Lectura requerida: Éxodo, capítulos 19-20.

Introducción

Probablemente la parte más fundamental de la Torá es la entrega de los Diez Mandamientos. Ningún otro evento define con tanta claridad la relación entre Dios y la humanidad. Para lograr un entendimiento profundo de lo ocurrido debemos ir más allá de la película y analizar el texto. Comencemos repasando los eventos que llevaron al Monte Sinaí (1).

Los judíos dejaron Egipto y, una semana después, cruzaron el Mar de los Juncos. Luego viajaron por el desierto hacia el Monte Sinaí. Durante este período comenzó a caer el maná, Moshé transmitió varias leyes (como el Shabat) y los judíos repelieron un ataque de Amalek. Seis semanas después del Éxodo, llegaron al Monte Sinaí, en donde toda la nación pasó una semana preparándose para recibir la Torá, lo cual ocurrió 50 días después del Éxodo, en sexto día del mes de siván.

Cuando se les ofreció la Torá a los judíos, su respuesta fue naasé venishmá, “haremos y escucharemos”. Luego la montaña se elevó en el aire y fue suspendida sobre el pueblo (2). Seguido a eso, Dios proclamó los Diez Mandamientos, por medio de lo cual toda la nación judía (hombres, mujeres y niños) participó junto a Moshé en esta experiencia profética única.

Al día siguiente, Moshé subió a la montaña y estudió el resto de la Torá junto a Dios durante 40 días y 40 noches. Cuando Moshé descendió, encontró a los judíos adorando el Becerro de Oro (3).

El objetivo del Éxodo era que los judíos recibieran la Torá, como le fue dicho a Moshé en su primera conversación con Dios en el episodio de la zarza ardiente (4). Todo lo que ocurrió hasta entonces había sido en preparación para aquel evento. Para apreciar por completo aquel monumental evento, debemos responder lo siguiente:

  • ¿Cuál fue la función de la semana de preparativos?

  • ¿Qué ocurrió realmente en el Monte Sinaí?

  • ¿Qué hay de especial sobre estos Diez Mandamientos?

  • ¿Por qué Dios suspendió la montaña sobre el pueblo?

Los preparativos

El primer prerrequisito para recibir la Torá era la unidad del pueblo judío. En el primer día de siván, los judíos llegaron a la montaña. El versículo (5) utiliza una inusual conjugación para describir su campamento. En lugar de utilizar la forma plural, el campo completo es descrito en singular, lo cual enfatiza la necesidad de unión en la entrega de la Torá (6).

Esto no es sólo un hermoso sentimiento, sino que es un punto crucial para el entendimiento de los eventos. En el Zóhar se nos enseña que hay 600.000 letras en la Torá, que equivalen a la cantidad de almas raíz de los judíos que aceptaron la Torá (7). La conclusión obvia es que cada judío tiene una letra que le corresponde en la Torá.

Pero hay un significado más profundo aún. Un rollo de Torá al que le falta una letra es inválido, sin importar cuán poco importante parezca esa letra. Esto se debe a que la Torá es más grande que la suma de sus partes. De la misma forma, si al pueblo judío le falta una persona es inválido. Cada judío tiene una función única en la composición de la nación. El pueblo judío y la Torá se reflejan mutuamente; sin unidad judía, la Torá no podría comenzar.

Los preparativos continuaron en el segundo día de siván. Moshé subió a la montaña y Dios le ordenó que le hable a la casa de Yaakov y le instruya a los hijos de Israel (8). El Midrash señala el uso doble de la idea de casa e hijos: casa se refiere a las mujeres, mientras que hijos se refiere a los hombres (9). Esto resalta otro aspecto importante de la unidad judía: si algún miembro de la nación —ya fuese hombre, mujer o niño— hubiera estado ausente en el Monte Sinaí, la Torá no hubiera sido entregada (10).

La montaña humilde

Dios le ordenó a Moshé que santificara el Monte Sinaí y que prohibiera tocar la montaña. A partir de esto podríamos asumir que el Monte Sinaí es uno de los sitios más sagrados del judaísmo. Sin embargo, a Moshé le fue dicho que después de la entrega de la Torá, esta prohibición sería anulada y la montaña podría ser utilizada incluso para pastorear ganado (11). Eso es bastante curioso, pero hay una pregunta aún más profunda sobre la ubicación que fue elegida: ¿Por qué la Torá fue dada en el desierto y no en la tierra de Israel?

La respuesta para ambas preguntas es la misma: la Torá es eterna y relevante en cualquier lugar del mundo. Además, la relación entre Dios e Israel es inherente y no está limitada a ninguna ubicación geográfica en particular. Entonces, una vez que la montaña haya servido su función, vuelve a su estado anterior (12).

