El Templo ya no estaba, Jerusalem había sido conquistada y Roma había hecho valer su poder y había aplastado la Gran Revuelta de los judíos. Ahora al fin podría haber quietud.

Pero difícilmente se concretaría.

El virulento antisemitismo había permanecido en el Imperio romano con la misma fuerza que antes, alentado por los helenistas quienes, no satisfechos con tener una buena vida, parecían decididos a poner sal en las heridas judías.

(Esta misma necesidad de matar y matar sería exhibida por enemigos posteriores de los judíos, quienes habiendo exterminado comunidades judías completas y sin tener más judíos a los que asesinar, continuaron con la profanación de cementerios judíos y la mutilación de cuerpos judíos).

El nivel de hostilidad y maltrato a los judíos aumentó a lo largo de todo el Imperio romano al punto de tornarse insoportable.

En respuesta, los judíos se rebelaron varias veces. Cada vez, miles fueron asesinados y, como resultado, el romano promedio veía a todo judío como una persona hostil a Roma. Los judíos recibieron el estatus oficial de 'enemigo', dediticci en latín.

Obviamente, dado que los judíos en la tierra de Israel habían sido abatidos en la Gran Revuelta, no tenían la fortaleza suficiente para luchar, al menos inmediatamente después de la destrucción del Templo. Pero debemos recordar que en esa época, un considerable número de judíos vivía fuera de la tierra de Israel. De hecho, los historiadores estiman que había entre 5 y 7 millones de judíos viviendo en el Imperio romano, de los cuales al menos el 60% vivía fuera de la tierra de Israel. Por ejemplo, Alejandría, en Egipto (una de las ciudades más cosmopolitas de la era), tenía una población de alrededor 250.000 judíos y se jactaba de tener la sinagoga más grande del mundo.

La Batalla de Kitos

En el año 114 EC, el emperador Trajano se embarcó en una campaña militar para apabullar al Imperio persa en el este (hoy Irak e Irán). Después de unos cuantos éxitos iniciales, las legiones de Trajano sufrieron una serie de derrotas que lo obligaron a retirarse (murió en campaña en el año 117). Los judíos del Imperio persa lucharon codo a codo con sus aliados persas y se embarcaron en una serie de guerrillas clandestinas. Es posible que muchas comunidades judías de la diáspora —dentro del Imperio romano— se hayan levantado también en esta revuelta.

La respuesta romana, con la ayuda de los antisemitas de la región, fue asesinar a los judíos. Muchas comunidades judías importantes de la diáspora —en Chipre, Libia, Alejandría y Mesopotamia— fueron diezmadas. Esta matanza es conocida como la Batalla de Kitos, la cual fue nombrada así como referencia al gobernador militar romano de Judea de esa época, Lusio Quieto, quien persiguió brutalmente a la población judía de Israel (1).

Ahora bien, debemos notar que si bien es verdad que los romanos eran absolutamente crueles y brutales en el calor de la batalla, nunca se embarcaron en ningún tipo de política para exterminar al pueblo judío de forma masiva. En esa época no era considerado un interés romano el intentar una masacre total de los judíos; no les hubiese parecido bien a los otros pueblos conquistados, los cuales probablemente habrían pensado que ellos serían los próximos y quizás se hubiesen revelado. Los romanos eran un pueblo muy práctico y no querían que algo así ocurriese.

Adriano

Cuando Publius Aelius Hadrianus, más conocido como Adriano, tomó las riendas del poder en el año 117 EC, dio paso —al menos en el comienzo— a una atmósfera de tolerancia. Incluso habló con los judíos sobre permitirles eventualmente reconstruir el Templo, una propuesta que fue recibida con una violenta oposición por parte de los helenistas (2).

El por qué Adriano cambió su comportamiento y adoptó una actitud de abierta hostilidad hacia los judíos continúa siendo un misterio, pero el historiador Paul Johnson en su libro Historia de los judíos especula que probablemente cayó bajo la influencia del historiador romano Tácito, quien en ese entonces se encargaba de diseminar calumnias griegas en contra de los judíos.

Tácito y su círculo de amigos eran parte de un grupo de intelectuales romanos que se veían a sí mismos como los herederos de la cultura griega (algunos nobles romanos se consideraban los descendientes literales de los griegos, a pesar de no existir una base histórica para este mito). Estaba de moda en este grupo asumir todas las costumbres de la cultura griega; odiar a los judíos por representar la antítesis del helenismo era parte de la misma bolsa. Por lo tanto, por causa de esta influencia, Adriano formuló un plan para convertir a Jerusalem en una ciudad-estado pagana con el modelo de la polis griega, con un altar para Júpiter en el sitio del Templo Judío.

