En 1982, una joven mujer en San Louis, conoció a un judío ortodoxo por primera vez. Su nombre era Rab Noaj Weinberg. Tal como recuerda ella: "Él tenía un fuego interno. Yo anhelaba ese fuego."

La última vez que vi a Rab Noaj, zt"l, fue el 29 de Diciembre del 2008, en la cena anual de Aish HaTorá en Jerusalem. El Rosh Ieshivá, después de haber sufrido una caída en donde se rompió su hombro y su pierna, estaba en el hospital. Nadie sabía si podría asistir a este evento de honor. Luego el maestro de ceremonias anunció la llegada de Rab Noaj. Estaba avanzando en una silla de ruedas, su encorvada figura y su corta y delgada barba lo hacían casi irreconocible para todos nosotros. Los cientos de personas se levantaron y comenzaron a aplaudir. Los aplausos duraron mucho, mucho tiempo, mientras yo estaba ahí, aplaudiendo y llorando.

Yo no estaba llorando por causa de su enfermedad y su dolor. Estaba llorando por la grandeza pura de la presencia que emanaba de aquella silla de ruedas. Llenó el salón como una entidad palpable. Fue como la vez que estuve volando desde Calcuta hacia Darjeeling. Esporádicamente ojeaba por la ventana del avión las laderas de los Himalayas debajo de mí. En un minuto, cuando miré de nuevo, quede pasmada al ver una blanca montaña gigante casi tan alta como el avión mismo, llenando completamente la vista, totalmente fuera de proporción con el resto de la cordillera – gigantesca, majestuosa, maravillosa. Era el Monte Everest.

Rab Noaj Weinberg, incluso en su precario estado físico, era un Everest de ser humano. Cuando colocaron un micrófono en frente suyo y comenzó a hablar, la pasión en su voz era constante. Y el fuego en sus ojos flameaba como siempre. Mi corazón se iluminó por el fuego de su entusiasmo de salir allá afuera para cambiar al mundo.

La grandeza de Rab Noaj estaba fuera de proporción con el resto de nuestra generación.

En la inmensidad de esta visión, en la magnitud de su impacto en el mundo judío, Rab Noaj estaba totalmente fuera de proporción con el resto de nuestra generación, reduciéndonos a todos nosotros así como el Monte Everest reduce al resto de los Himalayas. Si él estuviera editando este segmento, sin duda habría borrado la última frase. En su funeral, uno de sus hijos, en medio del elogio declaró: "¿Qué diría él sobre estas alabanzas? Él diría: '¿Por qué me están elogiando a mí? Cada uno de ustedes puede ser mucho más grande que yo'".

Un rabino de Aish que visitó a Rab Noaj 30 horas antes de que falleciera, me dijo que el Rosh Ieshivá estaba, hasta el final, dando direcciones de cómo enfrentar temas vitales para el pueblo judío. Ansiosa por escuchar las últimas palabras de este gran hombre, le pregunté, "¿Qué más dijo?"

"El dijo que no estamos haciendo lo suficiente".

Ciertamente él pensaba sobre si mismo que su agenda llena hasta el último minuto y sus 50 años de incesante trabajo y esfuerzo en pos del pueblo judío "no eran suficientes", no como para detener la ola de asimilación, no lo suficiente como para revertir la tendencia a los matrimonios mixtos, no lo suficiente como para presentarle a cada judío la belleza de la Torá.

Aish HaTorá significa "el fuego de la Torá". Rab Noaj era la manifestación viva de ese fuego, lleno de pasión para iluminar toda alma judía, ardiendo con fervor para encender el amor de Dios en todo corazón judío. Un fuego, por su naturaleza, nunca descansa.

Cuando Dios le encargó la misión a Moisés de redimir al pueblo judío, Él le habló desde el centro de una zarza ardiente. La Torá nos dice que "la zarza ardía con fuego pero no era consumida". La llama física que era Rab Noaj Weinberg ha sido consumida. Si el fuego va a continuar ardiendo depende de cada uno de nosotros.