La secta de Jesús en Jerusalem se mantuvo pequeña y no tuvo mucho éxito entre los judíos. De hecho, se volvió ofensiva ante los ojos del judaísmo y los seguidores de Jesús comenzaron a ser considerados herejes (1).

La actitud de los rabinos fue que esa gente, por más judía que fuera, estaba persiguiendo una ideología que estaba fuera del camino judío y cuyas desviadas creencias iban a contaminar al pueblo judío. Esta es una secta separatista que no tenía lugar en el judaísmo, por lo que debían expulsarla.

Uno de los que se tomaron en serio el tema de la expulsión fue un judío llamado Saúl, originario de Tarsus (una ciudad de Asia Menor, Turquía en la actualidad).

Pero, como escribió posteriormente en sus "epístolas" o "cartas", después de participar en las persecuciones a la secta de Jesús, Saúl cambió repentinamente de opinión. Escribió que Jesús se le había aparecido en una visión y lo había disuadido de seguir persiguiendo a sus seguidores.

Luego de este encuentro místico, Saúl desapareció de la escena y volvió a aparecer unos trece años después (47-60 EC) como Pablo, un misionero para los gentiles.

Cuando reemergió en la escena mundial, Pablo introdujo algunas ideas revolucionarias que inicialmente causaron un poco de furor entre los seguidores más veteranos de Jesús. Durante un dramático encuentro con la secta de Jesús en Jerusalem, su perspectiva fue la que salió vencedora: la nueva religión se separaría del judaísmo.

Pablo se fue a una serie de viajes misionarios en los cuales tuvo un gran éxito en atraer conversos a su nueva religión: el cristianismo.

Pablo indudablemente predicaba el monoteísmo, pero con una innovación radical. La forma de salvación de los gentiles era ahora mucho más simple: la creencia en Jesús reemplazaría la observancia de los mandamientos.

Gracias a los esfuerzos de Pablo y al fanatismo de sus primeros discípulos, el cristianismo sufrió un ascenso meteórico en popularidad. Sus primeros éxitos fueron en lugares en los cuales los habitantes no judíos habían sido expuestos a las ideas judías.

Atracción romana al judaísmo

En entregas previas discutimos sobre la tensión que había en el mundo grecorromano, en el cual se enfrentaban el helenismo con el judaísmo. Pero no mencionamos que los romanos se sentían en realidad muy atraídos por el judaísmo.

Esto fue especialmente cierto en el siglo 1 EC cuando, bajo la dirección de Nerón, comenzó la caída de Roma y la gente inteligente y juiciosa vio cómo el imperio se estaba convirtiendo en un agujero negro de decadencia, violencia y, sobre todo, inmoralidad. Estas personas buscaban estabilidad, una visión moral del mundo que fuese universal y comenzaron a prestar atención a algunas formas de adoración más exóticas que la religión oficial del estado.

Su búsqueda llevó muchos cultos extranjeros a Roma, en particular la adoración de Mitras, el dios persa de la luz y la sabiduría, el cual se comenzó a identificar con Helios, el dios griego del sol, y con Sol, el dios romano del sol. Este culto se volvió tan popular que los romanos nombraron a uno de los días de la semana en honor a Mitras y celebraban el cumpleaños del dios del sol a finales de diciembre, con el solsticio de invierno.

La lealtad a los dioses del estado se debilitó más aún por causa de la política romana de robar los dioses de los pueblos que eran conquistados. Los "dioses capturados" pasaban a ser "propiedad" de Roma y eran incorporados al panteón oficial. A medida que el imperio fue creciendo, el número de dioses se fue multiplicando. De acuerdo al escritor romano Varro, en un momento Roma tenía más de 30.000 dioses y 157 festividades al año (2). ¿Quién podría recordarlos todos o tomárselos en serio?

Otro factor importante fue las constantes amenazas de rebelión interna y de invasión externa con las que vivían. La sensación de que un impiadoso destino y una cruel muerte acechaban a la vuelta de la esquina estresaba y atemorizaba a la población. (Quizás tantas horas de ver a personas que habían cometido delitos menores ser masacradas en el Coliseo crearon un sentimiento subconsciente de "si no fuera por la gracia de uno de los 30.000 dioses, podría ser yo el que esté ahí").

