Pregunta

¿Por qué ayunamos? ¿Qué función cumple el ayuno en nuestra vida espiritual? ¿Cómo es posible que tener sed y hambre nos ayude a conectarnos con Dios?

Respuesta del Rabino de Aish

El año judío cuenta con seis ayunos regulares. En esos días, los judíos adultos tienen prohibido comer y beber; ni siquiera está permitido beber agua (hay excepciones para las personas con problemas de salud).

Con excepción de Iom Kipur, estos días de ayuno fueron establecidos a causa de catástrofes y sufrimientos que ocurrieron en esas fechas. Su objetivo es ayudarnos a recordar el comportamiento negativo de nuestros ancestros que llevó a esas calamidades y enfocar nuestra atención en nuestros comportamientos similares, que continúan llevando a la nación a situaciones igualmente negativas.

De acuerdo con Eliahu Kitov, en Nosotros en el tiempo, quien ayuna y pasa la mayor parte del día inactivo, sin arrepentirse, no entiende el sentido del ayuno. Esa persona enfatiza el ayuno, que es algo secundario, y quita el énfasis del arrepentimiento, que es lo principal. Él cita el libro de Ioná (3:10), donde dice sobre los habitantes de la ciudad de Ninvé: “Dios vio sus acciones”. Nuestros Sabios señalan que el versículo no dice que Dios vio sus ropas de duelo ni su ayuno, sino sus acciones (Talmud Bablí Taanit 22a). El objetivo del ayuno es llevarnos al arrepentimiento, y el arrepentimiento verdadero genera un cambio en el comportamiento. Sin embargo, arrepentirse sin ayunar no es suficiente. Los días de ayuno fueron decretados por la Torá o por los profetas, y en todas las generaciones fueron aceptados y observados por la nación de Israel. Dado que el judaísmo no aprueba el ascetismo como un fin en sí mismo, debe haber algo singular en el ayuno que sirva como un vehículo para el arrepentimiento.

Una característica distintiva del judaísmo es su filosofía de integrar lo espiritual con lo material. Los judíos no rechazan lo material en favor de lo espiritual, sino que reconocen la oportunidad que brinda vivir una existencia material para ejercitar y fortalecer el aspecto espiritual. En este mundo, lo material y lo espiritual están inevitablemente entrelazados, y debemos usarlos a ambos para posibilitar nuestro mayor crecimiento y lograr el objetivo de nuestra existencia.

Usamos lo material como un camino que nos lleva a lo espiritual. Esta es una de las razones por la que limpiamos la casa, preparamos alimentos deliciosos y vestimos ropas hermosas para Shabat. La sensación de tranquilidad que emana al vivir en un ambiente ordenado, la plenitud y el placer que genera la buena comida y el toque de majestuosidad que uno siente al vestir sus mejores ropas ayudan a crear una sensación de separación de la rutina de lo mundano y elevar nuestra capacidad de conectarnos con Dios. Manipulamos el mundo físico para tener acceso al espiritual.

El hambre es una sensación de vacío, de deseo de sustento. También puede referirse a un anhelo o deseo no relacionado con la comida, como “hambre de éxito”, o “hambre de poder”. Una de las definiciones del diccionario de “hambre” es la “carencia de elementos necesarios o deseados; no fértil; pobre”. El hambre es la condición de carecer de lo que uno necesita (o quiere) y anhelarlo.

Los sentimientos espirituales a menudo son muy sutiles. En ocasiones debemos realizar un gran esfuerzo para reconocerlos. La halajá (ley judía) nos ayuda en este proceso. Al especificar comportamientos particulares y dictar cuándo deben realizarse, la halajá provee sensaciones físicas que señalan a las realidades espirituales. Sentir hambre en un nivel físico nos ayuda a comprender la idea de la necesidad y el deseo en un nivel espiritual. La exigencia de ayunar en días que necesitan arrepentimiento nos ayuda a activar nuestro anhelo de transitar un camino que nos lleve a un mundo rectificado. Cuando lo aprovechamos, en vez de ignorado, el hambre puede promover nuestro arrepentimiento.

Ayunar también puede ayudarnos a enfrentar la dificultad común de no relacionarnos con la razón del día de ayuno. Por supuesto, es vital estudiar sobre el origen y la importancia del día, pero incluso con ese entendimiento podemos sentirnos distantes. Ayunar ayuda a generar una sensación de pérdida y vulnerabilidad. Con esfuerzo, esos sentimientos pueden ayudarnos a interiorizar el significado de los eventos que llevaron a la declaración de ese ayuno en particular.

Además, ayunar evoca el servicio de expiación que se realizaba en el Templo Sagrado de Jerusalem. Durante esa época, quien había pecado activaba sus energías de arrepentimiento llevando físicamente una ofrenda animal al altar del Templo. Por supuesto, Dios no necesita ofrendas de los humanos; todo el proceso de las ofrendas animales es simplemente utilizar el mundo físico para acceder al espiritual. En algunas de las ofrendas, el fuego consumía la grasa y la sangre del animal (esa parte era “para” Dios), y la gente comía la carne.

Este proceso se relaciona con el ayuno de forma profunda. En algunos libros de plegarias, hay una plegaria especial que se inserta al final de la Amidá individual del servicio de la tarde en un día de ayuno. La siguiente es una traducción aproximada:

“Amo del universo, Tú sabes que durante la época en que el Templo Sagrado estaba en pie, la persona que había pecado traía una ofrenda, de la que sólo la sangre y la grasa eran ofrendadas; y Tú, con Tu gran misericordia, concedías expiación. Ahora ayuné, disminuí mi grasa y mi sangre. Que sea Tu voluntad que la disminución de mi grasa y mi sangre, que disminuyeron hoy, sean como si yo lo hubiera ofrecido ante Ti en el altar, y que muestres favor hacia mí”.

En otras palabras, esta plegaria pide que el resultado físico del ayuno se una al ímpetu espiritual para ayunar y que sea aceptado por Dios como si hubiera sido ofrecido en el momento y el lugar en que, como nación, tuvimos la mayor conexión con Dios.

Ayunar es difícil, pero la dificultad misma es lo que nos brinda la oportunidad de conectarnos con Dios con mayor intensidad. La sublimación de nuestros deseos de comer en favor de la orden de ayunar es en sí misma una ofrenda. Además, aprovechar el vacío que genera el ayuno para generar un nivel mayor de arrepentimiento, junto con el sacrificio que podemos “ofrecerle” a Dios, hace que el ayuno sea una valiosa oportunidad para conectarnos con la voluntad de Dios.