Basado en mi experiencia personal y en mis interacciones con otros, en estos días ser un judío soltero o una judía soltera “mayor” presenta cierto desafío.

¿Qué es lo que esto provoca a la autoestima de aquellos que nos vemos confinados a seguir saliendo en citas durante un período de tiempo más extenso? ¿Comenzamos a dudar de nosotros mismos? ¿Olvidamos quiénes somos realmente y lo que podemos ofrecerle al mundo sin importar si llegó o no el momento de formar nuestra familia?

Uno de los puntos más fuertes del mundo judío es la importancia que se le da a la familia. Esto es algo que se extiende desde las familias judías más religiosas hasta las más tradicionales, sefaradim y ahskenazim, jasidim y litaim, y es algo que jugó un rol muy importante para mantener unido a nuestro pueblo.

Con este enorme énfasis sobre la familia, es natural que el foco de todos los solteros esté en el matrimonio y en construir un hogar.

Esto es algo muy bello y algo de lo que debemos enorgullecernos.

Pero como la mayoría de las cosas en la vida, a menudo hay otra parte que muchos pierden de vista. No porque no les importe sino porque tienen una perspectiva limitada y no siempre pueden entender las cosas desde el punto de vista de otra persona.

La importancia de construir un hogar puede llevar a una inmensa presión para casarse a determinada edad y una vez que “esa edad” se ha superado, la presión se incrementa dramáticamente. Todos escuchamos decir, ya sea directa o indirectamente: “Nu mein kind”, ‘¡llegó la hora de moverse!’.

Algunas personas tienen la fortuna de encontrar a su pareja muy rápido, mientras que otros tienen que esperar un poco más. Así fue siempre y así sigue siendo en la actualidad.

Una de las realidades más tristes y probablemente también más innecesarias que enfrentamos en estos días, es que, en vez de recibir apoyo, aliento y coraje, a muchos judíos solteros se los hace sentir indignos, excluidos y a veces, por mucho que me duela decirlo, francamente no suficientemente buenos.

Inspirado por el Rav Pésaj Krohn, decidí probar mi suerte y ser un “shadján”, un casamentero. Rav Krohn dejó claro que todos tienen la responsabilidad de preocuparse por quienes buscan pareja y que se debe escribir tarjetas con los nombres de todos los solteros que uno conoce y ver si se puede armar alguna pareja entre ellos.

Comencé a compilar mi lista y tras unas horas tenía anotados cerca de cien nombres.

Lo que me llamó la atención fue que los nombres en esa lista eran de “solteros o solteras que la mayoría de los hombres o mujeres soñarían en encontrar”. Me refiero a algunos de los seres humanos más maravillosos, sin nada “malo” o “diferente”. Simplemente que todavía no llegó su momento.

Hace poco un amigo me dijo que, en su comunidad religiosa, él se siente cada vez más definido como “el que está por llegar a los 30 y sigue sin casarse”. Él siente que la gente lo define no por lo que es, sino por con quién está o directamente si está o no con alguien.

Esto es una pena. Él es inteligente, está comprometido con su judaísmo, tiene un maravilloso sentido del humor y muchas otras cualidades positivas que lo definen. Pero lo único que a los demás les importa es si sigue estando “en el mercado”. ¿Por qué los solteros judíos deben ser definidos más por su éxito en la escena de las citas más que por su belleza y sus cualidades innatas?

Para todos los judíos solteros y judías solteras, mi mensaje es el siguiente: Ustedes son fuertes, bellos/as, bondadosos/as, leales, compasivos/as, afectuosos/as, talentosos/as y mucho más. Sólo recuerden que no importa cuánto tiempo lleve (¡con ayuda de Dios, que sea pronto!), no importa cuántos años hayan buscado y no importa cuántas citas y relaciones hayan pasado… ustedes siguen siendo un alma bella que merece amor y respeto.

Y a todos los que conocen a alguien en la escena de las citas (que somos la mayoría): recuerden reforzar esos bellos atributos que ven en quienes los rodean y no definan a los demás por sus estaciones en la vida. Otra cosa más, aliento a todos a seguir la sugerencia de Rav Krohn y asumir la responsabilidad de armar parejas para tratar de ayudar a quienes buscan a su alma gemela.