El sentimiento de una muerte inminente se veía aumentado por la intriga política, la corrupción general y el obvio declive moral. La gente se atiborraba de exquisiteces y luego vomitaba para poder comer más aún. Mientras tanto, en los baños públicos, la forma de pasar la noche era con interminables orgías sexuales con esclavos y prostitutas.

El historiador Michael Grant, en su libro The World of Rome (El mundo de Roma, p. 129), lo resume de esta forma:

La era romana fue una época no sólo de una descontrolada lujuria por la sangre, sino también de pesimismo y desaliento respecto a la capacidad del hombre para construir su propio futuro. La existencia y la propaganda del gobierno imperial, el cual hacía un llamado a apoyar a los dioses viejos, no erradicó la profundamente arraigada sensación de que toda persona iba a la deriva y de que todo era peligroso. Por lo tanto, la deidad vigente para combatir el desaliento era Fortuna. "Por todo el mundo", dice Plinio el Anciano, "en todo lugar y a toda hora, en todas las bocas, sólo Fortuna es invocada y su nombre hablado… Estamos tan a merced de la suerte, que la suerte es nuestro dios".

En una atmósfera como esta, la visión judía de que la persona no está perdida en el mar de un universo aleatorio y hostil, sino que es cuidada por un Dios único, omnipotente y amoroso, que ordena y dirige el mundo, tenía muchas posibilidades de encontrar oídos receptivos.

El pueblo judío era una particular y considerable minoría que se encontraba dispersa por todas las ciudades importantes del imperio. Su idea de un Dios único no sólo era exclusiva, sino que también poseía una exclusiva sensación de comunidad, tenía una desarrollada infraestructura de bienestar social y un igualmente único nivel de alfabetización. En las palabras del historiador Michael Grant:

Numéricamente… ellos [los judíos] eran menos en esos días de lo que son ahora, quizás ocho millones… Pero no menos de siete de esos ocho millones estaban en el Imperio Romano, en donde constituían entre el seis y el nueve por ciento de la población (en las provincias orientales, el porcentaje puede que haya llegado a ser incluso el veinte por ciento). Siendo un porcentaje tan alto de la cantidad total de habitantes, era casi inevitable que tuvieran una influencia; y dadas sus creencias y costumbres altamente distintivas, tan divergentes del estilo de vida grecorromano que los rodeaba, era predecible que su relación con sus vecinos se tornaría tanto dramática como explosiva (3).

Sin embargo, la conversión al judaísmo siempre ha sido un complejo emprendimiento, el cual históricamente siempre ha requerido que el potencial converso demuestre su sincero deseo de seguir las enseñanzas de la Torá.

Sin embargo, los registros históricos romanos nos muestran que el judaísmo sí estuvo de moda, especialmente en centros culturales importantes como Roma y Alejandría. El exportador más conocido de una ideología híbrida judía fue Philo Judeas, quien vivió entre 20 AEC y 50 EC. Fuertemente influenciado por el Helenismo, buscó fusionar la filosofía griega con el judaísmo y exportar esta fusión al mundo. Philo era un escritor prolífico con un considerable séquito.

Entre quienes se convirtieron en este tiempo estuvo Onkelos, un sobrino de uno de los emperadores romanos —posiblemente Nerón—, quien subsecuentemente tradujo la Biblia Hebrea al arameo. Josefo (4) describe a Popea, la esposa de Nerón, diciendo que apoyaba mucho al judaísmo y que estaba muy interesada en él; además de esto, hay mucha especulación entre los historiadores respecto a la posibilidad de que haya habido otros emperadores romanos que simpatizaban con el judaísmo y que quizás incluso se hayan convertido.

No se puede negar que el mensaje y el estilo de vida del judaísmo era muy atractivo para los romanos. El historiador Howard Sachar sugiere en su libro History of Israel (Historia de Israel, p. 111) una explicación de este fenómeno:

Las condiciones eran altamente favorables. El antiguo paganismo… estaba decayendo, y las mentes sensibles se sentían repelidas por éste. El bien definido monoteísmo y las prácticas racionales de los hebreos, expuestas con encanto por los escritores judíos helenizados, les causaron una profunda impresión. Hubo una gran cantidad de conversos, si no oficialmente al judaísmo, al menos a las prácticas y los ideales judíos.

