Imagina que te invitan a un club exclusivo. Nunca has estado ahí, pero conoces la idea. Del lado derecho está el gimnasio; del lado izquierdo está el spa. El gimnasio es donde la gente hace ejercicio. Tiene todo el equipo necesario, las máquinas elípticas, las pesas, las caminadoras. El spa es el lugar para relajarse. Tiene un sauna, un vapor y mesas de masaje.

Decides que has tenido una semana muy estresante, así que te vas directo al spa. Pero por error, en lugar de dirigirte a la derecha, te vas a la izquierda y llegas al gimnasio. Volteas a tu alrededor y te encuentras con muchos hombres con los rostros rojos, gruñendo y sudando. En ese momento gritas: “¿Quién necesita todo este equipo? ¿De qué se tratan todas estas carreras, empujones y tirones? ¡Quienquiera que diseñó este spa hizo un pésimo trabajo!”.

Esta es una parábola apta para la Creación. Dios creó dos mundos. Éste y el Mundo Venidero. Este mundo es el gimnasio. Aquí es donde nos ejercitamos, donde crecemos hasta convertirnos en personas mayores y mejores. El Mundo Venidero es el spa. Ahí es donde disfrutaremos de los resultados de nuestro trabajo. Cada mundo tiene su lugar, cada mundo tiene su propósito. Nos mandaron a este mundo por unos cuantos años para cumplir nuestra misión. Después nos retiraremos y disfrutaremos de nuestros logros en el Mundo Venidero.

Esta parábola es tan fundamental para entender la vida que, sin ella, nada bajo el sol tiene mucho sentido. Si una persona intenta encontrar sentido a la vida sin darse cuenta de que nos mandaron a este mundo a crecer y después a disfrutar de nuestros logros en el Mundo Venidero, entonces se encontrará con muchas, muchas preguntas que no tienen respuesta. No son preguntas de las cuales no conoce la respuesta… son preguntas sin respuesta.

La respuesta: por qué creó Dios el mundo

El Mesilat yesharim explica que Dios es dadivoso. Dios quiere compartir su bondad con el hombre. El mayor bien y el más grande placer que el hombre puede disfrutar es estar cerca del Creador. Dios creó al hombre para permitirle disfrutar de ese placer. Sin embargo, para que el hombre disfrute verdaderamente de eso, debe ganárselo. Debe ser algo por lo que haya trabajado… no solamente algo que le obsequiaron. La manera en la que se lo gana es haciéndose tan parecido a Dios como un mortal puede hacerlo.

Dios es perfecto. Perfeccionándose a sí mismo, el hombre se parece más a Dios y se vuelve digno de estar cerca de Él. Por tanto, Dios creó dos mundos: éste y el Mundo Venidero. Este mundo fue diseñado con los retos, pruebas y situaciones que permiten al hombre perfeccionarse a sí mismo. El Mundo Venidero fue diseñado para permitir que el hombre disfrute la recompensa por su esfuerzo. De acuerdo con el nivel de perfección que el hombre alcance en este mundo, será capaz de disfrutar de la presencia de Dios en el Mundo Venidero. Este mundo es el corredor para el Mundo Venidero: tal es el propósito de la Creación.

No es un suplemento

Con esta pequeña ráfaga de claridad, el Mesilat yesharim define nuestra existencia y cambia nuestra perspectiva de todo. Dos mundos… cada uno con su propio rol, cada uno con su propósito.

El punto clave es que el Mundo Venidero no es un suplemento de la vida física. No es algo secundario. Es la razón por la cual Dios creó la luna, el sol, los cielos y todo lo que contienen. Es la razón por la cual Él creó al hombre. Es la razón de la vida. Si una persona no comprende esto, entonces tiene muy pocas probabilidades de entender lo que sucede en este mundo. Esto es porque no se ha detenido a hacerse la pregunta fundamental: ¿para qué quería el fabricante que se utilizara ese objeto?

¿No es sorprendente que la gente tenga tantas preguntas acerca de la vida? Miran solamente la mitad de la película. El propósito de todo, la razón de todo no se encuentra dentro de su visión. Así que, por supuesto, nada tiene sentido. Y tienen muchas, muchas preguntas: acerca de Di-os, del sistema, de la justicia, de todo. ¿Por qué la vida es tan difícil? ¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? ¿Por qué suceden cosas malas a la gente buena? Muchas, muchas preguntas… y ninguna respuesta.

Todas estas preguntas están basadas en una premisa: la vida termina en la tumba. Cuando morimos se termina el juego. Morimos y nada más. Si eso fuera correcto, entonces las preguntas anteriores son válidas. La vida no tiene sentido. No hay nada justo. Sin embargo, una vez que la persona comprende la razón de la vida, todos esos dilemas se desvanecen como el humo.

Un mundo perfecto imperfecto

¿Por qué sufre tanto el hombre? ¿Por qué Dios diseñó un mundo con tanto cuidado y devoción, pero haciendo intencionalmente que sea difícil para el hombre disfrutar estas características? Sabemos que Dios hizo la naranja, la pera y la uva, pero también creó al hombre de una manera en la que es muy difícil para él disfrutar estas cosas. ¿Para qué hacerlo así?

Cuando llegamos al núcleo de la comprensión de por qué Dios nos puso aquí, vemos la vida muy diferente. Nuestra permanencia aquí no es significativa; es un vehículo, y dentro de ese contexto, tiene sentido. Comenzamos a ver la forma y el flujo del mundo. Mientras que podemos no conocer la respuesta a cada pregunta hecha por el hombre, sí tenemos un marco de referencia para basar nuestras respuestas. Los patrones de nuestras experiencias crean un tapiz de significado y belleza. Todas las preguntas desaparecen conforme la razón y la percepción comienzan a abrirse paso. Mientras más tiempo pasemos en este camino de comprensión, más piezas comienzan a encajar. Cuando lo comprendemos, la vida misma tiene sentido.

Sin embargo, para tener éxito en la vida debemos entendernos a nosotros mismos a un nivel central y fundamental. Para saber qué se espera de nosotros, en qué tenemos que cambiar y cómo funciona el sistema, necesitamos examinar las distintas partes de nuestra personalidad y los lados conflictivos de nuestra naturaleza. Es decir, necesitamos profundizar en la esencia del hombre.