Cuatro décadas de feminismo nos han dejado a las mujeres con un nuevo cuestionamiento: "Si somos tan liberadas, ¿Por qué no somos felices?".

Hoy en día las mujeres tenemos salarios más altos, mayor poder corporativo y mayores opciones de carrera. También tenemos más divorcios, más batallas por la custodia de los niños, más crisis sobre el cuidado de ellos y —la verdad— más conflicto interno acerca de quiénes somos realmente y qué queremos.

Queremos 'completitud', lo queremos todo. Queremos nuestro rol de mujeres y al mismo tiempo queremos alcanzar nuestro máximo potencial en términos profesionales. Y deberíamos, ya que fuimos creadas para luchar por la realización.

El judaísmo cree en la 'completitud', el judaísmo cree firmemente en una vida con aspectos contrastantes:

  • Ser parte de una sociedad, manteniéndonos como un pueblo único;
  • Ser parte de una comunidad, manteniendo nuestra individualidad;
  • Ser totalmente parte del mundo laboral, y cumplir al mismo tiempo nuestro rol de mujer.

Antes de concentrarnos específicamente en la visión judía de cómo las mujeres podemos florecer en la sociedad moderna sin experimentar ningún conflicto, veamos un poco la realidad contemporánea.

El nacimiento y la caída de la 'ama de casa feliz'

En el mundo occidental hemos invertido décadas en rebelarnos contra el ideal femenino de la 'ama de casa feliz' propuesto por la industria publicitaria. La 'ama de casa feliz' fue creada como una mujer de pelo rubio, siempre sonriente y de cabeza vacía, cuyo máximo placer en la vida era servir la torta más deliciosa a su familia y tener platos tan relucientemente limpios que pudiera ver su reflejo en ellos.

La 'ama de casa feliz' no era judía. El estereotipo que ella representaba era antitético en relación con la versión ideal judía de lo femenino, descrita ya desde los tiempos del Rey Shlomó en su poema Eshet jail (Mujer virtuosa).

Allí vemos cualidades como la sabiduría, el coraje, la creatividad, el ingenio en los negocios y la profunda capacidad de entender cómo relacionarse con los individuos de acuerdo a sus necesidades específicas.

Las contribuciones de las mujeres a la sociedad siempre han ido más allá de lo físico. La tragedia es que este hecho usualmente queda sin reconocimiento. Esto no implica que la "nutrición física" no sea una forma de expresar cariño. Sin embargo, es sólo una parte del complejo mosaico de la autoexpresión femenina. Es una notoria distorsión equiparar esta 'parte' con el 'todo'.

La 'ama de casa feliz' no fue la primera mujer en idealizar la realización femenina en términos tan limitados. Pero antes de su tiempo, las exigencias prácticas de la vida daban a las labores del hogar mayor significado. En la sociedad preindustrial las mujeres eran valoradas —y se valoraban a sí mismas— por sus irremplazables contribuciones al funcionamiento del hogar. Mientras que muchas mujeres —sin duda alguna— habrían abrazado la oportunidad de liberarse del tedio del trabajo hogareño (tanto como los hombres desean lo mismo respecto de sus trabajos), ellas sentían la importancia de su rol como mujeres, aunque sólo haya sido por la ausencia de máquinas que podían realizar las mismas tareas.

El deseo de contribuir con algo de valor real seguía presente en los corazones y en las mentes de muchas mujeres. La liberación tecnológica de la ama de casa (las cocinas a gas y eléctricas, los lavarropas, la comida preparada, etc.) dejó a las mujeres preguntándose: "¿Qué hago con mi vida ahora?" y la respuesta que recibieron de la industria publicitaria fue: "Hornea otro pastel".

La 'ama de casa feliz' entró en escena como la mujer modelo, que continuaba brillando con satisfacción, mientras estaba totalmente inmersa en las cada vez menos importantes tareas domésticas que quedaban por hacer.

El resultado inevitable de esto fue la erosión del estatus que hasta ahora había sido otorgado a los roles femeninos tradicionales, sin importar la valoración social de éstos. Después de todo, a nadie se lo podía engañar por demasiado tiempo. (¿Cuán importante era ese pastel?).