El impacto del judaísmo en el imperio fue tan grande que el escritor romano Séneca se quejó: "Esta abominable nación ha conseguido desparramar sus costumbres por todas las tierras: los conquistados les han dado sus leyes a los conquistadores".

Esto no quería decir que sólo porque algunos ciudadanos del imperio se hubieran convertido y otros muchos hubieran simpatizado abiertamente con los judíos entonces la religión de Moisés se tomaría Roma por asalto. La razón de por qué no pasaría esto era muy simple: las leyes, restricciones y rituales judíos parecían muy difíciles de seguir. A pesar de que algunos mandamientos —como descansar en Shabat y las leyes alimenticias— eran muy populares y relativamente fáciles de observar, otros rituales del judaísmo eran considerados demasiado extremos y difíciles, como por ejemplo la circuncisión y la abstinencia sexual durante una parte de cada mes.

Además, muchos veían al judaísmo como la religión nacional de un pueblo específico; es decir, ser judío no sólo significaba adscribir a una fe religiosa, sino también adoptar una identidad nacional diferente. Naturalmente, si habías nacido en Roma, no querías que pareciera que estabas renunciando a tu ciudadanía romana; tampoco ayudaba que Judea fuera una de las provincias más rebeldes y problemáticas del imperio, y que los judíos en general solían ser vistos con suspicacia y hostilidad. Sin duda, esto causó que muchos romanos lo pensaran dos veces antes de unirse a las filas judías.

Aquí es cuando apareció Pablo.

La revolución de Pablo

La astucia de Pablo fue conservar las partes del judaísmo que atraían al mundo romano y la cercana conexión con la Torá, mientras que abandonó los componentes "objetables".

Pablo predicaba que la creencia en Jesús reemplazaba a las leyes de la Torá, es decir, todos los mandamientos que les parecían tan difíciles a los romanos que sentían atracción hacia el judaísmo. Al convertirse al cristianismo, un romano podía adherirse a la visión judía de un Dios amoroso y a la visión moral de paz, justicia y amor al prójimo de la Torá. Un romano podía suscribirse a estas ideas sin tener que ser "diferente" de la forma en que los judíos eran "diferentes".

De esta forma, Pablo quitó las barreras y abrió las compuertas.

John G. Gager escribe en su libro Kingdom and Community: The Social World of Early Chistianity (Reino y comunidad: El mundo social de los inicios del cristianismo, p. 140):

El cristianismo conservó todas las ventajas de su legado judío pero sin los dos únicos factores que, de otra forma, hubieran inhibido su crecimiento: el apego a la ley ritual y la cercana conexión entre la religión y la identidad nacional. Al proclamar que Cristo era 'el fin de la ley' y al presentarse a sí mismo ante el mundo como 'el nuevo Israel espiritual', el cristianismo helénico pudo cosechar los frutos políticos y sociales que habían sido plantados durante tres siglos por el judaísmo helénico.

No hace falta decir que los judíos observantes se opusieron a Pablo, un judío a quien veían como la peor clase de hereje. De hecho, debido a las quejas judías en su contra, Pablo fue arrestado por las autoridades romanas, mantenido durante un tiempo bajo arresto domiciliario y finalmente ejecutado alrededor del año 67 EC (el año del comienzo de la Gran Revuelta en contra de Roma en Israel).

La tradición cristiana sostiene que Pablo y el apóstol principal de Jesús, Pedro, fueron enterrados en la colina del Vaticano, la sede actual de la Iglesia Católica Romana.

Después de la muerte de Pablo, el cristianismo continuó evolucionando y creciendo. Mientras la nueva religión luchaba por desarrollar su núcleo teológico surgieron muchas controversias en torno a ella.

Dado que esta serie se trata sobre historia judía y no sobre cristianismo, no vamos a profundizar en el desarrollo de los dogmas del cristianismo de la Trinidad, el nacimiento de una virgen, la resurrección, etc., ni en las diferentes "herejías" que florecieron en los inicios de la Iglesia Cristiana. Para quienes estén interesados en el tema, la mejor fuente es el trabajo del historiador cristiano Paul Johnson, titulado History of Christianity (Historia del cristianismo).

