuales, sólo expande la lista de agravios sin resolver, produciendo rondas de violencia interminables. Hay una manera mejor. Depende de comenzar a generar confianza entre árabes e israelíes a través de interacciones comerciales y sociales de bajo nivel. Esa cohesión social a nivel básico es la única esperanza de poner fin al ciclo insensato de violencia en el Medio Oriente. Lamentablemente, al continuar avanzando la falsa narrativa de la equivalencia moral, la posición de la administración de Biden sólo sirve para perpetuar la violencia crónica en el Medio Oriente.

Este artículo apareció originalmente en el sitio web del Instituto Hoover.