Para los judíos, nada podía ser peor que tomar el lugar más sagrado del mundo judío y poner un templo para un dios romano en él. Esta era la afrenta máxima. Sin embargo, pese a lo terrible que era aquello, la causa real de la revuelta pareciera haber sido el intento de Adriano de seguir los pasos del Imperio griego seléucico (300 años antes), al intentar destruir el judaísmo. Adriano apuntó específicamente a la observancia de Shabat, a la circuncisión, a las leyes de pureza familiar y a la enseñanza de Torá. Un ataque en contra de mandamientos judíos tan fundamentales estaba destinado a provocar una revuelta... y lo hizo.

Bar Kojba

La ira judía por estas acciones llevó a una de las revueltas más grandes de la era romana. Shimón Bar Kosiba lideró el levantamiento, el cual comenzó con toda su fuerza en el año 132 EC.

Por muchos años los historiadores no escribieron mucho sobre Shimón Bar Kosiba, hasta que los arqueólogos descubrieron algunas de sus cartas en Nájal Hever, cerca del Mar Muerto. Si vas al Museo de Israel podrás ver estas cartas, las cuales son absolutamente fascinantes. Algunas de ellas tratan sobre observancia religiosa, porque su ejército era completamente religioso. Pero también contienen una tremenda cantidad de hechos históricos. Nos enteramos, por ejemplo, de que los judíos que participaron en la revuelta se escondieron en cuevas. (Esas cuevas también han sido encontradas, y estaban llenas de pertenencias de la gente de Bar Kosiba. Las pertenencias —vasijas, calzados, etc.— están en exposición en el Museo de Israel; las cuevas, a pesar de estar vacías, están abiertas a los turistas).

Gracias a las cartas y a otros datos históricos, nos enteramos que en el año 132 EC, Bar Kosiba organizó un gran ejército guerrillero y consiguió expulsar a los romanos de Jerusalem e Israel y establecer, aunque por un período muy corto, un estado judío independiente. El Talmud (Sanedrín 97b) relata que estableció un reino independiente que duró dos años y medio.

El éxito de Bar Kosiba causó que muchos —entre los cuales figuraba Rabí Akiva, el más sabio y sagrado de los rabinos de Israel— creyeran que quizás él era el Mesías. Fue apodado "Bar Kojba", o "Hijo de estrella", haciendo alusión al versículo del libro de Números (24:7) que dice que "vendrá una estrella de Yaakov"; esta estrella se refiere al Mesías.

Bar Kojba resultó no ser el Mesías, y luego los rabinos escribieron que su nombre verdadero era Bar Kosiba, que significa "hijo de una mentira", destacando el hecho de que era un Mesías falso.

Sin embargo en aquel entonces, Bar Kojba —que era un hombre con una tremenda capacidad de liderazgo— se las ingenió para reunir a todo el pueblo judío a su alrededor. Los relatos judíos lo describen como un hombre de una fortaleza física impresionante, quien podía arrancar un árbol mientras cabalgaba. Esto es probablemente una exageración, pero ciertamente era un líder muy especial y tenía potencial mesiánico, que es lo que Rabí Akiva reconoció en él.

Las fuentes judías dicen que el ejército de Bar Kojba tenía 100.000 hombres. Incluso si el número hubiese sido sobrestimado y en realidad hubiera tenido sólo la mitad de esa cantidad, seguiría siendo un ejército inmenso.

Unidos, los judíos eran una fuerza temible. Invadieron a los romanos, los echaron de la tierra de Israel, declararon la independencia e incluso acuñaron monedas. Fue un evento único en la historia del Imperio romano.

La respuesta romana

Los romanos no podían permitir esto. Semejante atrevimiento debía ser abatido y sus responsables debían ser castigados, brutal y completamente.

Pero los judíos no eran fáciles de vencer. Adriano envió cada vez más fuerzas a Israel para luchar contra las fuerzas de Bar Kojba, hasta el punto en el que los romanos llegaron a tener enlistado a casi la mitad de su ejército, alcanzando un total de veinticuatro legiones (el triple de lo que enviaron para aplastar la Gran Revuelta Judía 65 años antes) que fueron llevadas a Israel para intentar aplastar la revuelta.

Liderando esta fuerza colosal estaba el mejor general de Roma, Julio Severo. Incluso con todo este poder a su favor, Julio Severo temía enfrentar a los judíos en una batalla abierta. Este hecho por sí solo es muy revelador, porque los romanos eran los maestros de la batalla abierta. Temían a los judíos porque los veían dispuestos a morir por su fe, una mentalidad que los romanos consideraban suicida. Entonces, ¿qué pasó?

El historiador romano Dion Casio nos cuenta:

"Severo no se animó a atacar a sus oponentes en campo abierto en ningún lado... Prefirió, en cambio, interceptar grupos pequeños. Gracias a la cantidad de soldados y oficiales que tenía a su disposición, y a que había logrado privar de comida y aprisionar al enemigo, logró —lento pero seguro, y con relativamente poco riesgo— aplastarlos, ahogarlos y exterminarlos. De hecho, muy pocos de ellos sobrevivieron; cincuenta de sus más importantes puestos de avanzada y 985 de sus poblados más famosos fueron completamente arrasados, 580.000 hombres fueron asesinados en invasiones y batallas, y el número de quienes perecieron por hambre, enfermedad y fuego fue imposible de calcular”.