Basta con decir que le llevó unos 300 años a la Iglesia Cristiana establecer su dogma fundamental, que resultó ser una síntesis de las ideas judías, griegas y algunas paganas. Con el crecimiento del cristianismo vino una fuerte resistencia de la Roma oficial: la nueva religión estaba imponiéndose demasiado, estaba amenazando la religión del estado y, por lo tanto, la estabilidad del mismo. El cristianismo fue declarado ilegal en Roma y quienes eran atrapados practicándolo generalmente eran crucificados o arrojados a los leones en el Coliseo.

Esas persecuciones, las cuales vinieron en oleadas (dependiendo del nivel de tolerancia del emperador romano de turno), terminaron fortaleciendo al cristianismo. En este sentido, los cristianos estaban siguiendo el comportamiento que habían tenido los judíos en los días del Imperio Griego (en ese entonces, nadie moría por su religión; nadie excepto los judíos).

Y entonces, en el año 312 EC, ocurrió un hecho destacable que cambió dramáticamente la fortuna cristiana y llevó al cristianismo, en una docena de años, a ser la religión oficial del Imperio Romano: Constantino, quien se convertiría en Emperador de Roma, se convirtió al cristianismo.

Constantino

En la víspera de una batalla contra su rival por el trono de Roma, Constantino reportó haber tenido un sueño con Jesús que vino seguido de una visión de una cruz sobrepuesta al sol.

Constantino tenía una tendencia a ver visiones; unos años antes había afirmado ver a Sol, el dios del sol, en una huerta de Apolo en Galia. La yuxtaposición de los dos —la cruz y el sol— fue un augurio para la victoria y, cuando Constantino ganó la batalla, le acreditó la victoria a su recientemente encontrado dios y se convirtió al cristianismo.

David L. Edwards, erudito de la Universidad de Oxford, preboste de la Catedral de Southwark en Londres y autor del libro Christianity: The First Two Thousand Years (Cristianismo: Los primeros dos mil años), duda abiertamente de la sinceridad de la conversión de Constantino, una posición que es compartida por otros eruditos cristianos.

Pero así son los giros de la historia. Pronto Constantino se convirtió en emperador y eligió establecer su capital en el este, en Bizancio, la cual fue renombrada Constantinopla.

Eventualmente el imperio se dividiría en dos: el imperio occidental colapsaría en el siglo V, pero el imperio oriental sobreviviría otros mil años. De esta forma el cristianismo se convirtió en la religión oficial del nuevo orden: el Imperio Bizantino.

Constantino había iniciado una nueva forma de ver al cristianismo al fusionar un símbolo pagano con uno cristiano (sol y cruz). Durante los siglos siguientes, hubo muchas más síntesis.

Si bien a los cristianos les gusta ver al cristianismo como "la religión del amor" y al judaísmo como "la religión de la ley", al ver el récord de Constantino un judío bien podría preguntarse: "¿Qué tiene que ver el amor con todo esto?".

Johnson escribe en History of Christianity (Historia del cristianismo, p. 68):

Él [Constantino] no tenía respeto por la vida humana y, siendo emperador, ejecutó a su hijo mayor, a su propia segunda esposa, al marido de su hermana favorita y a "muchos otros" en base a dudosas acusaciones… Era muy criticado por condenar a los prisioneros de guerra a combates mortales con bestias salvajes en Trier y Comar y por realizar masacres al por mayor en el norte de África.

Y no fue de gran ayuda que pronto se desatara una amarga lucha por riqueza y poder que terminaría siendo lo único que ocurría en la ciudad.

Con el objetivo de erradicar al paganismo, algunos grupos cristianos rastrillaron el territorio del imperio destruyendo ídolos e incendiando templos. Escribe Johnson (p.76):

[La Iglesia] pasó de ser un cuerpo sufrido y victimizado que rogaba tolerancia, a uno coercitivo que exigía monopolio…

Luego de que la Iglesia Cristiana se transformó en un poder estatal, las Epístolas Cínicas la acusaron de haber transformado a la cruz en una espada y de que su capacidad para convertir al mundo occidental había pasado a tener menos que ver con su mensaje que con sus métodos. Para finales del siglo IV EC, los esfuerzos del gobierno oficial para intimidar por medio de leyes y decretos —ayudados por el terrorismo de pandillas— consiguieron imponer al cristianismo en la mayoría del imperio.

