Fui invitada a asistir en el parto del bebé más pequeño de la esposa de mi Rabino. Durante el parto, algo no anduvo bien y el bebé nació asfixiado. Los siguientes minutos parecieron una eternidad, el bebé no respiraba a pesar de los esfuerzos heroicos. Finalmente los doctores se llevaron al bebé y yo me quedé sola con los padres.

El jefe de neonatología regresó tres horas después para darnos un informe. Fue bastante duro. El bebé había estado sin oxígeno por diez minutos y presentaba complicaciones en ambos lados de su cuerpo. Para reconfortarnos, dijo que el bebé recibiría el mejor cuidado posible durante el resto de su vida. El doctor concluyó con un poco de inseguridad en su voz, "Hay que tener esperanza, las cosas saldrán bien".

Mientras yo llevaba a la madre del bebé en silla de ruedas hacia su habitación, mi Rabino se acercó a ella y le dijo confiadamente, "No te preocupes, el doctor dijo que las cosas saldrán bien".

 

"La vida se trata de esperanza", me dijo mi Rabino hace unos años atrás, mientras yo sostenía que "las circunstancias" hacían que una situación fuera desesperanzadora.

 

"La vida se trata de esperanza", me dijo mi Rabino hace unos años atrás, mientras yo sostenía que "las circunstancias" hacían que una situación fuera desesperanzadora. Esperanza es el reconocimiento de que Dios es todo poderoso y puede "vencer las probabilidades". Pero ver a mi Rabino "viviendo" este concepto en la práctica fue desorientador. Para mí, dadas las circunstancias, me pareció casi inapropiado.

A pesar de sus palabras de aliento, yo no vivía en la ciudad de la esperanza. La visitaba a veces, pero nunca me había quedado por mucho tiempo. Yo caminaba alrededor de la esperanza sin comprometerme totalmente con ella. Yo vivía en los suburbios de la esperanza.

Un año después, el bebé se había desarrollado casi sin ninguna complicación. Él respondía cuando me veía, tenía canciones favoritas, caminaba con la ayuda de una sola mano y tenía una hermosa sonrisa. El excedió las expectativas. Cada logro era celebrado, como si nunca un bebé hubiera cruzado una alfombra o hubiera puesto bloques dentro de un cubo.

La diferencia entre mi Rabino y yo, es que aún en los momentos más difíciles, él sinceramente tenía esperanzas. En esos mismos momentos, yo me "enfrentaba a las circunstancias", y me dirigía a los suburbios de la esperanza, donde frases como "si Dios quiere" y "espero que sí" disimulaban todas mis dudas.

Recientemente volé a otra ciudad para encontrarme con un hombre en una cita, una amiga en una tercera ciudad pensó que debía conocerlo. Estuvimos tan compenetrados en la conversación que cuando él vio su reloj por primera vez, apenas había tiempo como para que yo tomara mi vuelo de regreso. Mientras me acompañaba hasta el auto, él dijo, "Gracias por viajar 5000 kilómetros para almorzar conmigo. Ahora es mi turno de visitarte". Mientras mi auto se dirigía al aeropuerto, el permaneció inmóvil bajo la nieve, viendo como yo me alejaba. En el vuelo de vuelta a casa, lloré durante cinco horas y media, desde el despegue hasta el aterrizaje.

"¿Por qué lloraste?", me preguntaron mis amigos. La verdad, es que un gran cambio ocurrió al final de esa cita mientras yo me alejaba. Abandoné las estadísticas. La enorme distancia geográfica entre nosotros, la improbabilidad de encontrar al "Sr. Perfecto" de esa manera. Miré hacia adelante y vi como todas mis esperanzas tomaban forma. Está bien, quizás no con aquel hombre en particular, o en aquel momento en particular, pero con algún hombre, en algún momento... quizás muy pronto.

De alguna manera, cuando me miró a través de la nieve, dejé atrás mis propias inseguridades – o más puntualmente, mi desesperanza disfrazada de falsa alegría. Esa tarde, dejé atrás los suburbios y me mudé a la ciudad de la esperanza.

Soy nueva aquí. Me sentía más a gusto en los suburbios, después de años de hablar acerca de citas inútiles con mis amigos felizmente casados. A veces me deslizo hacia los suburbios. Pero la verdad es que no puedo volver atrás. Estoy construyendo mi hogar en el centro de la esperanza. Al final todo saldrá bien... ¡no!, todo saldrá maravilloso.