Hace tres años estuve saliendo con un chico que ya conocía. Nos habíamos conocido unos años atrás, cuando él salió con una amiga mía. Él era un chico excelente. Así que cuando alguien sugirió que saliéramos unos años más tarde yo estuve de acuerdo.

Salimos. Él rompió mi corazón.

Sentimos una conexión muy poderosa al principio, y unos meses más tarde, cuando las cosas se empezaron a poner serias, me dijo que teníamos que conversar, y ahí me informó: "No siento nada por ti".

Yo sentí como si me hubieran lanzado de un puente.

Aparentemente, las cosas se habían acabado.

Estuve devastada durante tres agonizantes semanas, mientras él consultaba con sus amigos, rabinos y con la almohada. La respuesta final – enviada a través de un amigo – era que: él no podía comprometerse. Simplemente no podía hacerlo.

¿Que tan bueno puede ser si no le importa el daño que está haciendo?

Y luego vinieron las explicaciones a través de sus representantes diciendo: Él tiene problemas de intimidad, él quería terminar hace varias semanas, él no podía soportarlo, él tiene miedo a comprometerse.

Yo no había sido la única, yo lo sabía. Él estuvo comprometido y luego cortó todo; y además de los dramáticos altibajos que tuvo con una amiga unos años antes, él no había logrado entablar una relación seria.

"Esto no se trata de ti", me dijo una de sus amigas. "Él no debería estar saliendo. Él es tóxico".

"Pero él es una muy buena persona", protesté.

"Quizás", dijo ella, "pero, ¿qué tan bueno puede ser si no le importa el daño que está haciendo?".

Al final nos juntamos una vez más, yo le dije que él era maravilloso, amable, decente, y que sería un excelente padre y esposo... le dije además que tenía que trabajar esos problemas de intimidad y de compromiso, que se lo debía a si mismo, y a la mujer con la que saliera. Y que si no podía hacerlo, entonces, no debería estar saliendo.

Yo seguí adelante, lo perdoné. Pensaba en él sólo de vez en cuando... y sin ninguna amargura.

¿Tomamos un Café?

Tres años después intercambiamos e-mails, y luego una llamada llegó a mi oficina. Era él; yo sentí como si hubiésemos hablado el día anterior. Siempre la pasábamos tan bien. Teníamos una intimidad simple y divertida... simplemente nos gustábamos el uno al otro. Y en un instante todo volvió, y los dos hablamos acerca de eso.

"Me había olvidado de lo chistoso que eres", le dije.

Me había olvidado de lo mucho que me gustaba, de lo mucho que lo amaba. Incluso había olvidado cuando rompió mi corazón.

"Yo no me olvidé de lo chistosa que eres tú", él respondió.

Pero yo sí; Yo me había olvidado de lo mucho que me gustaba, de lo mucho que lo amaba. Incluso había olvidado cuando rompió mi corazón.

Justo cuando estaba pensando, "qué lástima que no podamos ser simplemente amigos", él me pregunto si me gustaría ir a tomar un café.

"¿Una taza de café como amigos o una taza de café como cita?", respondí perpleja.

"Una taza de café como cita", respondió.

"¿Pero, por qué?".

"Nunca me pude olvidar de ti".

"¿Nunca te pudiste olvidar de mi?", me reí. "¡La última vez que hablamos tú dijiste que no sentías nada por mi! ¿Por qué va a ser diferente esta vez?"

Me explicó: Él recordaba todo lo que yo le había dicho la ultima vez que nos vimos, y admitía que yo tenía razón. Él tenía serios problemas con la intimidad y el compromiso. Había estado asistiendo a un terapeuta, había trabajado en sus problemas, y ahora, me dijo, se sentía listo para volver a intentarlo. Él tenía apoyo, conciencia y motivación.

Yo me reí; Las excusas llegaban tres años después. Pero ahora que recuerdo lo loca que estaba por él, también recordé la forma en que me hirió. Yo no quería que me volviera a pasar, así que le dije que no.

Seguí diciendo "no" durante una semana o dos, hasta que finalmente él fue a ver a una de mis profesoras – mientras que yo esperaba el sabio veredicto de ella – y la convenció diciéndole que esta vez era serio, y que estaba listo para trabajar.

Y así comenzó todo nuevamente.

