Cuando murió el Rey Shlomó, en el año 796 AEC, Israel todavía era un país unido, pero había un poco de tensión entre el norte y el sur. Tenemos que mantener en mente que el Estado Bíblico de Israel estaba compuesto por tribus, pero el rey siempre venía de la tribu de Yehudá (y Jerusalem estaba en la frontera de la tribu de Yehudá), lo cual podía ser visto por las demás tribus como injusto. Un rey sabio hubiese estado especialmente atento a las sensibilidades de las otras tribus.

Después de la muerte de Shlomó, su hijo Rehoboam se convirtió en rey y, en respuesta a la situación política, se dirigió hacia el norte, hasta Shjem, para hacerse coronar. Entonces, las tribus del norte enviaron una delegación para presentarle sus quejas al rey.

La principal causa de las quejas era la carga que los proyectos de construcción del Rey Shlomó el Templo en Jerusalem, sus palacios, etc. habían tenido en el pueblo en términos de impuestos y trabajos forzados. De hecho, las tribus del norte estaban pidiéndole al nuevo rey una rebaja en los impuestos.

Rehoboam consultó con sus consejeros. Los ancianos que habían servido bajo el reinado de Shlomó le dijeron que fuese suave con el pueblo: "Háblales gentilmente y te servirán por siempre" (Reyes I, 12:7). Pero los consejeros jóvenes le aconsejaron que le mostrase al pueblo quién era el jefe.

Rehoboam tomó el segundo consejo y anunció: "Si creen que mi padre era duro con ustedes, ¡es porque no me conocen a mí! Voy a ser más duro aún".

Gran error.

Rehoboam olvidó que incluso Dios había llamado a los judíos un pueblo obstinado. Los judíos son necios. En respuesta a la arrogancia de Rehoboam, en el año 796 AEC, las tribus del norte se separaron, creando un nuevo reino llamado Israel. Rehoboam fue dejado con sólo la parte sur del país y Jerusalem, y su reino fue llamado Yehudá (la terminología que utilizamos hoy: Judea y Samaria que era la capital del reino del norte tiene sus orígenes en la división del país que hubo después de la muerte de Shlomó).

En un principio él consideró la opción de declararle la guerra al norte, pero el profeta Shemayá le advirtió en contra de hacerlo, diciéndole que no tenía posibilidades de ganar ya que la separación de la nación había sido causada por Dios. Pese a que la causa superficial de la separación había sido la debilidad y el mal juicio de Rehoboam, la causa real había sido la idolatría arraigada en las esposas de Shlomó.

La separación claramente representaba malas noticias, era un desastre por muchas razones, tanto espirituales como geopolíticas. La nación, una vez fuerte y unificada, era ahora una nación débil y dividida, y sería presa fácil para los resurgentes imperios de Egipto, Asiria y Babilonia.

Los planes del rey Jeroboam

El monarca del reino del norte de Israel era Jeroboam ben Navat. Él era un gran hombre un erudito que estuvo anteriormente al servicio del Rey Shlomó (Reyes I, 11:26-40) y un gran líder.

Pero, desafortunadamente, el viejo dicho "el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente" probó ser cierto. Muy pronto, Jeroboam ya no estaba tan preocupado por liderar al pueblo como por aferrarse al trono.

Jeroboam se dio cuenta que el pueblo judío en el norte seguía muy conectado a Jerusalem. Después de todo, era allí donde estaba el Templo, el Kodesh Hakodashim (Santo Sanctórum) y el Arca del Pacto; era allí donde la presencia de Dios se sentía con más fuerza. En las tres festividades Pesaj, Shavuot y Sucot el pueblo continuaba yendo a Jerusalem. Él vio que esta relación con el sur podría causar una reunificación, lo que le significaría a él dejar de ser rey.

Entonces, Jeroboam ideó un plan. ¿Qué hizo? Decidió organizar un lugar alternativo para las actividades religiosas. Construyó dos nuevos templos, uno en Bet-El y uno en Dan (en donde hoy está Tel Dan).

Eso en sí mismo era suficientemente malo. Pero luego puso becerros de oro en esos templos e incluso utilizó el mismo lenguaje que había sido utilizado en la historia del Becerro de Oro: "Estos son tus dioses, Israel, quienes te sacaron de la tierra de Egipto" (Reyes I, 12:28). Ésta era una obvia violación del mandamiento en contra de las imágenes esculpidas. Y no sólo eso, sino que dado que había sido abierta la puerta de la idolatría al introducir lugares y modos alternativos de adoración esto significaba que seguramente habrían problemas en el futuro.

Y así fue como comenzó un terrible período en la historia judía. En los siguientes 240 años, hubo 19 reyes diferentes en el reino del norte de Israel, todos malos y algunos muchos peores. Eran idólatras, corruptos y malvados, y llevaron al pueblo judío a la idolatría.

Algunos de estos reyes tenían el potencial para ser grandes líderes, pero espiritualmente estaban desconectados. Y bien sabemos que si los judíos no se organizan espiritualmente, tampoco van a estar organizados en el aspecto físico. De esta forma, éste fue un período de gran inestabilidad política e intriga en el palacio, en donde los reyes iban y venían, y la sucesión era generalmente muy sangrienta.

El rey Ahab y Jezabel

De todos los reyes malos de Israel, uno que se destacó en la lista de los peores fue el Rey Ahab. De él dice la Biblia:

Ahab hijo de Omri hizo lo que era malo en los ojos de Dios, más que todos los que le habían precedido (Reyes I, 16:30).

