En el siglo XIV la peste bubónica —conocida como la Peste Negra— azotó a Europa. En ese entonces la gente no tenía idea de cuál era la causa de las enfermedades y no sabían que la falta de higiene generaba el esparcimiento de la bacteria.

Algunos historiadores han señalado que bañarse fue lo que definió la diferencia entre la Época Clásica y la Edad Oscura. Los griegos y los romanos eran pueblos muy limpios y había casas de baño públicas en todos lados. Los europeos medievales, por otro lado, no se bañaban nunca. En ocasiones no se cambiaban la ropa en todo un año. Los sastres y las costureras literalmente cocían la ropa nueva sobre la gente en la época de Pascuas, la cual se quedaba ahí durante todo el año. Mantenían las ventanas cerradas porque creían que las enfermedades viajaban por el aire, algo que llamaban “éter malo”.

No hace falta decir que cuando una enfermedad nueva llegaba a Europa, la falta de higiene ayudaba a que se esparciera. Eso es lo que ocurrió con la Peste Negra, una bacteria que era transportada por ratas pulgosas.

Se estima que la peste bubónica mató aproximadamente a la mitad de la población de Europa, unos 25 millones de personas.

Si bien no sabían qué era lo que causaba la enfermedad, los europeos no tuvieron problemas para hacer suposiciones: ¡debían ser los judíos! El diablo debía estar dándoles veneno a los judíos, el cual ellos vertían en los pozos de los cristianos (o lo tiraban al aire) para matarlos a todos.

Para ser justos, la Iglesia, particularmente el Papa Clemente VI, dijo que eso no era verdad, pero las masas no lo oyeron. El mensaje de la Iglesia de que los judíos habían matado a “dios” pero que no querían dañar al mundo cristiano no tenía lógica.

Durante la época de la peste bubónica (principalmente entre 1348 y 1349) hubo masacres de judíos en muchas comunidades europeas. Por ejemplo, los judíos de Estrasburgo fueron quemados vivos. La colección de documentos de historia judía titulada Scattered Among the Nations (Esparcidos entre las naciones), la cual fue editada por Alexis Rubin, contiene el siguiente relato:

En el sábado que fue el día de San Valentín, quemaron a los judíos en una plataforma de madera en su cementerio. Había unos 2.000 judíos. Aquellos que quisieron bautizarse fueron perdonados. Muchos niños pequeños fueron sacados del fuego y bautizados en contra de la voluntad de sus padres y madres. Todas las deudas que había con los judíos fueron canceladas…

(Nota, en particular, la última oración del párrafo anterior.)

En Basilea, Suiza, toda la comunidad judía —que estaba compuesta por cientos de judíos— fue quemada viva en enero de 1349 en una casa de madera que había sido construida especialmente para este propósito en la isla de Rin (1).

Cuando vemos estas ridículas acusaciones en contra de los judíos, no debemos olvidar que estas no se limitaban a la Edad Oscura. Las masas ignorantes y supersticiosas de la Europa Medieval no fueron las únicas en creer ese tipo de cosas; vemos este fenómeno en todas las épocas, incluyendo la historia moderna.

Por ejemplo, un ayudante del alcalde de Chicago dijo en 1990 que la razón por la que la comunidad negra tenía un índice tan alto de SIDA era porque los doctores judíos infectaban su sangre intencionalmente. La Autoridad Palestina ha dicho lo mismo en muchas oportunidades. La AP hizo otras ofensivas acusaciones en contra de Israel, como que el gobierno de Israel pone hormonas en todo el trigo que se le vende a gaza para que las mujeres árabes se vuelvan prostitutas y que envenena la goma de mascar que se les vende a los niños árabes. Delante de Hillary Clinton, la esposa de Yasser Arafat dijo que los judíos estaban envenenando el suministro de agua palestino.

El profesor Michael Curtis, de la Universidad Rutgers, lo resumió a la perfección: “Cualquier cosa es una buena razón para odiar al judío. Lo que sea que odies, el judío es eso”.

Gueto

No hace falta decir que cuando piensas que un pueblo es capaz de envenenar tus pozos de agua, no quieres que esté cerca tuyo.

De hecho, como parte del aislamiento físico y económico de los judíos desde el siglo XI al XVI (que cubrimos en la Parte 46), fueron creadas áreas especiales para que vivieran los judíos. Estas áreas fueron denominadas ‘guetos’, palabra de origen italiano que significa fundición o ferrería y que hace referencia a un lugar en el que se derretía el metal (un área de la ciudad que tiene un olor bastante desagradable, está llena de humo y cuya agua está contaminada. En otras palabras, el lugar ideal para las personas indeseables).

A pesar de que el término gueto como una forma de describir un lugar para los judíos fue utilizado por primera vez en Venecia en 1516, el acto de meter a los judíos en áreas designadas específicamente para ellos comenzó cientos de años antes que eso.

Por lo general, estas áreas eran cercadas con un foso o con un cerco de protección para designar sus límites. Los judíos tenían permitido salir durante el día, pero durante la noche debían permanecer adentro. Un buen ejemplo de esto es el decreto del Rey Juan I de Castilla (en España) en 1412, ordenando que tanto los judíos como los musulmanes permanecieran en un gueto:

En primer lugar, todos los judíos y judías, moros y moras de Mi Reino y dominios deberán estar y vivir apartados de las mujeres y los hombres cristianos en una sección o parte de la cuidad o aldea… Deberá estar rodeada por un muro y tener una sola puerta por la que se pueda entrar (2).

Para los judíos el gueto era simultáneamente una bendición y una maldición. Si bien habían sido separados del resto de la sociedad —algo que era humillante— eso mismo los ayudaba a mantenerse juntos. Vivir juntos los ayudó a preservar la sensación de comunidad y, como no había socialización con los gentiles, también era una protección en contra de la asimilación.

