El ejército de Medes, bajo el mando de Darío, y el ejército de Persia, bajo el mando de Ciro, marcharon hacia Babilonia y la conquistaron. El Imperio Babilonio dejó de existir y fue absorbido por el nuevo Imperio Persa.

Entonces, recapitulemos: ¿qué ha ocurrido hasta ahora en esta parte del mundo? Primero fue Asiria, luego Babilonia y luego Persia, todos fueron grandes imperios de Mesopotamia, uno tras otro, y todos interactuaron con el pueblo judío.

En el año 370 AEC, Ciro promulgó un decreto que le permitía a todos los pueblos que habían sido exiliados por el derrocado imperio babilonio volver a su tierra patria. Una copia de este decreto está en exhibición en el Museo Británico, y pese a que esa versión no menciona a los judíos en particular, ellos sí estaban incluidos, como aprendemos en el Libro de Ezra:

Y en el primer año de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra de Hashem por boca de Irmiyahu, Hashem encendió el espíritu de Ciro, rey de Persia, y él decretó una proclamación en todo el reino por pregón y por escrito, diciendo: "Así dijo Ciro rey de Persia: ‘Hashem, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra y me ha encargado que le construya un Templo en Jerusalem, que es Yehudá. Quienquiera que haya entre vosotros de Su pueblo —que Dios esté con él— que suba a Jerusalem, que está en Yehudá, y construya el Templo de Hashem…’” (Ezra 1:1-3).

Volver a casa

Pensarías que los judíos se pararían rápidamente, empacarían y se irían. Pero eso no fue lo que ocurrió. De aproximadamente un millón de judíos que vivían en el imperio, sólo volvieron 42.000. Sólo un 5% de los que fueron exiliados 70 años antes volvieron, mientras que el 95% restante se quedó.

Lo mismo ocurrió en 1948 cuando fue declarado el Estado de Israel. Había unos 12 millones de judíos en el mundo en ese momento, y sólo 600.000 —o el 5%— se asentó en la tierra de Israel. El 95% restante prefirió permanecer en el exilio.

¿Por qué?

Sólo un 5% de los judíos que habían sido exiliados 70 años antes volvieron a la tierra de Israel.

La respuesta es la misma para el año 370 AEC y para el año 1948. La diáspora es agradable. Es más cómodo vivir en Nueva York, en California o en Toronto que en Israel. ¿Por qué mudarte si tienes una hermosa casa y un buen estándar de vida, con dos autos y buenas escuelas judías?

Esta actitud se repite a lo largo de la historia judía, y es un problema. Porque puede que Dios les dé a los judíos de la diáspora un respiro de vez en cuando, pero en el largo plazo, no les permitirá quedarse allí.

Uno de los grandes patrones que veremos una y otra vez es que cuanto más se elevan los judíos en la diáspora, más bajo caen. Cuanto más agradable parece ser la diáspora al principio, peor es la reacción subsecuente en contra de los judíos. Lo vemos en Egipto, donde los judíos fueron invitados a asentarse, les fue bien y prosperaron, y mira lo que les ocurrió al final; terminaron siendo esclavos. Lo vemos en España. Lo vemos en Alemania. Todos los lugares que alguna vez amaron y recibieron alegremente a los judíos, eventualmente se volvieron en su contra. Por lo tanto, si los judíos creen que la diáspora es su hogar, se equivocan; nunca dura por mucho tiempo. Israel es el único hogar para los judíos.

Los 42.000 judíos que volvieron en el año 370 AEC comenzaron a reconstruir Jerusalem inmediatamente y, por supuesto, lo primero que querían hacer era reconstruir el Templo, porque un judío no puede vivir una vida judía completa sin un Templo.

Los samaritanos, que nunca quisieron a los judíos y que odiaban este nuevo influjo, enviaron inmediatamente un mensaje a Persia exigiendo que se les prohibiese a los judíos continuar construyendo. Dijeron que si se les permitía a los judíos reconstruir el Templo, se iban a rebelar.