No sorprende que los pasteles que la 'ama de casa feliz' horneaba, "perdieran su sabor" por así decir, al pasar a la próxima generación. Y en lugar de la 'ama de casa feliz', una nueva mujer nació buscando gratificaciones que no podían encontrarse en ningún tipo de pastel. Y así comenzó el abandono masivo del rol de ama de casa, e incluso de la maternidad, a favor de las ocupaciones fuera del hogar que daban la sensación de que uno estaba haciendo "algo que valía la pena".

Desde el feminismo al "carrerismo" y al masculinismo

Tan pronto como el "feminismo" ganó importancia, perdió también su ímpetu de conducir los derechos femeninos hacia una autoactualización y se atrofió, transformándose en "carrerismo".

Lo que nos ha quedado hoy es una situación en la cual, más que nunca, las contribuciones espirituales de la mujer al hogar, la familia y en otros marcos, no son reconocidos, no sólo por los hombres, sino lo que es aun más doloroso, por las mujeres mismas.

Un incidente que revela el desprecio por los roles femeninos tradicionales me ocurrió a mí personalmente. Hace varios años, la persona encargada de recopilar los datos del censo nacional israelí vino a nuestra casa. Mis hijos estaban en la escuela, y el censor, una mujer, me encontró sentada en la mesa del comedor rodeada de libros, con una apariencia muy intelectual. Por varias razones, decidí no participar del censo. Me tomé el tiempo de discutir con ella, en hebreo, mi postura filosófica mientras tomábamos una taza de café. Ella estaba muy interesada y se fue al menos respetando la claridad intelectual de mi posición.

Ahora, la ley requiere que cualquiera que se niega a participar del censo debe ser visitado nuevamente, por lo tanto unas semanas más tarde ella volvió a venir. En el intermedio había entrevistado a cientos de personas, así que no me reconoció ni recordó nuestra conversación anterior. Esta vez me vio un viernes en la mañana. Estaba rodeada de niños pequeños y las manos cubiertas de masa para jalá.

Construyendo una suposición sobre mi capacidad intelectual en base a la escena, ella apuntó el papel que tenía en la mano y en un hebreo muy básico y lentamente me dijo, "Este—es—un—censo. Un—censo—es—cuando—contamos—a—las—personas. Queremos—contar—a—TODAS—las—personas. Firme—aquí". Para ella, ser madre y ama de casa excluye toda posibilidad de que yo fuera un ser humano inteligente.

El desprestigio de las mujeres en sus roles tradicionales ha llevado inevitablemente a un prejuicio contra la feminidad. Finalmente, muchas de nosotras hemos sucumbido a la inclinación dominante de que, dicho de manera simple, todo lo que los hombres tienen, hacen o son es mejor y más deseable que lo que las mujeres tienen, hacen o son. Lo que es más impactante es que muy pocas personas nos detenemos a cuestionar esta suposición.

Por ende, la corriente del feminismo debería ser llamada en realidad "masculinismo", porque glorifica todo lo perteneciente a los hombres y busca apropiarse de aquello para las mujeres.

Un buen ejemplo de esta glorificación de lo que pertenece a los hombres, sin cuestionar su valor, tanto para hombres como para mujeres, es el "cigarrillo femenino". Cuando Virginia Slims se lanzó a la fama al comienzo del movimiento feminista, su campaña publicitaria decía algo como esto: "Los hombres han oprimido a las mujeres rehusándoles el derecho a fumar, forzándolas a fumar en secreto. Ahora una mujer puede demostrar su estado de liberación no solamente fumando en público, sino fumando cigarrillos femeninos, hechos especialmente para ella".

Pero la siguiente pregunta nunca fue hecha: ¿Acaso fumar es bueno para las mujeres? Reclamar el derecho de fumar solamente porque los hombres lo tenían, es como reclamar el derecho de ser pilotos kamikaze para que haya igualdad laboral. ¿No te parece?