La conexión, la amistad, la diversión, la química, todo estaba ahí, pero aún mejor. Él estaba más disponible emocionalmente, más sensible a mis necesidades, paciente con mis propios miedos. Me sentí bien por unos meses, a pesar de mis preocupaciones ocasionales de que él se cerrara tal como lo había hecho antes. Él llamó a estas mis "alertas emocionales", me apoyó mucho y fue muy paciente y amable cada vez.

Él se abrió mucho más que la primera vez; me dijo que se pudo abrir más que nunca, y me hizo entender los problemas más profundos. Sus miedos, las razones por las que se había comportado de esa manera. Él tomó responsabilidad por haberme herido, por el hecho de que huyó. Entendió mis miedos, y fue paciente con mis propias imperfecciones y con mis propias batallas internas.

Al principio tuve miedo de "dejarme llevar" y de confiar que la relación era real. Seguí esperando a que él huyera, pero él me tranquilizaba con sus palabras y acciones; las cosas anduvieron bien. Suavemente me dejé llevar, bajé mi guardia, creí que esa vez si sería una relación duradera. Dejé de preguntarme cuando sería que desaparecería, y confié en él. Yo estaba muy feliz.

Discutimos el futuro en términos generales. Compartimos tiempo con los amigos de cada uno.

Cuando la gente – sus amigos especialmente – comenzó a presionar diciendo: "¿cuando, cuando, cuando?", yo me reía. Yo sabía que él necesitaba tomarse su tiempo, y yo no tenia ningún apuro. Yo podía esperar; él valía la pena.

Espacio, y más espacio

Pero luego comenzó.

Comenzó suavemente. Una noche las cosas se pusieron un tanto amargas, él reveló mucho y se retiró. Un obstáculo en el camino, pensé.

Esa amargura se nos pegó de alguna manera. Él no podía dejarla ir, necesitaba espacio, y más espacio. Traté de dárselo. Traté de ignorar mi propia incomodidad, mis propios miedos. Traté de suavizar mis propias reacciones dramáticas.

El espectro de nuestras citas se expandió. Ahora incluía visitas a terapeutas, rabinos, amigos de confianza y expertos, todos le explicaban que estaba teniendo problemas de comunicación, problemas para seguir adelante.

Él había aprendido que el amor a la pérdida, y que dejar que alguien entrara en su vida conduciría al dolor.

Era un caso clásico: al igual que yo, él había perdido a sus padres a una edad muy temprana. Había aprendido que el amor conducía a la perdida, y que dejar que alguien entrara en su vida conduciría al dolor.

Pero él estaba tratando. Necesitaba tiempo, espacio. Él necesitaba que yo lo ayudara a trabajar sus miedos, sus problemas.

Su terapeuta explicó que dejarme entrar en su vida era algo aterrador porque él había aprendido muchas veces que el amor conducía al dolor y a la pérdida.

Pero yo ya estaba adentro. Yo creía en él, yo creía en nosotros, y creía – devotamente, más que cualquier otra cosa que había creído antes – que nuestras imperfecciones hacían un balance perfecto entre los dos, y que nuestras fuerzas hacían del otro una mejor persona. Nunca antes había sentido tan claramente la sensación de haber sido creada para otra persona. No era color de rosas, pero yo sabía que juntos podíamos construir algo sólido y verdadero.

Y luego traté de manejar la situación de la mejor manera posible. Tan pronto como pensé que ya no podía más, él reaparecía – el hombre que yo adoraba, respetaba y admiraba – y me hacía recordar la razón por la que yo seguía ahí.

Todos los expertos coincidieron con lo que yo vi: Él estaba trabajando muy duro, tratando... y por eso yo lo amaba cada día más.

Pero, finalmente los avances se detuvieron, y ocurrió de nuevo.

Él simplemente no podía hacerlo. No podía seguir adelante. Él lo sentía mucho... lo siento, lo siento, lo siento.

Él seguía repitiendo esa palabra, como si significara algo. Como si la palabra pudiera hacer algo para hacerme sentir completa cuando yo estaba destrozada, cuando me sentía completamente tonta por haber esperado, por haber creído en él, por haberle dado una oportunidad tras otra, una tras otra...

Como si hubiera algo que se pudiera hacer para aliviar la sensación de haber sido abandonada por la persona que se había convertido en mi mejor amigo.

Grandiosa Retrospectiva

Esa clase de dolor, por supuesto, puede curarse sólo con el tiempo. Pero el dolor secundario es esa voz susurrando constantemente en mi cabeza diciendo que fui una tonta, que me hice daño, y que debí haberlo sabido.

¿Podría haberlo sabido?

