Cuando era pequeña y asistía a los campamentos de verano, solía enviarle a mi madre la primera carta el 10 de julio para recordarle que faltaban tres meses para mi cumpleaños.

10 de agosto, 10 de septiembre... todos estos eran días que me llevaban al día mágico: 10 de octubre, el aniversario de mi llegada al mundo.

En la mañana de mi cumpleaños, yo despertaría y toda la casa estaría decorada con pancartas y globos, todos proclamando "¡Rebeca cumple ocho!", "¡Feliz cumpleaños Beck!", "¡Amamos a la cumpleañera!". Dependiendo de cual fuera mi color favorito ese año, todo sería verde, o rosado, o azul, o magenta, y mi madre me estaría esperando con un desayuno especial y todo el día se la pasaría celebrándome a mí.

El 10 de noviembre, yo le recordaba que sólo le quedaban 11 meses para planear mi próximo cumpleaños.

Que días tan divertidos eran esos.

Hoy en día, el 10 de agosto, mis ojos se alejan del calendario. El 10 de septiembre, suspiro profundamente y comienzo el largo proceso mensual de darme fuerzas. En la semana del 10 de octubre, trato de armarme de valor, y -- nueva táctica- incluso trato de convencerme que estoy contenta de que llegue el día.

Me digo a mí misma que las vidas no se miden sólo por estar casado o tener hijos.

No es que sea un año más vieja... No es que la vida se me esta pasando sin que yo avance (mis sobrinas y sobrinos están un año más grandes, increíblemente grandes; ya no son bebés, ahora son niños). Me digo a mí misma que las vidas no se miden sólo por estar casado o tener hijos... mi vida está llena de amigos y familiares, un excelente trabajo, e incluso tengo el privilegio de vivir en Israel, cumpliendo el sueño de toda mi vida. Puedo mirar hacia atrás, hacia los últimos cinco años, y ver verdaderos logros; crecimiento emocional, relaciones familiares solidificadas y metas cumplidas.

Pero, por algún motivo, cuando el 10 de octubre se acerca, todo lo que veo es el hecho de que ya no soy una niña emocionada por los globos de colores... que yo no tengo a nadie a quien prepararle desayunos especiales de la forma que mi madre me los preparaba a mí.

El resto del año se convierte en una carga. Lo siento, y cuando las ansias se apoderan de mí – a veces por una hora, a veces por un día, o a veces incluso por más tiempo- me da rabia de mí misma. Hay tantas cosas buenas en mi vida, pero todo lo que yo veo son las carencias. Hay muchas cosas buenas en mi vida, pero a veces cada momento duele.

Aunque no lo creas, tener una disposición alegre por naturaleza. Y a veces, cuando me veo añorando por una vida que no es la mía – trabajo, casa, trabajo, casa, cita, no funcionó, trabajo, casa—me pregunto como será la vida de las mujeres que no tienen la increíble bendición de ver la vida de una manera positiva. ¿Cómo se verán sus días? ¿Cómo logran levantarse de sus camas --para enfrentarse con otro día que sólo les recuerda que por alguna razón, no pueden tener lo que ellas creen que fueron creadas para tener? ¿Por qué Dios me dio una naturaleza tan cariñosa si no fui creada para tener personas a quien darles amor, y personas para mimar—la mejor manera para ser puesto a prueba y crecer?

Y sí, la monotonía, la lucha y las decepciones también están incluidas. Porque estar casada y ser madre no significa que repentinamente tu vida se vuelve fácil y perfecta. Trae consigo un paquete de pruebas enormes que yo puedo entender sólo porque he visto como muchas de mis amigas tienen que luchar con ellas.

Mi vida es solo mía -- el matrimonio y la maternidad te hacen completamente dependiente. Una esposa debe siempre considerar a su esposo, y una madre debe dar siempre su vida por las necesidades de sus hijos. Sus horarios, sus necesidades, sus humores... ellos determinan los pormenores de casi todos los momentos en el día.

Ya no hay más lecturas pausadas, no hay más salidas instantáneas, ni más decisiones de ir a algún lugar por capricho. Dormir durante la noche se vuelve un logro muy importante.

Pero yo creo que todo eso vale la pena cuando tu hijo abre los ojos en la mañana y te ve ahí cerca de él.

Así que me recuerdo a mí misma esto: De mi independencia, de la forma en que puedo expandir mi mente y desafíos mientras esté libre de tener que preocuparme por la temperatura del biberón y las alergias debido al maní, de poder asistir a clases sin tener que preocuparme de conseguir una persona que cuide a mis hijos, de que puedo cocinar lo que a mí me gusta para la cena o de no tener que molestarme en ir de compras por dos semanas. Puedo dormir tarde e irme los fines de semana y ocupar mi dinero de la forma que yo quiera.

Incluso trato de convencerme que las citas son divertidas—después de todo, casi todos los hombres con que he salido han sido buenos y amables, pero no el hombre que yo necesito para casarme—y que mi vida tiene emociones y variaciones que mis amigas casadas de alguna forma envidian. Después de todo, ellas a veces me lo dicen.

Y veo que tan difícil puede ser el matrimonio de vez en cuando, y como uno está forzado a crecer, acomodarse y morderse la lengua. No es todo color de rosas.

A pesar de esto, deseo que llegue el día en que tendré que hacer muecas ya que mi esposo, de vuelta, no cambió el rollo de papel higiénico, o se está comportando como un chico, o invitó a los pesados de sus amigos otra vez.

En esos días, ¿me acordare como solía llorar de noche después de llegar de una cita con otro hombre que no era el indicado, preguntándome como rayos encontrare al hombre con quien construiré el resto de mi vida?

¿Estaré tan abatida por el peso del deseo y la impaciencia, las ansias y la frustración, que ni si quiera lo reconoceré cuando finalmente aparezca?

¿Recordare lo frustrante que era tratar de nuevo? ¿Lo reconoceré cuando se acerque, o estaré tan abatida por el peso del deseo y la impaciencia, las ansias y la frustración, que ni si quiera lo reconoceré cuando finalmente aparezca?

Lo que más me pregunto es: ¿Cómo puedo soportar todo esto – todas estas quejas y reproches, y el sentirme ridículamente apenada por mí misma—y seguir siendo una persona soportable? La gente me dice que yo soy alegre y chistosa, y los hombres con los que he salido me han dicho el querido halago que a diferencia de muchas "mujeres de mi edad", yo "no soy una resentida". La tristeza en mi interior, aparentemente, sólo ha marchitado lo que está a suficiente profundidad como para no ser visto.

Lo peor es que las personas cercanas a mí saben, y deben sentir, la oscuridad, las quejas y mi parte no tan alegre.

Una amiga que hace poco sufrió un aborto – su segundo en medio año—me dijo que a veces siente que si alguien la toca, podría desmoronarse de la tristeza. Mi corazón se apiadó de ella; ella es tan buena, y no entiendo porque si ella hace cosas tan buenas Dios, le manda una prueba como esa.

Yo admiro sus fuerzas... y su firme creencia de que todo lo que nos pasa es de alguna manera necesario para el crecimiento que debemos tener en la vida.

Hay momentos en los que siento que ya es suficiente. He crecido suficiente por estas pruebas. Estoy lista para avanzar al siguiente nivel.

Y cuando lo haga, cuando esté enojada con mi esposo y exhausta de los niños, sólo espero tener la habilidad de recordar lo que siento ahora, y estar agradecida, tan agradecida por lo que tendré en ese entonces.