"Entonces, casi toda Judea quedó desolada, un resultado que el pueblo había vaticinado antes de la guerra. Porque la tumba de Salomón, que los judíos consideraban un objeto de veneración, se había desmoronado y había colapsado. Sin embargo, muchos romanos murieron en esta guerra. Por lo tanto, Adriano, al escribirle al Senado, no utilizó la frase de apertura comúnmente utilizada por los emperadores: 'Si ustedes y sus hijos gozan de buena salud, nos alegramos de ello, yo y mis legiones gozamos de buena salud'”.

Este relato de Dion Casio —incluso si fuera exagerado en cuanto a los números— es muy interesante. Nos dice que la revuelta fue muy sanguinaria y muy costosa.

De hecho, los romanos perdieron una legión entera en batalla. La vigésimo segunda legión romana se metió en una emboscada y fue asesinada; nunca fue reconstruida. Para el final de la revuelta, los romanos habían tenido que llevar prácticamente a la mitad del ejército de su imperio a Israel para intentar aplastar a los judíos.

¿Por qué perdieron los judíos?

Aparentemente, los judíos estuvieron muy cerca de ganar la guerra. De hecho, ganaron por un tiempo. ¿Por qué perdieron finalmente? Nuestros sabios nos dicen que perdieron porque eran demasiado arrogantes. Habiendo saboreado la victoria, adoptaron la actitud de "gracias a mi fortaleza y a mi valor hice esto" (Deuteronomio 8:17).

Bar Kojba también se volvió muy arrogante. Se sintió ganador. Escuchó a la gente llamándole Mesías. Ciertamente si Rabí Akiva pensó que lo era, entonces quería decir que efectivamente tenía el potencial para ser el Líder Máximo de Israel. También fue corrompido por su poder, llegando incluso a golpear a su tío —el gran Rabí Eleazar Hamodai— hasta matarlo, habiendo aceptado acusaciones falsas de que era un espía romano (3). Debido a esos errores comenzó a perder batallas y fue forzado a retirarse y a luchar como una guerrilla.

En el judaísmo se nos enseña que, si bien las personas deben hacer su máximo esfuerzo, es Dios quien gana las batallas. Ni la fortaleza ni el poder humano logran la victoria.

La caída de Betar

Bar Kojba opuso su resistencia final en la ciudad de Betar, que está al suroeste de Jerusalem. Puedes visitarla en la actualidad, pero la Betar antigua no ha sido excavada aún. El Talmud (en Guitín 57a) relata lo que ocurrió en Betar:

“Tenían la costumbre en Betar de que cuando nacía un bebé varón plantaban un cedro, y para una bebé mujer plantaban un pino; cuando se casaban, los talaban y hacían un palio nupcial con las ramas. Un día, la hija del César estaba pasando por ahí cuando se rompió la columna de su litera. Talaron un cedro y se lo llevaron. Los judíos de Betar se les tiraron encima y los golpearon. Ellos le reportaron al César que los judíos se estaban rebelando y marcharon en contra de ellos… mataron hombres, mujeres y niños [judíos] hasta que su sangre fluyó hasta el Mar Mediterráneo… Se dice que durante siete años los gentiles cultivaron sus viñedos con la sangre de los judíos sin necesitar abono para fertilización”.

La ciudad cayó en el día más triste del calendario judío, el 9 de av del año 135, el mismo día en que cayeron tanto el Primero como el Segundo Templo.

Los romanos, iracundos, no quisieron permitir que los cuerpos judíos fueran enterrados; querían dejarlos al aire libre hasta que se pudrieran. De acuerdo a nuestra tradición, los cuerpos yacieron a la intemperie por meses pero no se pudrieron. Hoy, cuando los judíos recitan la 'Bendición por la comida', el Birkat Hamazón, agregan una bendición especial (ha tov vehametiv) como una forma de agradecerle a Dios por este acto de piedad en Betar.

Agotados, los romanos habían tenido suficiente con los judíos, quienes les habían causado más perdidas de mano de obra y materiales que cualquier otro pueblo en la historia del Imperio. Al final de la revuelta de Bar Kojba, Adriano decidió que la forma de no tener otra revuelta era cortar la conexión de los judíos con su amada tierra.


Notas:

1) La Batalla de Kitos es muy poco mencionada en fuentes judías. La referencia más extensa se puede encontrar en el Talmud, Taanit 18b.

2) Ver Midrash, Bereshit Rabá 64:10.

3) Ver Talmud, Taanit 4:5.