Ningún pueblo se rebeló más en contra de los romanos, o les causó una mayor pérdida material y humana, que los judíos. Pero el costo que tuvieron que pagar por hacerlo fue muy grande.

El historiador romano Dio Cassius escribe que más de medio millón de judíos murió en la batalla. Incluso si esta cantidad fuera exagerada, no caben dudas de que cientos de miles de judíos murieron y que el país fue vencido.

La rebelión judía en contra de Roma, la cual comenzó en el año 66 EC, llevaba casi 70 años. Es difícil entender cómo un grupo comparativamente tan pequeño de judíos pudo enfrentar a la poderosa Roma una y otra vez, y durante tanto tiempo. Quizás la respuesta yace en la razón detrás del conflicto.

No fue una lucha territorial ni por propiedad; fue una lucha por la forma de vivir la vida. La creencia en un solo Dios y las leyes de la Torá estaban tan profundamente inculcadas en los judíos que cualquier intento de separar al pueblo de la esencia del judaísmo era visto como la muerte del alma de la nación.

Los judíos encontraron en su interior reservas que estaban más allá de los límites humanos, tal como una madre es capaz de realizar hazañas sobrehumanas para proteger la vida de sus hijos.

Al final, los judíos fueron aplastados. Y los romanos hicieron todo lo que pudieron para asegurarse que se mantuvieran en ese estado. Querían asegurarse que ningún judío volviese a tener la posibilidad de organizar nuevamente un levantamiento.

Su solución: separar a los judíos de su tierra.

Aelia Capitolina

Como parte de esta política de erradicar la presencia judía en Israel, Adriano demolió Jerusalem y, sobre los escombros, reconstruyó la ciudad pagana que había planeado, a la cual llamó Aelia Capitolina: Aelia en honor a su propio nombre, Pulbius Aelius Hadrianus, y Capitolina en honor al dios Júpiter, cuyo templo estaba ubicado en la colina Capitolene en Roma.

En el corazón de la ciudad construyó una explanada con columnas llamada El Cardo.

(En la actualidad, las excavaciones de El Cardo en la Ciudad Vieja de Jerusalem, a pesar de que se trata de su versión bizantina del siglo 6 EC, sirven como un recordatorio de esa época).

Los pocos judíos que quedaron en el área tenían estrictamente prohibido el ingreso a Aelia Capitolina; el único día en que se les permitía entrar a la ciudad era el 9 de Av, para que recordaran su más terrible desastre y lloraran por las ruinas del Templo, del cual no quedaba nada más que los muros de contención del Monte del Templo (el Kótel —una sección del Muro Occidental que era llamada el "Muro de los Lamentos"— fue la única parte de esos muros de contención a la que los judíos pudieron acceder por cientos de años. Y allí es adonde iban, lloraban y rezaban).

Por primera vez desde que el Rey David la convirtiera en la capital de Israel mil años antes, Jerusalem no tenía judíos. Es irónico que la primera ciudad en la historia que fuera intencional y completamente Juden Rein, "libre de judíos" (por tomar prestado el término que fue posteriormente utilizado por los nazis), haya sido la mismísima Jerusalem.

Pero eso no fue todo.

Para aplastar aún más todo sentimiento nacionalista, Adriano renombró la tierra como Filistea (Palestina) en honor a los filisteos, un pueblo extinto que una vez ocupó el área costera del Mediterráneo y que fue uno de los peores enemigos bíblicos de los judíos.

Este nombre sobrevivió en los escritos cristianos y revivió en 1917 cuando los ingleses, después de la Primera Guerra Mundial, se apoderaron de Medio Oriente al conquistar el Imperio Otomano. Llamaron a las tierras que se encontraban al este y al oeste del Rio Jordán por el nombre de “Mandato Palestino”, el cual incluía el país de Jordania que los ingleses crearon en 1923 (obviamente en ese entonces los judíos que vivían en el Mandato Palestino también eran llamados palestinos).

Rabí Akiva

El plan romano buscó no sólo separar a los judíos de la tierra de Israel, sino también del judaísmo.

Escribe el historiador Rav Berel Wein en su libro Ecos de Gloria (p. 217):

"Su plan [de los romanos] era eliminar a los eruditos y sabios de Israel quienes, después de todo, eran los verdaderos líderes de los judíos, y prohibir la práctica de judaísmo, el alma de Israel, garantizando así la muerte de los judíos como una fuerza en contra de la cultura y hegemonía romanas. El Shabat, la circuncisión, el estudio y las enseñanzas públicas de Torá, al igual que las observancias de todo ritual y costumbre judías, fueron prohibidas".

Uno de los grandes rabinos de esa época que se rehusó a obedecer estos decretos fue Rabí Akiva. Si bien muchos rabinos hicieron lo mismo y los romanos los asesinaron por sus actos de desobediencia, Rabí Akiva merece una mención especial debido a su importancia en el mundo judío y a la forma particular en que murió.

Es fascinante notar que Rabí Akiva ni siquiera comenzó a estudiar Torá sino hasta los 40 años. Hasta ese momento había sido un pastor ignorante. Luego se enamoró, y su amada Rajel dijo que sólo se casaría con él si estudiaba Torá. Al principio pensó que la tarea sería imposible, pero luego vio una piedra que había sido perforada por gotas de agua. Entonces dijo: "Si el agua, que es blanda, puede perforar una piedra, que es dura, cuánto más las palabras de la Torá deberían perforar y hacer una impresión en mi corazón".

Así comenzó sus estudios y en poco tiempo llego a ser considerado uno de los hombres más sabios de Israel. Estudiantes de todos lados viajaban en tropel para aprender de él y, en una época, lideró una cadena de escuelas con un total de 24.000 estudiantes.

El Talmud abunda con historias sobre Rabí Akiva. Una de las más famosas es la historia de los cuatro sabios que entraron al pardés, el "huerto" (lo que significa que se involucraron en técnicas místicas de meditación y ascendieron a los reinos de la consciencia Divina). De los cuatro, tres tuvieron destinos terribles y como resultado de su incursión mística uno murió, otro se volvió loco y el tercero se volvió un hereje. Sólo Rabí Akiva "entró en paz y salió en paz" (1).

Una persona como Rabí Akiva, quien vivió en un nivel espiritual tan alto y poseyó una dedicación inflexible a la Torá, no podía ser silenciada por decretos romanos.

Cuando los romanos se enteraron de que Rabí Akiva estaba enseñando Torá abiertamente, decidieron dar un ejemplo público.

Lo arrestaron y probablemente lo llevaron a un hipódromo en Cesárea, donde en (o alrededor de) Iom Kipur del año 136 EC escenificaron una prolongada tortura del gran sabio. Este horrible espectáculo incluyó desollar a Rabí Akiva con peines de acero.

Rabí Akiva, junto a muchos otros grandes rabinos, se dirigió a su muerte santificando el nombre de Dios, con las palabras del Shemá en sus labios: "Escucha Israel, Hashem es nuestro Dios, Hashem es Uno" (2). El espíritu de Rabí Akiva ejemplificó el espíritu de los sabios que, en contra de todos los pronósticos, buscaron mantener con vida al judaísmo. A continuación veremos cómo lo lograron.


Notas:

1) Ver: Talmud Ketuvot 62b-63a; Nedarim 50a; Jaguigá 15b-16a.


2) Ver Talmud Brajot 61b.