Jamaica: Playas blancas, cielos sin nubes, océanos sin fin.
Una vez que estés ahí, lo sabrás”
—Anuncio de Viaje.

Existe una industria entera dedicada a escribir folletos de viaje. Sus anuncios ofrecen llevarte por tren, crucero y camello desde los bosques lluviosos de África hasta los Alpes cubiertos de nieve. Después a Jamaica, Aruba y el Golfo de México, desde lo pintoresco hasta lo espectacular, lo excéntrico y lo impresionante. Te llevan para ver el mundo.

Si observas a la gente cuando mira estos panfletos, a menudo su mirada se pierde mientras se imaginan a sí mismos viajando por esas tierras exóticas. Es interesante porque la mayoría de la gente que toma esos panfletos no tiene ninguna intención de ir a esos lugares, jamás. Son muy bonitos para mirarlos, interesantes, pero no tienen nada que ver con ellos.

Parece que esa es la manera en que vemos al Mundo Venidero. ¡Intrigante! ¡Fascinante! Me encantan las descripciones. Pero no tiene nada que ver conmigo. No me malentiendan; estar cerca de Hashem y disfrutar de una felicidad eterna suena maravilloso. Es sólo que no tengo intenciones de estar ahí. Verás, cuando llegue ese momento, yo ya estaré muerto. Mi neshamá puede ser que esté ahí. Mi alma podría terminar ahí. ¿Pero yo? Yo ya estaré muerto. Así que toda esta discusión es interesante, pero irrelevante.

Yo soy un ser físico

La razón por la que sentimos de esta manera es que nos vemos a nosotros mismos como seres físicos. Después de todo, ¿acaso el hombre no es más que carne y hueso, un simple mortal? “Con el sudor de su frente se ganará el pan de cada día, y después se irá de la tierra para que nunca más se vuelva a escuchar de él”. Nos dejamos atrapar tanto en esta limitada definición del hombre que comenzamos a creerla. Y comenzamos a confundirnos a nosotros mismos con nuestros cuerpos. Ya sé que tengo un alma —lo que sea que fuere—, pero tiene muy poco que ver conmigo. Yo soy este cuerpo. Desde que alcanzo a recordar, he estado dentro de este cuerpo. Todo lo que he experimentado es por medio de él. Creo que eso es todo lo que hay. Y la vida parece confirmarlo. Si me golpeas en el brazo, me duele. Si me pisas en el dedo del pie, yo siento dolor. Yo y mi cuerpo somos uno. Así que, obviamente, cuando este cuerpo sea enterrado en la tierra, yo estoy muerto. Acabado. Extinto. Y el Mundo Venidero es irrelevante.

Por supuesto, se supone que debemos creer de otra forma. El problema es que dentro de nuestros corazones así es como sentimos. La pregunta es: ¿cómo alineamos nuestros sentimientos con nuestras creencias? Aquí tenemos un ejemplo que puede ayudar.

Ganarse la lotería

Es domingo por la mañana; recoges tu periódico, ojeando lentamente las páginas, dejando que tus ojos lean lo que les plazca. “No hay noticias hoy”, te dices a ti mismo. Antes de dejar el periódico, sólo por curiosidad, abres la sección de la lotería y buscas los números ganadores de esa semana. Los encuentras. Un escalofrío recorre tu cuerpo. “¿Qué? 7, 8, 4, 3, 4, 5. ¡Esos son mis números! ¡¿Qué?! Espera. ¿Cómo puede ser?”. Corres a tu habitación. Buscas tu billete de lotería. Corres de regreso a la cocina. Tomas tu billete y lo comparas con los números del periódico. “7, 8, 4, 3, 4, 5. ¡Sí es! ¡Esos son mis números! ¡Oh, cielos! ¡Mis números! ¡Gané! Quiero decir, ¡GANÉ! ¡He ganado la lotería de Nueva York! ¡No puedo creerlo! O sea, ¡gané! ¡Gané! ¡YO GANÉ! ¡¡¡GAAAAANÉÉÉÉÉ!!!”.

Si pudieras detener el tiempo y preguntar lo que sentiste en esos momentos, probablemente responderías: “Euforia. Gran alegría. Felicidad fantástica. ¡¡¡O sea, GANÉ!!!”. Si entonces te preguntáramos quién sintió todo eso, responderías: “¿Qué quieren decir con ‘quién lo sintió’? Yo lo sentí”.

Eso es verdad, pero, ¿fueron tus brazos, tu cabeza o tu pecho los que lo sintieron? ¿Fue acaso tu espalda, tus hombros o tus piernas?

La respuesta es que ninguno de los anteriores. Tú lo sentiste. Aun si tus piernas hubieran estado dormidas, y tus brazos hubieran estado atados, habrías sentido ese tremendo sentimiento de alegría. ¿Entonces quién lo sintió? No fue tu cuerpo, no fue tu casa física… tú lo sentiste. Este es un ejemplo del “Yo” sintiendo algo que no se encuentra limitado por el cuerpo.

Del otro lado del espectro, imagina que alguien te está gritando, diciéndote todas las groserías que existen: “Eres una excusa sin valor de ser humano. No sabía que existía gente tan baja como tú”. Escuchar estas palabras te causa dolor. Tú te sientes herido. No es tu corazón quien lo siente. No son tus nervios ni tus sinapsis lo que se siente avergonzado. Tú te sientes así. Es verdad, sientes con tus dedos, saboreas con tu lengua y hueles con tu nariz, pero eres tú quien lo experimenta. Tú eres el que ocupa el cuerpo y controla su destino. Tú eres el dueño del barco.

Hay muchas cosas que sientes que no son físicas por naturaleza. Toda la gama de emociones, desde el amor hasta el odio, hasta la furia, hasta los celos, son cosas que tú sientes. Tú te sientes orgulloso de tus logros. Tú sientes aprecio por los gestos amables de los demás, y tú te sientes herido por las palabras crueles que la gente dice. No es tu cabeza la que siente el dolor. Eufemísticamente, utilizamos expresiones como “un corazón roto”, pero lo que queremos decir en realidad es que tú has sido herido.

Tú disfrutas escuchar música y observar un bello paisaje. Sientes admiración al ver una montaña majestuosa. Puedes derramar lágrimas ante el impresionante poder del océano. Tú sufres cuando un amigo muere. Tú estás emocionado cuando tu hermana tiene un bebé.

La conclusión más increíble a la que una persona puede llegar es que, cuando tu cuerpo muere, tú sigues viviendo. Tú, con todos tus sentimientos, pensamientos y recuerdos, te sales del saco llamado cuerpo.