A pesar de que la montaña no tiene una santidad eterna, hay un hermoso Midrash que explica por qué fue elegido el Monte Sinaí. Todas las montañas deseaban cumplir con el propósito de Dios y ser usadas para la entrega de la Torá. Todas excepto el Monte Sinaí, que sintió que no era lo suficientemente bueno para aquella elevada tarea. Cuando Dios percibió la humildad del Monte Sinaí, lo eligió como el medio para este evento, para enfatizar la importancia de dicha cualidad (13).

¿Por qué esto era tan crucial para recibir la Torá?

Podemos responder a esta pregunta postulando otra pregunta. La Torá dice: Y Dios le habló a Moshé en el desierto de Sinaí (14). ¿Por qué la Torá fue entregada en un desierto? Porque un desierto está vacío (15). Esto nos enseña que para adquirir Torá, para recibir la sabiduría de Dios, primero debemos estar dispuestos a dejar de lado la confianza en nosotros mismos, a darnos cuenta que aún tenemos mucho por aprender y a abrir un lugar en nuestro interior. Un desierto, yermo y vacío, simboliza este proceso.

Naasé Venishmá

Un aspecto clave de lo ocurrido en el Monte Sinaí fue la estridente declaración de los judíos: haremos y escucharemos. Esta declaración de aceptación absoluta de la voluntad de Dios es el paradigma de la visión judía sobre las mitzvot.

Hay dos enfoques posibles para la relación entre Dios y el hombre. Uno es que la voluntad de Dios está tan fuera del alcance de la razón humana que no hay posibilidad de entenderla y, por lo tanto, seguimos Sus mandamientos sin hacer ningún intento para entenderlos. El otro es que si Dios nos ordenó cumplir con los mandamientos, entonces nuestro intelecto debe ser suficiente para entender qué es lo que nos fue comandado; por lo tanto, si no entendemos, no estamos obligados.

Ambos enfoques son correctos, pero cada uno por sí solo no lo es.

Dios le dio al hombre el poder del intelecto, el cual le posibilita entender parte de la voluntad de Dios. Sin embargo, para que la arrogancia del hombre no le hiciera creer que su entendimiento de Dios es completo, Dios también espera que sigamos Sus mandamientos incluso sin entenderlos. Esa es la particularidad de naasé venishmá. La parte de “escucharemos” dice que debemos intentar comprender la voluntad de Dios. Sin embargo, esto viene precedido por “haremos”; es decir, nuestra primera obligación es someternos ante la voluntad de Dios, incluso cuando no la comprendamos.

Este es el fino balance: reconocer el grandioso intelecto que Dios le dio al hombre, pero al mismo tiempo entender que es limitado en lo que refiere a su percepción de Dios.

El día de la entrega de la Torá

Moshé reunió al pueblo al pie del Monte Sinaí. Se veía un gran pilar de fuego y humo emanando de la nube que estaba sobre la montaña. Entonces Moshé ascendió hacia la nube y toda la nación esperó la palabra de Dios. En ese momento, la voz y la presencia de Dios llenaron el mundo; toda la naturaleza se quedó quieta y toda la nación judía oyó y vio la voz de Dios proclamando los Diez Mandamientos. A continuación, Moshé le informó al pueblo que ascendería a la montaña por 40 días y 40 noches para recibir el resto de la Torá y para bajar con las Tablas de la Ley inscritas con los Diez Mandamientos (16).

Cada uno de los detalles de ese día tiene una gran importancia. Analizaremos unos pocos aspectos.

Maimónides escribe (17):

Los judíos no creyeron en Moshé por los milagros que realizó. Toda creencia que es meramente un resultado de milagros permanece sujeta a la duda, dado que quizás los milagros fueron hechos con magia. En el Monte Sinaí, el pueblo judío oyó a Dios llamar a Moshé y participó con él en su experiencia profética. Desde ese momento en adelante, nuestra creencia en Moshé fue establecida.

Parecería que el objetivo principal de la entrega de la Torá, más allá de los mandamientos específicos, era concretizar el saber de que Dios realmente le había hablado a Moshé y que el pueblo estuviese seguro de que el resto de la Torá había sido fielmente transmitida de Dios a Moshé. De hecho, ninguna otra religión está fundada sobre la base de una profecía colectiva nacional (18). Esto crea una relación única con Dios y con la Torá que está basada en conocimiento en lugar de fe.

Esto comienza a explicar el acertijo que postulamos sobre los Diez Mandamientos. En total, la Torá contiene 613 mandamientos, los cuales fueron transmitidos en el curso de muchos años:

  • Los primeros mandamientos fueron dados en Egipto (19).

  • Más fueron dados durante el período de 49 días entre el Éxodo y el Monte Sinaí (20).

  • La mayoría fue dada durante los 40 años en el desierto.

  • El mandamiento final fue dado a sólo días del fallecimiento de Moshé (21).

Entonces, ¿por qué fueron esos 10 mandamientos elegidos específicamente para ser dados en el Monte Sinaí? ¿Son en algún sentido más importantes que los otros 603?

