Si quieren entender cuál es la diferencia entre personas que son verdaderamente propalestinas y quienes de forma habitual, pero falsa, afirman que lo son, merece la pena que lean la entrevista en Forward con el director ejecutivo de SodaStream, Daniel Birnbaum. El titular de la nota, por supuesto, fue la confesión, por parte de Birnbaum, de que tener una fábrica en un asentamiento de la Margen Occidental es “un incordio”, y que hoy “nunca” la instalaría allí.

Pero el comentario más llamativo fue su respuesta a la pregunta de por qué, entonces, no cerraba la fábrica de la Margen y trasladaba sus operaciones a las nuevas instalaciones de SodaStream en el Negev, que tienen una amplia capacidad:

El motivo para quedarnos es la lealtad a los cerca de 500 palestinos que hay entre los 1.300 empleados de la fábrica, afirmó Birnbaum. Si bien otros empleados podrían reubicarse al otro lado de la Línea Verde si la fábrica se trasladara, los trabajadores palestinos de la Margen Occidental no podrían hacerlo, y sufrirían económicamente, argumentó.

“No sacrificaremos a nuestros empleados para promover los planes políticos de nadie”, declaró, y añadió que “simplemente, no puedo ver cómo ayudaría a la causa de los palestinos el que los despidiéramos”.

En otras palabras, a Birnbaum le preocupan los palestinos reales, cuyas familias necesitan comer. Es una preocupación que se encuentra ausente, de forma significativa, entre el tipo generalizado de “pro-palestinos”, a los que el bienestar de los palestinos corrientes no podría importarles menos, a no ser que ello contribuya a su objetivo principal de atacar a Israel.

Vean por ejemplo, la vergonzosa indiferencia de grupos pro-palestinos ante los palestinos que, literalmente, mueren de hambre en Siria (ya que no puede culparse de ello a Israel), o los intentos por parte de los Gobiernos de los Países Bajos y de Alemania para interrumpir proyectos de tratamiento de aguas residuales y de vertederos que beneficiarían, fundamentalmente, a los palestinos, porque los colonos judíos también resultarían beneficiados.

Pero es una preocupación que comparten, vehementemente, los propios palestinos corrientes, como demostró una encuesta de 2010: los palestinos, en una abrumadora mayoría del 60% frente al 38%, se oponían a la idea de que ellos mismos debían negarse a trabajar en los asentamientos. Los palestinos reales se preocupan por alimentar a sus familias, y no quieren que les cierren las puertas de trabajos que les permiten hacerlo.

Pero eso es, precisamente, lo que se conseguiría principalmente boicoteando a empresas como SodaStream. Pese a que ésta dice que no reubicará su planta, otras compañías israelíes han decidido que no necesitan el acoso y se han reubicado dentro de la Línea Verde, dejando a sus antiguos empleados palestinos sin trabajo. Otros muchos decidieron no instalarse en la Margen Occidental desde un principio, como Birnbaum reconoce que haría hoy.

Actualmente, en los asentamientos trabajan 20.000 palestinos. Eliminar sus empleos supondría hacer que el número de desempleados en la Margen Occidental ascendiera un 14%, lo que difícilmente es una propuesta que sirva de mucha ayuda a una economía que ya padece un 19% de desempleo.

Ese mismo desinterés por los palestinos reales caracteriza también a otras manifestaciones del boicot anti-Israel. Tomemos, por ejemplo, el intento de imponer un boicot académico a Israel. Como dijo este mes al New York Times un profesor palestino de farmacéutica (que, comprensiblemente, temía dar su nombre), “más de 50 profesores palestinos estaban dedicados a proyectos conjuntos de investigación con universidades israelíes, financiados por organizaciones internacionales” y “sin esos fondos, la investigación académica palestina se hundiría porque no había disponible ‘ni un sólo dólar’ de otros sitios”.

Quienes proponen el boicot afirman que, al reducir la libertad académica de los israelíes, pretenden “aumentar” la de los palestinos. Aunque, de hecho, como admitió ese profesor palestino, el mundo académico israelí es el salvavidas que mantiene a flote a su homólogo palestino. Así pues, ¿cómo “aumentaría” la libertad académica de los palestinos el liquidar la investigación en las universidades palestinas? No lo haría, por supuesto, pero al grupo de los “pro-palestinos” eso no les importa.

De hecho, lo único que les importa a estos autoproclamados “pro-palestinos” es atacar a Israel, y por eso ya es hora de dejar de honrarlos con ese nombre. Son anti-Israel, simple y llanamente. Y así es como habría que llamarlos.

Publicado originalmente en inglés en la revista Commentary, texto en español extraído de El Medio, editado por AishLatino.com