La peor parte de vivir en el gueto era que cuando las masas querían matar judíos —como solía ocurrir en la época de Pascuas—, sabían exactamente dónde encontrarlos.

Los cristianos siempre les ofrecieron a los judíos una salida del gueto: la conversión al cristianismo.

Najmánides

Fue durante uno de esos esfuerzos para que los judíos se convirtieran al cristianismo que el grandioso cabalista y erudito de Torá conocido como Najmánides llegó a la prominencia.

Najmánides, Rabí Moshé ben Najman, más conocido como Rambán (ojo, no confundirlo con Rambam o Maimónides) nació en la Barcelona cristiana en 1194. Se convirtió en el defensor de los judíos en la gran Disputa de 1263, el más famoso de los debates, en el cual los cristianos intentaron probarles a los judíos que su religión estaba equivocada para convencerlos de convertirse.

Los judíos trataban de evitar estos debates a toda costa. Todo debate terminaba en derrota, ya que a los judíos no se les permitía hacer que el cristianismo se viera mal en ningún aspecto. En otras palabras, los judíos tenían prohibido ganar.

En 1263 se organizó un debate frente al rey español Jaime I de Aragón y Najmánides recibió el permiso real para hablar sin temer a la retribución. Najmánides aprovechó al máximo la oportunidad y no escatimó en palabras.

Su oponente principal fue un judío llamado Pablo Cristiani (nombre que adoptó después de su conversión), quien se había convertido al cristianismo. Como veremos posteriormente en la historia, no hubo peores antisemitas que los judíos que trataron de ser más cristianos que los cristianos mismos. De hecho, desafiar al grandioso erudito en este debate fue idea de Pablo, en un duelo que se asemeja a un estudiante secundario de física desafiando a Einstein. Advirtiendo que Pablo podría necesitar un poco de ayuda, la Iglesia envió generales de las órdenes Franciscana y Dominicana como consejeros, pero ni siquiera ellos pudieron mantenerse firmes ante Najmánides.

El debate giró en torno a tres preguntas:

  1. ¿Ha llegado el Mesías, así como sostienen los cristianos, o aún tiene que venir, como sostienen los judíos?

  2. ¿El Mesías es Divino, como dicen los cristianos, o es humano, como dicen los judíos?

  3. ¿Quiénes practican la ley verdadera, los cristianos o los judíos?

Najmánides respondió que, si el Mesías hubiese llegado, entonces las profecías bíblicas sobre su arribo se habrían cumplido. Como el león no yacía con el cordero y la paz no reinaba en el planeta, claramente el Mesías aún no había llegado. De hecho, Najmánides notó: “Desde el tiempo de Jesús hasta el presente, el mundo ha estado lleno de violencia e injusticia, y los cristianos han derramado más sangre que otros pueblos”.

Respecto a la divinidad de Jesús, Najmánides dijo que era imposible que un judío creyera que “el Creador del Cielo y la Tierra hubiese utilizado el útero de una mujer judía… y que hubiera nacido siendo un bebé… y que luego haya sido traicionado y entregado a sus enemigos y sentenciado a muerte… La mente de un judío, o de cualquier otra persona, no puede tolerar eso”.

Al final del debate, que fue interrumpido cuando la Iglesia intervino para intentar minimizar el daño, el rey dijo: “Nunca he visto a un hombre defender tan bien una causa equivocada”, y le dio a Najmánides 300 sólidos (piezas de oro) y la promesa de la continuación de su inmunidad (3).

Desafortunadamente, la promesa no duró. La Iglesia ordenó que Najmánides fuera enjuiciado bajo el cargo de blasfemia y, consecuentemente, fue forzado a abandonar España. En 1267 Najmánides llegó a Jerusalem, donde en ese entonces había tan pocos judíos que no pudo encontrar diez hombres para rezar con minián.

Determinado a establecer una sinagoga, fue a Hebrón e importó un par de judíos. Su sinagoga original estaba fuera de las murallas de la ciudad, en el Monte Sión, pero después de su muerte en 1270 fue mudada al interior. Después de la Guerra de los Seis Días, en 1967, la sinagoga, que había sido convertida en un basurero, fue restaurada y hoy es un vibrante lugar de culto. A propósito, la sinagoga Rambán es subterránea porque en su época la ley musulmana prohibía que un lugar de culto judío fuera más alto que uno musulmán.

Mientras tanto, de vuelta en Europa, la Iglesia continuaba intentando revertir el daño que había generado la proeza de Najmánides. Por desgracia, las consecuencias no fueron buenas para los judíos.

Por un lado, la Iglesia continuó con su política de censura de todos los libros judíos (particularmente el Talmud) que contenían referencias percibidas como anti cristianas. Si esos libros eran encontrados (sin las páginas arrancadas o las secciones borradas), eran quemados.

Y, por otro lado, el Papa Clemente IV emitió un documento especial llamado la "bula papal" y titulado Turbato Corde, que posteriormente se convirtió en la base para la política de la Inquisición y para perseguir a los judaizadores, como veremos en la próxima entrega.


Notas:

(1) Ver: Barbara Tuchman, The Distant Mirror: The Calamitous 14th Century, (Alfred A. Knopf, 1978), pp. 112-114.

(2) Alexis P. Rubin ed., Scattered Among the Nations: Documents Affecting Jewish History 49 to 1975, (Jason Aronson Inc., 1995), pp. 57-58.

(3) Najmánides registró por sí mismo el debate completo en una obra titulada La disputa en Barcelona. Ver también: Howard M. Sachar, Farewell España: The World of the Sephardim Remembered, (Alfred A. Knopt, 1994), pp. 39-40.