Un poco antes de cumplir 30 años, me di cuenta que yo era muy bueno seduciendo mujeres. Pasé mucho tiempo aprendiendo con diligencia todas las "reglas" y aplicando los comportamientos de caballero con los cuales me habían criado. Conocí a cientos de mujeres a través del trabajo, en la calle, y en sitios de citas online, todo con el objetivo de seducirlas para que salieran conmigo.

Las "reglas" eran: establecer un buen contacto visual; sonreír; decir cumplidos sinceros —no amenazantes— acerca de cosas que ellas habían elegido como parte de su atuendo (zapatos, un collar, gafas); hacer las preguntas adecuadas y escuchar las respuestas con interés; sugerir improvisadamente reunirse de nuevo, y lo más importante, obtener un número de teléfono.

Yo tomaba notas después de los encuentros para recordar los detalles de las conversaciones (era mucha información como para recordarla sin ayuda) y aparentaba ser aún más sincero. Dos días más tarde (no uno y no tres), yo llamaba con un plan para una cita, indicando implícitamente que yo había escuchado todos los detalles que ellas habían compartido conmigo cuando nos conocimos por primera vez.

Antes de la primera cita, yo me aseguraba de lavar el coche y me vestía moderadamente a la moda, poniendo especial atención en los zapatos (las mujeres están obsesionadas con los zapatos). Pasaba a buscar a mi cita con 10 minutos de retraso (para asegurarme de que estuviera lista), y salíamos a pasarla bien.

Yo era un maestro de la seducción y eso me hacía sentir bien conmigo mismo.

En la primera cita, yo abría las puertas, pagaba las cuentas, escuchaba más de lo que hablaba, tenía cuidado con el alcohol (un vaso de vino, no más), y tenía un plan en mente para el próximo encuentro. Este enfoque continuó así con poca variación en la estrategia o en los resultados. La primera cita conducía a una segunda, la cual llevaba a una tercera. Dentro de unas semanas me encontraba a mí mismo, invariablemente, en una relación íntima con una persona que ni siquiera conocía. Yo era un maestro de la seducción y eso me hacía sentir bien conmigo mismo.

Por un tiempo.

Yo no escribí este relato como una guía para que sigan mi ejemplo. Sólo estoy tratando de explicar lo poco romántico que era el proceso y cómo carecía de todo sentimiento humano honesto para mí y para las mujeres involucradas. Era un juego que muchos adultos jóvenes juegan hoy en día, y luego se quejan de que perdieron la oportunidad de casarse y tener hijos.

Yo casi la perdí.

Hay una mejor manera de hacer las cosas; una manera que cambia toda la naturaleza de las citas transformándolas de un mero deporte a una relación. Tienes la oportunidad de conocer a una persona como persona: sus intereses, sus objetivos de vida, sus creencias. Escuchas acerca de su familia, su carrera y sus amores de la infancia. Observas con atención: ¿Es pulcra o desordenada? ¿Se enoja rápidamente, o reacciona con calma? ¿Vive sus creencias, o simplemente predica?

¿Realmente te agrada esta persona? Más importante aún, ¿la respetas?

Sólo entonces decides tener una relación. Te has conectado y comprometido intelectualmente, emocionalmente y espiritualmente, antes de ni siquiera pensar en la intimidad física. Toma tiempo y esfuerzo, y cuando se hace correctamente, produce intimidad para toda la vida en todos los niveles, lo cual hace que cualquier otra relación humana palidezca en comparación. Esa es la manera en que se supone que las cosas deben suceder.

Me saltaba la etapa de "conocerse" y llegaba directo a una falsa intimidad.

Pero esa no era la forma en que las cosas ocurrían en mi mundo. Yo me saltaba la etapa de "conocerse" y llegaba directo a una falsa intimidad. Y una vez que las cosas llegan a ese punto, nunca parecen volver atrás a la etapa de "conocerse". Estás atrapado con lo que tienes y estás convencido de que todo saldrá bien por todas las cosas emocionantes y espectaculares que pasan a tu alrededor.

Invariablemente uno de los dos recuperaba la sobriedad y decidía seguir adelante. Podía ser un par de meses, un par de semanas o incluso unos pocos días (¡una relación duró dos años y yo casi me casé!). De vez en cuando, yo reciclaba las cosas con un viejo amor después de un tiempo si no encontraba nuevas aventuras por mi cuenta. Pero cada vez, tan pronto terminaba una relación, yo me dirigía inmediatamente a la siguiente.

Amor verdadero

Podría parecer como si yo hubiera manipulado a las mujeres con las que salía, pero te aseguro que no lo estaba haciendo. Existe una subcultura entera basada en este tipo de falsa intimidad. Así como yo estaba viviendo un estilo de vida de monogamia en serie, así también lo estaban haciendo ellas. Eso es lo que hicimos durante esa época de la vida. Estas mujeres tenían carreras y metas, y la mayoría eran probablemente más conscientes de sí mismas que yo. Es por eso que se involucraron conmigo. Ellas, tanto como yo, querían esa tenue sombra de las cosas que existen en un matrimonio, pero sin todo el trabajo real y el compromiso que implican. Como yo observaba cuidadosamente las "reglas" y seguía las pautas de comportamiento caballeroso, estas mujeres me consideraban un "buen chico ", y así todo iba bien.

Hice esto durante siete años.

