El movimiento feminista surgió al sentirse las mujeres sin poder. Los hombres siempre controlaron (y todavía controlan) las riendas del poder en las esferas políticas, financieras y judiciales, que determinan aspectos extremadamente relevantes de la existencia personal y social. Uno de los primeros objetivos del movimiento feminista ha sido demandar una parte en estos poderes a través de salarios y oportunidades de empleo más igualitarios.

El poder, en esencia, es la habilidad de efectuar un cambio. Si las mujeres tienen influencia financiera o política, o buenas posiciones en los negocios, se piensa que entonces ellas también van a poder determinar los cambios que se van a efectuar en sus vidas y en las vidas de los demás.

Pero el movimiento feminista ha fallado en reconocer otra forma más sutil de poder: el poder interno -la habilidad de afectar la ética y valores de los demás. Mientras que el poder externo puede ser un alto puesto corporativo, el poder interno va a determinar si esa corporación va a ser honesta o corrupta.

La búsqueda del poder externo por parte de las mujeres ha dejado un aterrador vacío en la sociedad occidental en el área de la educación moral, ya que las mujeres siempre han dominado ese terreno. La proliferación del crimen, abuso infantil, secuestros y el dramático aumento en la violencia contra las mujeres son síntomas de una sociedad descontrolada, donde muchas personas no tienen conceptos de bien y mal, de honestidad, compasión o autocontrol. Hace sólo una generación atrás, las tiendas no tenían dispositivos de seguridad ni guardias revisando bolsas en cada salida; el sentido común de honestidad no dejaba lugar para una acción como el hurto.

Claramente, la posición de las mujeres no puede ser mejorada por el progreso político y financiero, si la dimensión interna de la sociedad (su moralidad y compasión) ha sido olvidada por las personas que tradicionalmente la custodiaban: las mujeres.

Los análisis típicamente masculinos de los problemas sociales antes mencionados, normalmente muestran a los factores externos como causa de estos. Por ejemplo: familias de bajos recursos con muchos hijos en barrios pobres inevitablemente lleva a un alto porcentaje de crímenes violentos, drogas, etc.

Si esto fuera cierto, entonces los barrios religiosos en Jerusalem como Mea Shearim, que tiene uno de los índices más altos de pobreza en Israel, y donde las familias normalmente tienen entre siete y diez hijos en una casa con tres dormitorios, debería ser la cumbre de crimen violento. En cambio, Mea Shearim virtualmente no tiene crímenes violentos y tiene un nivel muy bajo de abuso de substancias, y esto a pesar de la ausencia total de policías en sus calles.

Una sociedad materialista, que solo reconoce lo que puede ser contado o medido (títulos, ingresos, etc.), está destinada a descartar toda clase de valores imprescindibles como la compasión, el coraje y el altruismo, que al final determinan la fibra de sus ciudadanos. Casi ninguno de los héroes gentiles que arriesgaron su vida para esconder judíos durante el holocausto, eran personas de la nobleza, de riqueza o de logros académicos. La mayoría eran personas simples que habían aprendido de sus madres conceptos morales. Las típicas respuestas a la pregunta "¿Por qué arriesgaste tu vida y la de tu familia por esconder judíos?" eran: "Mi madre me enseño a ayudar a las personas que están sufriendo" o "Mis padres me enseñaron que nadie debería ser perseguido por su religión".

El manejo del poder interno, aunque raramente viene acompañado con títulos o salarios impresionantes, tiene un efecto más profundo y duradero que las acciones del poder externo.

Las personas que han tenido el mayor efecto en quien eres tú hoy en día no son ni el Presidente de los Estados Unidos ni el Gerente General del Banco de América, si no tus padres, tus maestros, y las personas que influenciaron en tu desarrollo interno cuando eras niño. El manejo del poder interno, aunque raramente viene acompañado con títulos o salarios impresionantes, tiene un efecto más profundo y duradero que las acciones del poder externo.

Las mujeres son las más capaces para ejercer el poder interno, ya que son superiores en su capacidad de entendimiento, que es el vehículo intelectual para llegar al corazón, a la mente y al alma de la persona. El entendimiento explica porque las madres normalmente tienen la capacidad de entender los problemas de sus hijos más rápido que los padres; históricamente las mujeres siempre fueron las pioneras en establecer orfanatos, hospitales mentales, y casas para las personas con retrasos; y sin ninguna duda es cierto el clamor del feminismo que si las mujeres manejaran el mundo, habría menos guerras. La habilidad de ver los eventos en términos de costo humano, en vez de verlos a través de sus ramificaciones políticas, se deriva del entendimiento.

La Biblia está llena de episodios de grandes mujeres, cuyo ejercicio del poder interno tuvo efectos decisivos en las historia judía.

Sara entendió el impacto negativo en Isaac de la conducta inmoral de Ismael. Ella insistió que él debía ser alejado del hogar, acto que Abraham no pudo ejecutar hasta que Dios le dijo "Todo lo que Sara diga, harás. Escucha su voz". Los comentarios de este versículo declaran que Sara tenía un nivel de profecía mayor al de Abraham, ya que ella podía ver el efecto eterno que esa corrupción moral iba a tener en las futuras generaciones del pueblo judío.

Rivká también tenía esa intuición interna respecto a sus hijos mellizos, y tomo un decisivo, e incluso engañoso paso, para asegurarse que la bendición de su esposo llegara al hijo más adecuado para cargar con el manto de los patriarcas.

Los sabios del Talmud (parte de la ley judía que era originalmente oral pero ahora es escrita) acreditaron la redención de Egipto al mérito de las "mujeres justas". Ellas, contrariamente a la opinión de sus esposos, pensaron que se debía seguir teniendo hijos a pesar del decreto de muerte del Faraón sobre todo niño varón recién nacido. En todas estas situaciones delicadas la habilidad de la mujer para percibir la verdad en una persona, o en una situación, determinó el curso de la historia judía.

De esta manera, de acuerdo al judaísmo, el hecho no es si la mujer debería o no debería tener poder, si no en la clase de poder en que deberían concentrarse, para su desarrollo personal así como también para el bien de toda la sociedad. Esta opción esta casi totalmente escondida en las sociedades seculares. No es una gran sorpresa que aquellos que aspiran a crecer en una cultura dirigida por lo externo, deban definir sus éxitos en términos de roles externos y logros cuantificables. El desafío de perfeccionarnos en el plano interno no solo que no es recompensado por la sociedad, sino que además es virtualmente desconocido como una búsqueda posible. No es sólo que la búsqueda de lo interno no ofrece una recompensa monetaria, sino que incluso no está en la lista de posibles ganadores de un premio.

Extraído del nuevo libro de la Rebetzin Heller: "Our Bodies, Our Souls".