En realidad no hay diferencia entre uno de los Diez Mandamientos y cualquier otra ley de la Torá. La obligación de observarlos es igual. Pero esto no hace más que fortalecer nuestra pregunta: ¿Por qué esos 10?

Los Diez Mandamientos son los principios fundamentales de las 613 mitzvot. Rav Saadia Gaón, un erudito del siglo X, delineó todos los mandamientos en 10 familias, basado en los Diez Mandamientos (22). Tratar ese tema en detalle va más allá del alcance de este artículo, pero un análisis rápido mostrará los principios de esa idea:

Como es bien sabido, los mandamientos fueron dados en dos tablas. En el cuadro vemos que los mandamientos parecieran estar claramente divididos en dos grupos: los que aplican entre el hombre y Dios, y los que aplican entre el hombre y el hombre.

Mira de cerca. Hay uno de los mandamientos que pareciera estar mal ubicado: el quinto mandamiento, Honrarás a tus padres. La explicación común de esto es que la relación entre un padre y su hijo es una metáfora de la relación entre el hombre y Dios. Desde el momento de la infancia en adelante, la forma en que un padre actúa con su hijo forma en la consciencia del niño un paradigma de la manera en que Dios se relaciona con nosotros.

Pero también podemos utilizar esto como un medio para ilustrar la forma en que cada uno de los mandamientos se expande para incluir grandes porciones de la Torá. El principio de honrar a los padres es para enseñarnos gratitud. Esto pareciera ser un acto simple, pero es tremendamente difícil. Para ser agradecido, uno debe reconocer que tiene carencias, que necesita de los demás. Quien cree que no necesita a los demás, incluso cuando reciba accidentalmente ayuda de otra persona, no sentirá gratitud. Este reconocimiento de nuestra deficiencia humana, de que vengo de algún lugar (mis padres) y de que soy dependiente, es el comienzo de aceptar a Dios.

Por lo tanto, honrar a los padres es la base de todas las mitzvot que exigen nuestra sumisión a una autoridad superior, razón por la que es parte de la primera tabla. Esta es sólo una ilustración de la forma de abordar cada uno de los Diez Mandamientos como un fundamento para el resto de la Torá.

Montaña suspendida

Antes enunciar los Diez Mandamientos, Dios suspendió la montaña sobre la cabeza de los judíos y dijo: “Si aceptan la Torá, bien. Si no, la montaña los enterrará” (23).

Como fue descrito anteriormente, el pueblo judío aceptó la Torá voluntariamente, declarando haremos y escucharemos. ¿Por qué fue necesario entonces este chantaje?

La respuesta simple es que si bien el pueblo aceptó voluntariamente cumplir la Torá, Dios quiso asegurarse que entendieran que es realmente una obligación (24).

En un sentido más profundo, la montaña suspendida sobre la nación era para reforzar la inevitabilidad de la Torá. La Torá tiene dos niveles. En un nivel, Torá es la decisión individual de cada persona y hay libre albedrío para su observancia. Sin embargo, hay otra realidad: el mundo necesita de la Torá. Un mundo sin la revelación de Dios, sin un estándar absoluto de moralidad para guiar a la humanidad, es un mundo devoto de su objetivo supremo. Entonces, una vez que la Torá fue aceptada de buena gana, Dios enfatizó la verdad ineludible de que sin la existencia de la Torá el mundo no puede existir. Sin la guía de la luz de la Torá, el mundo terminaría volviendo a su estado previo a la creación, de vacío y nada (25).


Notas:

  1. Esta es la cronología de acuerdo a como aparece en la lectura simple del texto, sin los agregados midráshicos.
  2. Talmud – Shabat 88a.
  3. El tema de nuestro próximo ensayo.
  4. Rashi (Éxodo 3:12).
  5. Éxodo 19:2.
  6. Rashi (Éxodo 19:2).
  7. Zóhar Jadash; BaMidbar Kedemot del Jidá (10:6); ver Jatam Sofer (Kóvetz Teshuvot 52).
  8. Éxodo 19:3.
  9. Midrash Rabá (Éxodo 28:2).
  10. Brisker Rav.
  11. Rashi (Éxodo 19:13) citando la Mejilta.
  12. Rashi (Éxodo 19:13) citando la Mejilta.
  13. Midrash Rabá (Números 13:3).
  14. Números 1:1.
  15. Talmud – Eruvín 54a.
  16. Éxodo 24:1 con Rashi y Rambán.
  17. Cimientos de la Torá 8:1.
  18. Ver Kuzari 1:87.
  19. Éxodo capítulo 12.
  20. Talmud – Sanedrín 56b; Rashi – Éxodo 15:25.
  21. Deuteronomio 31:19.
  22. “Azarot” por Rav Saadia Gaón; ver Rashi (Éxodo 24:12).
  23. Talmud – Shabat 88a.
  24. Tosafot (Shabat 88a, s.v. “Kafa”).
  25. Génesis 1:2; Talmud – Shabat 88a; Midrash Rabá (Éxodo 47:4).