Hay una novia mirándome desde el espejo.

Es mi rostro, suavizado por un velo. Delicadas flores de seda agarradas del velo lo afirman a los rulos que enmarcan mi rostro.

"Eres hermosa", suspira mi madre desde la puerta del vestidor.

En realidad lo soy.

Mi madre me ha arrastrado hasta la boutique con la esperanza de que el verme con un vestido de novia, me ayude con la posibilidad de convertirme en una.

Lo sé. No es normal.

Muchas niñas crecen soñando con el día en que, a través de un largo pasillo y entre una nube de seda blanca, flotarán en el aire hacia un radiante novio, por el resto de sus vidas.

Yo no. A mí me da náuseas.

Mientras vi pasar los mejores años de mi vida, mi parte más lógica comprendió que era tiempo de ponerme seria acerca de las citas. El reloj que suena, una lista de candidatos que se achica, y cosas por el estilo...

Teóricamente esto era fácil. Luego vino un hombre, anormalmente agradable, quien dejó en claro que quería algo serio.

Algo de larga duración. Incluso permanente.

Ustedes saben...la palabra que empieza con M.

De hecho, él no aceptaría nada menos.

Ahí fue cuando comencé a hiperventilar.

No es que no quiera casarme.

Sí quiero.

Creo.

Hasta ahora, tenía una idea inconsciente de la carga que había estado llevando. Pero ahora, lo veía a la clara luz del día.

Soy una estadística. La versión adulta de una niña asustada por el divorcio de sus padres, que ahora está aterrorizada en lo más profundo y recóndito de su ser, de cometer el mismo error. De pasar por el mismo infierno que ellos vivieron. O, incluso peor, de asustar a mis propios hijos con el circo sancionado en una corte, que disuelve una unión, que debería haber sido para toda la vida.

Soy una estadística: la versión adulta de una niña asustada por el divorcio de sus padres.

Yo pensaba que había resuelto todo esto durante mis tumultuosos años universitarios, cuando mi pelo cambiaba de tonos para reflejar mi humor, y cuando probé diferentes ideologías con igual abandono.

Pero aquí viene el miedo, arrastrándose por detrás del asiento del automóvil para silbar en mi oído. Mi novio ha casualmente mencionado donde sus padres creen que deberíamos casarnos.

Y mi corazón comienza a latir rápidamente.

Esta no es la primera vez en que el tema ha sido mencionado abiertamente. Ambos sabemos que es lo que está ocurriendo.

Pero aún es como un choque para mi sistema.

Casi siempre, hasta ahora, los hombres con los cuales me había involucrado se habían mantenido alejados de mí. Nuestras mentes se enredaban pero nuestros espíritus nunca lo hicieron. Las bromas verbales tomaban el lugar de la intimidad emocional.

"Tienes una pared a tu alrededor", me dijo el último de ellos. "Sin importar lo que yo haga, tú no me dejarás entrar completamente".

Es cierto, le llore a mi tío luego de que ese último novio rompió conmigo. Nunca me casaré. Me estoy escondiendo.

Y estaba escondiéndome.

Luego de años de introspección terapéutica, había profundizado con los caprichos de mi mente y mis emociones. Me conocía a mí misma bastante bien. Asquerosamente bien.

Pero aún no podía compartir eso con el hombre con quien salía.

En lo más profundo de mí se mantenía una callada certeza de que exponerme a mí misma significaba que saldría herida. Si no ahora, en algún momento del camino.

Tienes una pared a tu alrededor. Sin importar lo que yo haga, tú no me dejarás entrar completamente.

El amor se debilita. Creía yo. Con los ojos de una niña, lo había visto suceder.

En el medio del divorcio de mis padres, salí a caminar con mi madre.

Ella estaba maltrecha, luego de un año de peleas con mi padre y su familia. Él había contratado al mejor, y más malvado, abogado de la ciudad. Ella contrató a un amigo que entrenaba al equipo de fútbol de mi hermano.

Ella y el entrenador de fútbol habían sido tratados brutalmente.

"Siempre cuida de ti misma Beck", me dijo con sus ojos desesperados luego de un año de lucha. "Nunca confíes en que un hombre cuidará de ti".

Nunca confíes...

Esas son palabras que ella desearía poder retirar ahora, pero ellas saltaron a la cabeza de aquella niña de 12 años, y a pesar de mis intentos por sacarlas, aún están ahí, media vida después.

Los lazos de fidelidad marital, que forman la base de la seguridad de casi todos los niños, para mí estaban rotos.

Las dos personas que yo veía como mis protectores en este mundo, se volvieron el uno contra el otro – sin darse cuenta de que sus ataques hacia el otro estaban acuchillándome a mí.

Hay respuestas lógicas para todos estos ecos de dolor.

Pasé de los 20 a los 30 años formando las respuestas, forzándolas a salir de mi boca.