En retrospectiva, es fácil mirar hacia atrás y resaltar esto y aquello, todas las señales de la eventual ruptura. Pero también seria igual de fácil resaltar todos esos puntos que me dieron a mí, y a todo el mundo, esperanza.

# 1: Claridad en las razones para salir Desde la primera llamada, estaba todo claro: Esta relación era para ver si éramos compatibles para casarnos.

Estaba todo claro porque había una señal de alerta: nuestra fallida relación previa. Pero él tomo responsabilidad por ello.

# 2: Explícita disposición para casarse Él reconoció los problema que lo habían descarrilado anteriormente, había trabajado en ellos, y contaba con apoyo esta vez. Cuando alguien sale, sale y sale, dice la experta en citas Rosie Einhorn, algún cambio significativo tiene que ocurrir para que él o ella den un paso adelante. Puede ser asistir a terapia, un descanso psicológico, o algún evento que lo impulse a actuar, pero algo tiene que cambiar. Es lindo pensar que todos estamos esperando a que aparezca la persona correcta... pero lo más probable es que las cosas que hay que cambiar estén dentro de la persona que no logra avanzar.

#3: Una progresión normal de los sentimientos La verdadera alerta fue cuando la penumbra comenzó, cuando él dijo que no podía seguir adelante mientras que yo estaba lista para hacerlo. Debe haber una igualdad en la relación. Una gran señal es cuando uno de los dos siente que esta significativamente más adelante que el otro. Especialmente si el que se está quedando atrás ya tiene un historial de compromisos fallidos u otros problemas relacionados.

Todas las relaciones tienen obstáculos, pero hay claras señales de alerta cuando hay muchas preocupaciones acerca de sentirse "presionado" (especialmente cuando no estas presionando), exceso de miedos inexpresables, o algún otro nudo que previene el progreso normal de una relación. Las cosas no tienen que ir a un paso acelerado, pero tienen que moverse.

#4: Preocúpate de tus propios problemas Yo estaba siendo arrastrada del terapeuta al rabino una y otra vez, ayudándolo a resolver sus problemas que interferían en nuestra relación. Yo estaba demasiado dispuesta a ayudarlo en todas las formas posibles, viendo como mis acciones lo estaban afectando a él, etc. Este es un aspecto normal en cualquier relación, pero debí pensar que los problemas eran de él y no míos.

Una relación romántica es una conexión muy volátil, no se puede utilizar como método de prueba para saber si los problemas han desaparecido, lamentablemente yo entendí esto cuando ya era demasiado tarde. Sus problemas deberían haber estado resueltos, o por lo menos deberían haber estado en un nivel de avance significativo antes de que yo entrara en la película. Él debió "probar" primero con su terapeuta, sus amigos, familiares... no con su novia. No puedes trabajar esos problemas en una relación donde la palabra "ruptura" está siempre sobre la mesa. La seguridad que las dos partes necesitan no está ahí. Fue una expectativa totalmente irracional de su parte, y una carga injusta que él puso sobre mí.

#5: Ten un plan En última instancia, dice Rosie Einhorn, en un caso como este, en donde ya es la segunda vez que la pareja se reencuentra, debe haber un plan muy claro: 10 citas y luego la decisión (por ejemplo). Cuando ella sugirió que, en retrospectiva, este hubiera sido un buen plan, yo inmediatamente supe que hubiera sido demasiada presión para él. Mi novio nunca habría aceptado. Y ahí yace la respuesta: ¿Podría haber previsto lo que iba a ocurrir? Quizá sí. Una cosa es no acelerar una relación, pero saber desde el principio que hay campos minados alrededor que impiden cualquier tipo de movimiento, esto indica de hecho, que él simplemente no podía hacerlo.

Corriendo el riesgo

Entonces... con toda la claridad que obtuve de esta visión retrospectiva, quizás sí podría haber sabido lo que iba a ocurrir. Quizás me coloque en un lugar donde me podían tirar abajo nuevamente. ¿Pero, acaso importa?

Quizás hay una lección que debo aprender, y que espero poder internalizar una vez que mis heridas se hayan curado un poquito.

Por ahora, siento como que aposté y perdí. Me dieron a probar algo muy dulce – estar con un hombre que valía la pena amar y respetar, que me hacía sentir una mejor mujer cuando estaba con él – y me lo quitaron sin ninguna buena razón que yo pueda aceptar.

Pero por lo menos sé que tuve el coraje de apostar.

Y, sólo tengo que estar preparada para cuando se acerque la próxima apuesta.