A través de los años, les preguntamos a cientos de personas: “¿por qué quieres casarte?”.

Recibimos muchas respuestas, tales como:

  • Quiero un compañero/a.
  • Estoy solo/a.
  • Quiero pasar a la siguiente etapa de la vida. Llegó la hora de sentar cabeza.
  • Mis padres me presionan.
  • Quiero crecer.
  • Todos mis amigos/as se están estableciendo.
  • Finalmente puedo mantener una familia.
  • Quiero tener hijos.

Podemos entender estos sentimientos. Pero todos ellos tienen una cosa en común. Todos se tratan de satisfacer tus propias necesidades.

Ahora bien, no decimos que el matrimonio sea un emprendimiento totalmente desinteresado. El matrimonio consiste de dos personas y tú eres una de ellas. No es una experiencia desinteresada, pero tampoco debe ser una experiencia egoísta.

Es una experiencia de dos personas, de dos entidades y la manera en que estas dos pueden disfrutar del matrimonio es al dar al otro.

Hay ciertas cosas para las cuales todos estamos más o menos listos. Estamos preparados para ser felices, estamos listos para pasar un maravilloso tiempo de calidad con la persona que amamos. Estamos preparados para la clase de compañía que nos brinda alegría y estamos dispuestos a no estar más solos. Todos estamos listos para los beneficios egoístas porque nacemos egoístas. Desde el día que nacimos fuimos muy buenos con todos los placeres egoístas. (Si tú eres ese recién nacido que le dijo a su mamá: “Mami, te ves cansada. Ve a dormir. Yo puedo esperar unas horas hasta mi próxima comida”; entonces eres la excepción).

En una relación hay mucho más que lo que recibes.

Estar casados es como compartir una manta. Hay dos formas de compartir una manta. Si yo me aseguro de estar bien tapado y tú te aseguras de estar bien tapado, ambos pasaremos la noche sintiendo que el otro nos saca la manta. Pero si ambos nos preocupamos de que la otra persona esté bien tapada, entonces pasaremos la noche sintiendo que alguien coloca la manta sobre nuestro hombro, y nosotros haremos lo mismo por el otro.

El judaísmo considera al matrimonio no como la siguiente etapa egoísta en el desarrollo de las propias necesidades y aspiraciones, sino como un entrenamiento constante de la capacidad de dar. Comprometerse con esa relación requiere estar en un lugar en tu propio desarrollo emocional en donde estás preparado para esforzarte por convertirte en un dador verdaderamente comprometido. ¿Estoy preparado para dejar de pensar en “mi” y comenzar a pensar en “nosotros”?

Pensar en “nosotros” significa que, si tenemos una pelea, ambos perdemos.

Pensar en “nosotros” implica que si mi esposo está feliz, yo soy feliz. Pensar en “nosotros” significa que si tenemos una pelea, ambos perdemos. Pensar en “nosotros” implica que si no estamos de acuerdo en algo, estamos comprometidos a encontrar una solución con la que ambos estemos satisfechos. Pensar en “nosotros” significa que cuando necesitamos un compromiso, no se trata de ver cuánto estás dispuesto a sacrificar para hacerme feliz. Se trata de cuán lejos puedo llegar para hacerte feliz, y la palabra sacrificio no figura, porque cuando le doy a mi pareja, doy para nosotros.

Si puedes ver a tu esposo como una parte integral de tu ser y extender tu definición de ti mismo para incluir a tu otro significativo, entonces darle al otro es como darte a ti mismo. Hacerlo feliz te hace feliz a ti. No hay ningún sacrificio.

Entonces, ¿qué nos impide dar más?

Para aquellas personas cuya naturaleza les permite dar fácilmente, es bastante sencillo estar preparadas para el matrimonio. (Para ellos el desafío puede ser permitirse a sí mismos recibir, pero este es tema para otra charla). Si estás acostumbrado a ponerte siempre en primer lugar, lo cual es muy normal, prepararse para el matrimonio consiste en tomar más consciencia de esta tendencia y expandir tu consciencia para incluir a otros.

Algunos hábitos simples de implementar pueden ser ofrecerse como voluntarios en un hospital o una cocina comunitaria, dedicar parte de tu tiempo a ayudar a otras personas, preguntarte cómo se ve determinada situación desde la perspectiva de otra persona, cuidar una mascota, ser proactivo y llamar a personas que valorarán tu llamada. Todas estas actividades ayudan a expandir tus límites y a valorar que en el mundo hay otras personas vivas y reales fuera de ti. Esto no es algo que surge de forma natural, la mayoría de las personas necesitan aprenderlo.

El trabajo para llegar a ser un “dador” no termina una vez que te casas.

El egoísmo que surge a partir de las malas experiencias puede ser una elección activa o una reacción involuntaria. De cualquier manera, reconocer ese dolor y dar los pasos necesarios para currarlo te ayudará a liberarte del mismo. (Aquí no nos referimos a esas personas egoístas que son abusivas y narcisistas y que lamentablemente tienen pocas posibilidades de recuperarse de su trastorno).

El trabajo para llegar a ser un “dador” no termina una vez que te casas. El matrimonio es el primer paso en una travesía hacia la unidad. Incluso quienes llevan casados muchos años enfrentan constantemente el desafío de ver el mundo desde la perspectiva de “nosotros” y no de “yo”. Es una lucha constante para crecer. Nadie es perfecto y nadie necesita serlo.

La clave es asegurarse de estar en el camino correcto antes de casarse. Eso generalmente requiere un cambio de 180 grados en tu perspectiva de la relación, para pasar de que sea una oportunidad de recibir (¿Qué es lo que tú estás dispuesto a hacer por mí?) a verlo como una oportunidad para dar (¿Qué es lo que yo estoy dispuesto a hacer por ti?). Todos esos actos pequeños pero significativos de entrega que hacemos a lo largo del día, de forma lenta pero segura van cambiando nuestro carácter y preparándonos para un matrimonio feliz y satisfactorio.