En la universidad asumí que nunca me casaría. Repetía las desdeñosas frases que leía en la literatura feminista radical. "Necesito casarme tanto como un pez necesita una bicicleta". Me aislé a mí misma a través de la lectura de esas cosas una y otra vez, hasta que corrieron por mi mente y las creí.

¿Cuál es la razón de que las mujeres sigan lanzándose hacia esa institución pasada de moda con tanto entusiasmo?

En vez de casarme, yo creía que tendría un fino apartamento y una buena carrera, como si estas fueran equiparables a un substituto del matrimonio.

Fantaseando acerca de mi futuro, veía un apartamento en Boston lleno de muebles modernos. Había hombres en estos sueños, pero ningún lazo de matrimonio que pudiera atrofiarse en discusiones acerca de quien compró que sofá y cuando.

Pero lentamente me di cuenta de que había una razón de porque las mujeres seguían lanzándose hacia esa institución con tanto entusiasmo. La monogamia en serie no ofrecía ninguna protección contra los dolores que yo asociaba con el divorcio. Si había algo, ofrecía más dolor y desilusión.

Era el matrimonio – prosaico y burgués como pueda ser – el que ofrecía no sólo seguridad, sino que también podía tomar la energía que se utiliza en mantener una relación, y aprovecharla, canalizarla, hacerla crecer.

"¿Por qué estás tan asustada?", me preguntó mi tío, la noche en que llegué despotricando acerca de la deserción del último novio. Y me lo preguntó nuevamente cuando acudí a él hiperventilando por este buen hombre, que no me dejaba esconderme de él.

Con el tipo apropiado, me dijo, yo sería capaz de abrirme.

Y, de seguro, él tenía razón. Había intentado con los dos o tres posibles candidatos entre este novio y el último. Pero este logro hacer el clic.

No fue el seductor tire y afloje entre dos mentes analíticas hasta que una de las dos sale hacia arriba. Fue la simple insistencia de este hombre amable diciendo: "Rebeca, quiero que seas tú misma conmigo".

Cuando él dijo eso, lloré.

Era lo que siempre había soñado escuchar.

Sabemos que el amor no lo conquista todo, que los matrimonios requieren de trabajo duro, y que a veces ellos fallan.

¿Entonces por qué estaba tan asustada ahora que estábamos moviéndonos hacia el próximo paso natural?

Y ahí, quizás, está el asunto principal.

Para los niños de familias fracturadas, el matrimonio no es el curso natural de las cosas.

Nosotros, mejor que cualquiera, sabemos que el amor no lo conquista todo. Que los matrimonios requieren de trabajo duro. Y que a veces ellos fallan.

Ese conocimiento mientras nos dirigimos hacia el matrimonio, sin embargo, puede ser una posesión formidable.

Yo no tengo el lujo de estar en las nubes. Camino hacia adelante, con este hombre a mi lado, demasiado conciente del peso de nuestras decisiones.

En una búsqueda por desviar las ruedas del destino que reclaman que estás condenado a repetir tu historia, yo me he devorado todo libro que existe acerca de citas, relaciones y matrimonios.

Me he convertido en una observadora discreta de los matrimonios que funcionan, y les he sacado a mis amigas sus consejos y secretos para tener éxito mientras otros, como mis padres, fallan tan espectacularmente.

He aprendido que ningún matrimonio es perfecto y que una medida no sirve para todos.

Los ingredientes esenciales son el amor, el respeto del uno por el otro, una visión compartida del futuro y, por sobre todo, un compromiso para hacerlo funcionar.

Me doy cuenta ahora que la armadura protectora que había desarrollado me mantuvo lejos del daño hasta cierto punto. Pero, más aún, me había impedido avanzar.

Si no nos despojamos de nuestros miedos y sospechas, nosotros las versiones adultas de niños heridos, estamos ciertamente condenados a repetir los errores de nuestros padres.

Mi miedo era la única cosa que me estaba deteniendo.

Melodramático. Pero verdadero.

Encontrar a la persona apropiada ayuda, por supuesto. Yo se que él es honesto, bueno y verdadero y, convenientemente, tiene el antecedente familiar que a mí me falta. Pero también se que él nunca me hubiera encontrado si yo hubiera continuado escondiéndome.

Inconcientemente, seleccionamos nuestros elecciones. Cuando yo estaba evitando una conexión real, encontré hombres incapaces de ello. Cuando quise conectarme, mis gustos cambiaron.

Regreso a la boutique de novias, lista para decir "sí" al vestido de novia.

No tengo el velo puesto y puedo ver mi rostro claramente.

"Eres hermosa". Suspira mi madre nuevamente.

Le sonrío en el espejo y me doy cuenta de que, por primera vez en mi vida, estoy lista para tomar la mano de mi amado y caminar firmemente hacia lo desconocido.