Rabi Yehudá Hanasí fue uno de los grandes sabios en la historia del pueblo judío. Un eminente erudito de la Torá y poderoso líder quien amasó una tremenda fortuna personal. Él guío a la nación después de la destrucción del Segundo Templo y tomó la tremenda e histórica decisión de escribir la Ley Oral por miedo a que se perdiera. Él era conocido simplemente como Rebe, o Rabeinu HaKodesh (nuestro Santo Maestro).

Pero cuando le preguntaban como había alcanzado su grandeza, él respondía: “Vi la espalda de Rabi Meir. Cuanto más grande habría sido si lo hubiese visto de frente”. (Eruvin 13b).

Rebe atribuía su éxito a sólo haber visto la “espalda” de Rabi Meir – los años de decadencia del gran sabio de la generación anterior. Esta experiencia, por si misma, causó una indeleble impresión sobre él. Él fue una persona cualitativamente diferente por haber presenciado la claridad, la profundidad y el poder que una persona puede poseer.

Así como Rabi Yehudá Hanasí vio la espalda de Rabi Meir. Nuestro Rosh Ieshivá vio los trenes.

El Rosh Ieshivá frecuentemente nos pedía que nos imagináramos como hubiera sido si hubiésemos vivido en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Hubiéramos sido los mismos después de descubrir que sucedía dentro de los campos de concentración? Como podrían no cambiar nuestras vidas para siempre al ver los vagones, día a día, semana a semana, mes a mes, llenos de humanos destinados a un trato inhumano.

¿Como podríamos dormir profundamente durante la noche mientras los trenes retumbaban al irse, el silencioso ruido del horror penetrando nuestros sentidos mucho más fuerte que los rieles metálicos al ser golpeados rítmicamente por el peso de los vagones? ¿Qué habríamos hecho si hubiésemos visto los trenes?

¿Seriamos personas diferentes? ¿No hubiéramos estado obsesionados buscando una solución, yendo a cualquier lugar para tratar de salvar a nuestros hermanos judíos?

Rav Noaj vio los trenes de los casamientos mixtos. Él vio los trenes de la apatía – millones de judíos perdiéndose sin una sola bala disparada.

El Rosh Ieshivá vio los trenes. Rav Noaj vio los trenes de la asimilación; miles de judíos despreciando su judaísmo por una “promesa” de un futuro mejor – que sólo garantizaba que en sus futuras generaciones ya no serían judíos.

Él vio los trenes de los matrimonios mixtos. Él vio los trenes de la apatía – millones de judíos perdiéndose sin una sola bala disparada.

Para el Rosh Ieshivá no era algo teórico, o intelectual. No fue sólo una cosa linda para hacer, o “sólo” una mitzvá. Estaba en sus huesos, en cada fibra de su ser. Él era una persona diferente por todo esto.

¿Cómo podía dormir profundamente durante la noche mientras sus hermanos judíos dormían en un olvido espiritual? ¿Como podía no obsesionarse con encontrar una solución para salvar a los hijos de Dios? No era una pregunta para él, no era siquiera una misión. Era su sangre, su oxígeno. No porque lo necesitara, o quisiera hacerlo. ¡Porque no tenía opción! Estaba dominado por su lucidez. Él había visto los trenes.

Nosotros, sus alumnos, sabemos sobre los trenes, íntimamente. Muchos de nosotros fuimos sacados de ellos, traídos de vuelta a la observancia del judaísmo a través de la lucidez, cuidado e inspiración del Rosh Ieshivá. Nos unimos al ejército y asumimos la tarea. Tenemos la singular responsabilidad de compartir con otros la belleza de nuestra herencia que fue compartida con nosotros. Podemos hablar el mismo idioma, relatar las mismas experiencias y guiarlos a través del mismo camino de teshuvá (retorno) por el que nosotros caminamos.

Nosotros ciertamente sabemos acerca de los trenes, y algunos de nosotros incluso los escuchamos. Pero no los vimos. Sólo el Rosh Ieshivá vio los trenes. Pero vimos a alguien que vio los trenes. Vimos al Rosh Ieshivá y nuestras vidas cambiaron para siempre. Eso hizo que seamos las personas que somos ahora.

Seguro, nosotros estudiamos de su Torá, enseñamos su Torá e internalizamos su mensaje. Sin embargo, la mayoría de nosotros aprendimos del Rosh Ieshivá. Su gran puño golpeando su escritorio una y otra vez –recalcando un punto que era tan dolorosamente obvio para él, pero también doloroso porque no era tan obvio para nosotros.

Durante los dos años del programa rabínico, tuvimos reuniones regulares en su oficina, discutiendo, debatiendo y desmembrando los grandes y finos puntos que nos excedían. Nuestra obligación, como él la veía, no era nada menos que un Kidush Hashem, santificar a Dios en este mundo reestableciendo la misión del pueblo judío. Cualquier cosa menos que eso, era Jilul Hashem, una profanación del nombre de Dios.

Él dijo que una persona no resiste ante la claridad absoluta. Cuanto más reales seamos con nuestra misión en este mundo, más reales seamos con nosotros mismos y nuestra grandeza, mayor será la oportunidad que tendremos de afectar a otros. Tenemos que ser verdaderos. Tenemos que ser hombres.

Deseábamos aprender, deseábamos enseñar y deseábamos marcar una diferencia. Deseábamos ser hombres. Pero no vimos los trenes. Sólo el Rosh Ieshivá vio los trenes. Nosotros simplemente tuvimos el increíble merito de ver al Rosh Ieshivá. Nada más.