Con la desaparición del paganismo, el judaísmo comenzó a resaltar ante los ojos romanos; como siempre, eran un grupo extraño, separado y no hacían concesiones. Los testarudos judíos, al igual que habían hecho con toda otra religión que hubiera asaltado su sistema de creencias anteriormente, se rehusaban obstinadamente a reverenciarse ante el nuevo orden.

Esto presentó un problema especial, como explica William Nicholls en su libro Christian Antisemitism: A History of Hate (Antisemitismo Cristiano: Una Historia de Odio, p. 90):

la presencia misma del pueblo judío en el mundo, el cual continuaba creyendo en la lealtad al Dios del pacto original… ponía un gran signo de pregunta en la creencia cristiana sobre un nuevo pacto a través de Cristo. La presencia de esta pregunta, que a menudo se encontraba profundamente enterrada en la mente cristiana, no podía evitar causar una profunda y fastidiosa ansiedad. La ansiedad generalmente lleva a la hostilidad.

En poco tiempo, los judíos que vivían en el Imperio habían perdido la mayoría de sus derechos civiles (por ejemplo, que una persona judía se casara con una cristiana era una ofensa castigable con la muerte). El Sanedrín, la Corte Suprema Judía, tenía prohibido reunirse y regularmente eran predicados sermones en contra de los judíos que por lo general incitaban a la violencia. La idea de presentar a los judíos como los asesinos de Jesús se originó en este tiempo, pero no obtuvo popularidad sino hasta varios siglos después.

A principios del siglo VII, cuando el poder bizantino comenzó a tambalear —al tener que enfrentar los ataques de los persas, que habían absorbido pedazos del territorio e incluso habían conquistado Jerusalem—, los judíos que vivían en el imperio se encontraron en una posición muy precaria. La legislación antijudía, los opresivos impuestos, los estallidos de violencia y las conversiones forzadas habían causado estragos en la población. Con la esperanza de encontrar un respiro de los cristianos, algunos huyeron de vuelta a casa para estar a salvo, pero cuando el emperador bizantino Heraclio reconquistó Jerusalem en el año 629 EC, los pobres judíos que se encontraban allí fueron brutalmente masacrados.

Al rezar por un alivio, estos judíos indudablemente nunca soñaron siquiera con que el alivio llegaría en la forma de una "bendición mixta" desde el lugar menos esperado: Arabia Saudita. Allí, en Meca —un lugar que había sido por mucho tiempo el centro de adoración pagana en la famosa Piedra Negra de Caaba— un inusual hombre llamado Mohamed estaba predicando un inusual mensaje.


Notas:

1) La actitud negativa de los rabinos hacia estas sectas separatistas (incluyendo el Judeo-Cristianismo) se encuentra reflejada en una sección del Talmud que trata sobre la bendición adicional que fue agregada a las dieciocho bendiciones de la Amidá, las plegarias silentes recitadas tres veces al día por los judíos observantes:

Esas dieciocho [bendiciones] son [en realidad] diecinueve. Rabí Leví dijo: La bendición en contra de los herejes (minim) fue introducida en Yavne… "Nuestros Rabinos enseñaron: Shimón HaPakoli puso las Dieciocho Bendiciones en orden ante Rabán Gamliel en Yavne (circa 80 EC). Rabán Gamliel les dijo a los Sabios: "¿Hay alguien que sepa crear una bendición en contra de los herejes?" Shmuel HaKatán se levantó y la creó" (Talmud –Brajot 28b).

2) Montanelli, Indro, Romans Without Laurels (Romanos Sin Laureles), Nueva York: Pantheon Books, 1959, p.128.

3) Grant, Michael, The Jews in the Roman World (Los judíos en el mundo romano), Londres: Weidenfeld & Nicolson, 1973, p. xi. 

4) Josefo, Antigüedades 20, 195.