Comencé mi vida matrimonial con un marido no judío, una naturaleza ambiciosa y un título universitario. Era una persona espiritual, a pesar de que no podría haber definido qué es la espiritualidad, además de decir que es una característica personal que tienes o no tienes, algo que simplemente se siente. Significaba ser una buena persona y tener la habilidad de sentir empatía cuando algo malo ocurre, de hacer un lindo brindis en la celebración de un amigo o de sentir tristeza en una película. Eso no tiene nada que ver con Dios ¿cierto?

A sus 30 años mi marido, un ejecutivo de negocios, tuvo una prematura crisis de la mediana edad. A diferencia de la de otros hombres, la crisis de mi marido fue de fe y espiritualidad (ahí está de nuevo esa palabra) y no incluyó un auto deportivo de color rojo. Mi marido encontró el Judaísmo y estaba buscando un camino espiritual que lo llevara eventualmente a una conversión, en principio Conservadora y luego Ortodoxa.

Al comenzar mi propia búsqueda espiritual, me encontré inesperadamente sentada con dos mujeres que estaban estudiando con una rebetzin acerca de la Mikve, el baño ritual judío. Yo había llegado ahí por accidente, no había elegido el tema. Al comienzo, realmente no tenía idea de que estábamos aprendiendo, pero me gustaba la rebetzin. Rápidamente, me di cuenta que también me gustaba el grupo de mujeres que estaban sentadas conmigo.

Como yo, estas mujeres no venían de familias religiosas. Eran inteligentes, graciosas y nos reímos durante toda la clase. Estábamos discutiendo nuestra vida espiritual de pareja. Éramos cuatro mujeres conversando, sentadas en una sinagoga, y estábamos siendo autenticas.

Sólo di que no

Me estaban introduciendo a un antiguo enfoque de armonía matrimonial – un acercamiento casher a la intimidad: la mitzvá de Taharat HaMishpajá o Pureza Familiar. No era para nada lo que me imaginé, no incluía ninguna de las ideas represivas que había escuchado de mi abuela. Era un amoroso acercamiento a la intimidad que no rebaja a los participantes o genera sentimientos de culpa sobre nuestros cuerpos. Que revelación.

Dicho de manera simple, se trata de un sistema de ciertos días de "no contacto físico" cada mes (durante el tiempo que la mujer menstrua y otros siete días más); seguidos por la inmersión en las aguas de la Mikve. Esto implica un mínimo de 12 días sin tocarse. ¡Ay, es bastante tiempo! ¿Por qué una moderna mujer casada impondría tal sistema sobre ella misma y además sobre su "feliz con las cosas como están" marido? Limitar la intimidad física, al principio parece contraproducente. ¿Cómo afectará esto a mi matrimonio?

Durante varias semanas nos reunimos las cuatro en la sinagoga a estudiar acerca de la Mikve. Ninguna se había comprometido a realmente ir a la Mikve. Yo repetía constantemente que estaba ahí por el aprendizaje y la compañía, no por la parte práctica del "como hacerlo". "Mmm... yo no necesito esto, gracias", pensaba; pero dentro mío comenzaba a tener sentido.

Luego estaba el aprendizaje de toda la información sobre la inmersión misma. Fui a conocer la Mikve de nuestra comunidad, y era hermosa. No era un pozo negro bajo la sinagoga, era como un spa para mujeres.

El argumento era que Taharat HaMishpajá hacia maravillas para recapturar la magia de ser recién casados y mantener la frescura y el romance en el matrimonio. Eventualmente, estaba suficientemente intrigada como para dar el paso decisivo.

Nadie va a salir herido

Di un salto en esta parte de mi camino y decidí seguir las reglas de esta mitzvá, a pesar de que no las comprendía. Sabía que era algo que tenia que experimentar para comenzar a entenderlo. Este paso difícil se hizo más sencillo porque estaba explorando una mitzvá que solamente nos involucraba a mí y a mi alentador marido. Nadie más tenía que saber, y nadie saldría herido si abría mi mente y aprendía.

Las mujeres religiosas que conocí no eran señoras remilgadas. Amaban a sus maridos y sus vidas, e iban una vez por mes a la Mikve.

Quizás yo podría darle una oportunidad.

Con el aspecto físico de nuestra relación restringido durante estos días, estábamos limitados a hablar. Así que hablamos; esto fue genial, no hay falsas expectativas, los dos entendemos y estamos comprometidos con los límites que observar esta mitzvá nos puso. De alguna manera, esto no es restrictivo sino que liberador. Somos libres de hablar hasta tarde por las noches sobre nuestras metas y sueños. Somos libres de expresar nuestro amor sin demostrarlo físicamente.

Al final de los días de separación, viene el gran día – o más bien la gran noche – cuando la mujer va a la Mikve. Antes de poder sumergirse en las aguas espirituales de la Mikve, tiene que asegurarse que no hay nada en su cuerpo que la separe de la experiencia envolvente del agua. Se quita todo el maquillaje, joyas y esmalte de uñas; se da un baño y queda totalmente limpia. El paso final antes de la Mikve es una ducha, lavarse el pelo y peinarse.

Las preparaciones me recordaron la forma en que me arreglaba para una gran cita –la atención a lo físico- conectándome con mi cuerpo de una forma muy poderosa. Yo hago ejercicio regularmente, pero nunca me presto tanta atención a mi misma, excepto para criticarme.

La idea de remover las barreras físicas contra el agua, me llevaron a reflexionar sobre las barreras físicas y emocionales que ponemos en nuestras vidas y que pueden separarnos de nuestros esposos. Pensé en cosas como la televisión, la computadora y los teléfonos. Pensé también en las barreras psicológicas hacia la intimidad, como sentirme gorda o indeseada, que pueden separarme de mí esposo, y que ahora puedo hacer algo para eliminarlas. Reflexioné también en como a través de mi apertura para aprender sobre la Mikve, había dado ya el primer paso.

Lejos de ser represivo, esto es consentimiento dentro del marco de la tradición y lo ritual, es hacer participar a nuestro cuerpo en la búsqueda de lo espiritual. Eso funciona para mí.

Los seres humanos son diferentes que los animales. Nosotros podemos tomar decisiones y no actuar puramente por instinto. Podemos elevar nuestras acciones físicas involucrando a Dios en ellas y haciéndolas santas. Las leyes de Taharat HaMishpajá nos permiten traer a Dios a nuestra habitación.

Mi experimento culminó con una inmersión en la Mikve que me permitió experimentar sus tibias aguas como si fueran un abrazo de Dios. Incorporar a Dios en el área más intima de mi vida me ha hecho anhelar cumplir más mitzvot.