Se casó con la infame Jezabel y construyó un templo para el dios cananita ‘Baal’, popularizando esta forma de idolatría dentro del pueblo judío.

Cuando lees el Libro de Reyes y ves lo que estaba haciendo el pueblo judío en ese entonces, es importante entender que los pueblos antiguos del mundo eran muy religiosos y siempre estaban buscando formas de elevar su "espiritualidad". Es por eso que la idolatría era tan tentadora y era un obstáculo constante entre el pueblo judío y Dios.

Una doctrina básica del judaísmo es que sólo hay un poder en el mundo: Dios. No hay un demonio u otro poder que compita con Él por el control del universo. La impura espiritualidad de la idolatría fue puesta en el mundo por Dios para permitirle a la gente realizar la fundamental elección de vivir con o sin Dios. En el mundo antiguo, la atracción a la idolatría era real y muy poderosa. Esto puede ser difícil de imaginar, porque hoy no tenemos el mismo impulso hacia la espiritualidad (explicaré la razón de esto después). Gran parte del impulso del pueblo judío hacia la idolatría surgía de un deseo de "mejorar" su experiencia espiritual mezclando el judaísmo con el paganismo. En un nivel práctico significaba que todavía respetaban cashrut y observaban otras leyes judías, pero querían ganar en todos los frentes, querían tanto a Dios como la elevación espiritual de la idolatría.

El profeta en este tiempo era Eliahu. Durante ese período de monarquía dividida, la función principal de los profetas principales era hacer que los judíos de Yehudá e Israel le diesen la espalda a su idolatría y a los caminos del mal, y que volviesen a Dios antes de que fuese demasiado tarde. Eliahu deseaba que el pueblo judío se arrepintiese. Para lograrlo, decidió realizar una "competencia" con los sacerdotes de Baal y demostrarle físicamente al pueblo judío la mentira de la idolatría.

Eliahu fue al norte, al Monte Carmel. Hoy, la ciudad moderna de Haifa está en el lado occidental del borde del Monte Carmel. En el lado oriental hay un lugar llamado Mukhraka, en donde hay un Monasterio Carmelita. Frente al monasterio hay una estatua de Eliahu, que conmemora el sitio en donde Eliahu derrotó a los sacerdotes de Baal.

Eliahu quería que el pueblo judío viese que la idolatría no tenía sentido, y que sólo había un Dios. Entonces, desafió a 450 sacerdotes de Baal a una competencia. Les propuso que cada bando ofreciese un toro a su deidad, y que la deidad que enviase un fuego del cielo para consumir la ofrenda a la vista de toda la gente sería aceptada como el Dios verdadero.

Los sacerdotes de Baal se entusiasmaron con el desafío. Subieron su toro al altar y comenzaron a implorarle a Baal, gritando a los cielos. Pero después de casi un día entero intentándolo, no pasó nada y el cuerpo del animal a lo único que atrajo fue a las moscas. Mientras tanto, Eliahu se burlaba de ellos:

"¡Griten más fuerte! Después de todo, es un dios, pero puede que esté conversando, detenido, o de viaje, o quizás está dormido y debe ser despertado" (Reyes I, 18:27).

Ellos gritaban cada vez más fuerte, pero no pasaba nada. Entonces comenzaron a cortar sus cabezas con cuchillas. Ésta era una antigua forma de idolatría basada en utilizar sangre para que los dioses se excitasen. Aún así, nada ocurrió.

La situación era realmente vergonzosa, y todo el pueblo judío estaba mirando.

Hacia el final del día, Eliahu finalmente dio la orden para la preparación de su propia ofrenda. Él la había remojado en agua tres veces, para que fuese aún más difícil que se quemara. Incluso tenía una zanja llena de agua alrededor del altar. Luego dijo una corta plegaria:

"Hashem, Dios de Abraham, Itzjak e Israel, deja que se sepa este día que eres Dios en Israel y que yo soy tu sirviente, y que he hecho todas estas cosas de acuerdo a Tu palabra. Escúchame, Hashem, escúchame, que este pueblo sepa que eres Hashem, nuestro Dios, y que has hecho retornar a sus corazones" (Reyes I, 18:36-37).

Con eso, un fuego bajó del cielo y consumió el sacrificio, la pila de madera, las piedras, el polvo, e incluso el agua de la zanja.

La multitud congregada respondió asombrada: "¡Hashem es Dios, Hashem es Dios!" (Esta es la misma frase que gritamos al final de la liturgia de Iom Kipur cada año; de aquí proviene).

Los sacerdotes de Baal fueron asesinados por la multitud. Pero la historia no terminó allí.

Oyendo lo que ocurrió, Jezabel le envió un mensaje a Eliahu. "Mañana te mataré". Ella sabía que el recuerdo de los milagros no duraba mucho. Ese día, los judíos estaban gritando "Hashem es Dios", pero al día siguiente ya no sería así.

La idolatría volvió pronto y Eliahu tuvo que huir por su vida; el impacto de su milagro se desvaneció rápido de la memoria de la mayoría de la población y el reino del norte se hundió aún más, alejándose de la espiritualidad.

Eventualmente, Dios se cansaría de esto. Después de todo había un pacto, y los judíos no estaban respetando su parte. El pacto especificaba claramente que la Tierra de Israel, y su dadivosidad, se le daría al pueblo judío bajo ciertas condiciones. Cuando esas condiciones eran violadas, serían expulsados de la tierra. Y eso es lo que estaba a punto de ocurrir en el reino del norte; pero en el reino del sur, esto aún no era así.

El pueblo que estaba esperando para conquistar la tierra eran los asirios, habitantes de lo que actualmente es Irak.