Y, como resultado de sus amenazas, Persia congeló el permiso de construcción. Por 18 años no se permitió ninguna construcción, y fue durante este período que ocurrió la historia de Purim, la cual es relatada en el Libro de Ester.

Mientras tanto, de vuelta en Persia

En Persia un nuevo rey reemplazó a Ciro. Su nombre era Ajashverosh, y estaba casado con Vashtí, la única sobreviviente de la masacre que había ocurrido en el palacio real de Belshazar durante la invasión persa (como fue mencionado en la parte 23).

Ajashverosh organizó una fiesta parecida a la que Belshazar había realizado unos años antes. Él también realizó un cálculo y decidió que los 70 años que la profecía de Irmiyahu le había dado a los judíos para recuperar la tierra de Israel ya habían concluido.

(En realidad, la profecía de Irmiyahu menciona 70 años en contextos diferentes, uno refiriéndose a cuando Dios "recordará" a Jerusalem y el otro cuando Dios "redimirá" a Jerusalem. Los primeros 70 años —contados a partir de la conquista inicial de Yehudá— se completaron cuando los judíos tuvieron permitido volver a la tierra de Israel. Los segundos —contados a partir de la destrucción del Templo— no se completarían sino hasta 14 años más tarde, cuando el Templo finalmente sería reconstruido).

Para este banquete, Ajashverosh invitó a los judíos quienes, increíblemente, fueron a "celebrar" su propio fin. Esto nos da una idea de lo perdidos que estaban los judíos que optaron quedarse en la comodidad de la diáspora en Persia.

Para este banquete, el rey invitó a los judíos quienes, increíblemente, fueron a "celebrar" su propio fin.

A pesar de que pocos años atrás se habían "sentado junto a los ríos de Babilonia a llorar", gradualmente se adaptaron a las comodidades del exilio, hasta el punto en que desarrollaron un disfrute positivo del estilo de vida pagano y de sus placeres. El deseo de los judíos de encajar era tan profundo que incluso llegaron a hacer un brindis por su propia humillación pública.

Después de un poco de juerga y embriaguez, exhibiendo (de nuevo) las vasijas del Templo, el rey ordenó que su esposa apareciese vistiendo solamente la corona real; ella se rehusó y el rey ordenó que fuese ejecutada.

Sin reina, el rey envió a sus exploradores a reunir a todas las mujeres elegibles en la tierra, y así es como Ester fue escogida para el palacio. Nadie sabía que era judía, y su tío Mordejai le dijo que mantuviese su identidad en secreto. El rey se enamoró de ella, y de entre todas las mujeres que fueron llevadas al palacio, Ester se convirtió en reina.

(Se disfruta más del Libro de Ester si se lee con el comentario del tratado talmúdico de Meguilá, porque hay muchos detalles fascinantes de la historia que son dejados de lado en la narración simple. Sin embargo, esos detalles están más allá del alcance de este curso de historia judía. Para más información, ve la sección de Purim de AishLatino.com).

Hamán, el amalequita

El ministro más importante de Ajashverosh era un hombre llamado Hamán Haagaguí. Si ese nombre te suena, es porque debería hacerlo. Agag fue el rey de la nación de Amalek, a quien el Rey Shaul se negó a matar como le había sido ordenado. Hamán era un amalequita, y tenía un odio patológico hacia el pueblo judío (para una explicación detallada de la ideología amalequita, ver la parte 16).

Y entonces ocurrió que Hamán consiguió que el rey aceptase promulgar un decreto secreto para aniquilar a los judíos de Persia el día 13 del mes hebreo de Adar. Y la forma en que decidió la fecha para el genocidio es muy interesante.

Hamán echó suertes.

¿Por qué?

Parte de la ideología amalequita es que todo ocurre aleatoriamente, que todo pasa por casualidad. No hay un Dios dirigiendo las cosas. Es la máxima negación posible de la realidad.

Parte de la ideología amalequita es que todo ocurre de manera aleatoria.

Entonces, esta festividad que es llamada Purim —"echar suertes"— ilustra que en realidad nada pasa por casualidad. Desde el momento en que Hamán echó suertes —hizo rodar los dados, por así decir— todo comenzó a volverse en su contra.