Empecé mi propio negocio y tenía un poco de dinero ahorrado en el banco. Jugaba golf con mis amigos los sábados por la mañana. Vivía en la ciudad más bella de los EE.UU. y estaba saliendo con el "amor de mi vida" de turno.

Entonces empecé a asistir a la sinagoga, comencé a explorar la espiritualidad judía y me puse a pensar en las cosas desde una perspectiva un poco diferente. Me di cuenta que algo andaba mal. Debería haber sido feliz con mi estilo de vida, pero me di cuenta de lo solo que estaba. Qué poco me valoraba a mí mismo y qué poco valoraba lo que tenía para ofrecer verdaderamente a los demás. Me di cuenta que a pesar de todas las citas y el supuesto romance, yo no había estado enamorado desde hacía muchos años. Más tarde me di cuenta de que nunca había estado enamorado realmente, nunca.

Me di cuenta que a pesar de todas las citas y el supuesto romance, yo nunca había estado enamorado realmente.

Dejé de perseguir al entonces "amor de mi vida" de turno y a ella realmente no le importó. Ella no entendía la “cosa” judía de los viernes por la noche de todos modos. Dejé de jugar golf los sábados y gravité hacia un estilo de vida más observante. Empecé a hacer amigos que compartían mis valores y me puse a averiguar quién era yo y qué quería realmente de la vida.

Dejé de salir en citas durante un tiempo para darme un espacio necesario para la introspección y la auto-exploración. Después de aproximadamente un año invité a salir a una de las mujeres que había conocido en la sinagoga. Después de salir durante un par de meses, decidimos que no éramos compatibles para el matrimonio y cada uno siguió con su vida. Seguimos siendo amigos, probablemente porque éramos amigos antes de salir en citas y porque dejamos de salir antes de que alguien terminara herido.

Entonces conocí a mi esposa. Ella entró en la habitación y me dejó sin aliento. Salimos a tomar una taza de café y hablamos durante horas. Ella, al igual que yo, tenía claro que estaba saliendo para casarse. Eso es algo que definitivamente va en contra de las "reglas".

Al día siguiente no pude contenerme, la llamé y le dejé un mensaje de voz diciéndole que la había pasado muy bien y que quería volver a verla. Rompí las "reglas" de nuevo.

Dos domingos después fuimos a una bodega de vinos casher, empacamos un picnic, y hablamos desde la mañana hasta la noche acerca de las cosas que queríamos. Quiénes éramos. Lo que creíamos. Cómo queríamos vivir. Hablamos acerca de la fe y la carrera profesional, el dinero y los niños. Eso es absolutamente en contra de las "reglas".

Salíamos varias veces a la semana. Conocí a sus padres. Ella conoció a los míos. Conocimos a los amigos de cada uno. Asistimos a la sinagoga juntos. Después de dos meses, le propuse matrimonio. Ella dijo que sí sin pensarlo y luego dijo que sí nuevamente después de recuperar el aliento.

La zarza ardiente

Nos casamos seis meses después, y en los cuatro años que hemos estado juntos, hemos atravesado crisis financieras, problemas familiares, embarazos perdidos, cambios de carrera, y hemos sido bendecidos con una hermosa hija en una etapa tardía de la vida. Somos socios y amigos. Yo definitivamente no estoy solo. La emoción de seducir a una nueva mujer no es nada comparada con la aventura de descubrir nuevas cosas sobre mí y mi esposa todos los días. Y no es nada comparada con la crianza de mi pequeña hija.

Pero he aquí el punto.

Durante siete años, la oficina de mi esposa estuvo a tres cuadras de distancia de mí antes de que yo la conociera.

Durante siete años, la oficina de mi esposa estuvo a tres cuadras de distancia de mí antes de que yo la conociera. Descubrimos que aparcábamos en el mismo estacionamiento. Vivíamos a pocas cuadras de distancia el uno del otro durante dos años, y vagamente recordábamos habernos topado en una tienda de barrio. Los dos tenemos una pasión por las golosinas y en varias ocasiones nos topamos, tarde por la noche, comprando dulces. Había una serie de otros “casi encuentros”.

Ahora estamos a mediados de nuestros 40. Y si bien estamos agradecidos de que Dios golpeó la mesa lo suficientemente fuerte como para que nosotros escucháramos finalmente el mensaje, realmente nos habría gustado conocernos antes. Amamos tanto a nuestra pequeña hija que nos duele mucho la idea de que si nos hubiésemos conocido antes, quizás podríamos haber sido bendecidos con cinco pequeños más como ella.

La primera vez que estudié la porción de la Torá que habla de Moshé y la zarza ardiente, el rabino le preguntó al grupo cuánto tiempo pensábamos que el arbusto había ardido delante de Moshé antes de que él se diera cuenta y prestara atención. Pienso mucho en eso en estos días. Con todos esos casi encuentros, ese arbusto puede haber estado ardiendo durante años antes de que yo lo viera. Perdí siete años cegado por la "falsa intimidad" y un año que pasé recuperándome de la misma. ¿Qué habría pasado si lo hubiera visto antes?

Es difícil vivir en el mundo de hoy y ser soltero. Es difícil ver a los monógamos en serie que aparentan ser felices y no querer probar aquel estilo de vida mientras esperas por tu verdadera alma gemela. Doy gracias a Dios todos los días de que salí a tiempo de todo aquello para conocer a mi esposa e hija. Me estremezco al pensar lo que podría haber sido de mí, y para tantos otros por ahí, lo que aún podría ser.