Pese a que esperaba honores del rey, Hamán se vio forzado a brindarle esos honores a Mordejai, su enemigo del alma. Cuando fue invitado junto con el rey al banquete de la reina, Hamán se jactó orgullosamente, sólo para descubrir que la reina era judía, y que él estaba siendo acusado de tramar asesinarla junto a su pueblo. Cuando rogó por piedad, Hamán se arrojó a la cama de la reina, y entonces fue encontrado por el rey en una precaria posición y fue acusado de intento de violación.

Las cosas no podrían haberse visto peor para Hamán, hasta que ocurrió el acto decisivo. Pese a que él había erguido horcas para colgar a Mordejai, finalmente encontró que estas tendrían un uso inesperado cuando él mismo fue sentenciado a muerte. Y los judíos, a quienes quería borrar del mapa, en lugar de ser aniquilados recibieron el permiso del rey para aniquilar a sus enemigos.

Lo más fascinante sobre el Libro de Ester, que relata esta increíble historia, es que en todo el texto jamás es mencionado el nombre de Dios. Aprendemos de esto que, después de la destrucción del Templo, la presencia de Dios en el mundo está oculta, pero que igualmente podemos ver a Dios actuando a través de toda la historia; enviando un milagro oculto tras otro para ayudar a los judíos a sobrevivir, manteniendo su promesa de que Israel continuará siendo una "nación eterna".

Aprendemos del Talmud que esta situación fue profetizada en el Libro de Deuteronomio, en donde Dios dice:

Yo ciertamente ocultaré Mi rostro en ese día…" (Deuteronomio 31:18)

La palabra hebrea para "ocultar", hester —debido a su idéntica raíz con el nombre Ester— es leída como una alusión a la época de Purim.

El rostro oculto de Dios

Mientras el Primer Templo estuvo en pie, uno podía ver la presencia de Dios con claridad; uno podía sentir a Dios en Jerusalem. Dios siempre está aquí, pero desde la destrucción del Templo el nivel general de espiritualidad es más bajo, y la capacidad de los judíos para relacionarse con Dios desde esa época es mucho menos directa.

Desde ese momento en adelante, Dios ya no actúa en la historia de manera abierta como lo había hecho antes. Pero Dios siempre está ahí; es el titiritero detrás de escenas, poniendo cada cosa en su lugar.

Desde ese momento en adelante, Dios ya no actúa en la historia de manera abierta, como lo había hecho antes.

El Libro de Ester es la historia que ilustra de mejor manera a Dios poniendo la cura antes de la enfermedad. Todo lo que aparentaba ser un desastre, en retrospectiva era bueno, por lo que al final de la historia el pueblo judío miró hacia atrás y vio lo increíble que fue todo.

Es por eso que en Purim los judíos se emborrachan hasta no poder diferenciar entre "Bendito es Mordejai" y "Maldito es Hamán". Esto es para ilustrar que incluso lo peor está, en realidad, sirviendo a la voluntad de Dios. Nada es lo que parece, y esa es la razón por la que en Purim se acostumbra utilizar máscaras.

La palabra hebrea que mejor describe a Purim es venahafoj hu, que significa "dio vuelta la historia". Todo lo malo que parecía casualidad fue, en realidad, planeado minuciosamente para bien. Nada pasa por accidente, hay un diseño para todo.

Esto, de hecho, resume la historia judía. Al igual que en la historia de Purim, después de los acontecimientos miramos hacia atrás y vemos como todo encaja en su lugar. Nada es casual, todo tiene una razón, y Dios se asegura de que, incluso en las peores circunstancias, los judíos tengan una manera de sobrevivir para que puedan cumplir su misión en el mundo.

La segunda misión era reconstruir el Templo. Darío II sucedió a Ajashverosh como rey de Persia. Se cree que era el hijo de Ester, y él fue quien permitió que los judíos terminasen el trabajo que habían comenzado bajo el gobierno de Ciro.

Este fue un momento muy especial en la historia judía, en el que los judíos hicieron un segundo intento de hacer las cosas bien.