Hace unas semanas comencé a escribir en una lista de difusión de clases de Torá para mujeres de habla hispana. Mi columna trata sobre el matrimonio, tomándolo desde sus comienzos: el proceso de búsqueda de pareja, hasta cómo llevar adelante la cotidianeidad en todas sus etapas. 

Esta posibilidad me permitió releer y estudiar algunos libros que versan sobre estos puntos. En particular, el libro del Rav Snertz Un pequeño libro para un gran matrimonio, arroja luz sobre el concepto de amor que el mundo en general utiliza, pero que para el judaísmo tiene una connotación muy diferente.

Esta idea me pareció super útil. 

En términos generales, el proceso de formación de una pareja en el mundo occidental se da a partir de que una persona conoce a otra y siente una atracción física y/o emocional. Si este sentimiento es mutuo, comienzan a salir y se formaliza un noviazgo. Si la motivación inicial es grande y se llevan bien, avanza la relación convirtiéndose él/ella en “el amor de mi vida”.

Vale preguntarnos, ¿qué pasa cuando esa relación termina disolviéndose tiempo después? ¿Dónde quedó el gran amor inicial? ¿Se evaporó?

En el judaísmo, la formación de una pareja se realiza a través de un proceso activo de búsqueda del candidato/a. Esto marca una diferencia con el mundo occidental, donde las personas se “encuentran” las parejas, pero en verdad, no las están buscando.

Vale preguntarnos, si para elegir una carrera universitaria hacemos un análisis exhaustivo de nuestras capacidades, gustos, ofertas académicas disponibles, conversamos con personas idóneas en cada área, etc. ¿Por qué una de las decisiones más importantes de la vida, como el formar una relación amorosa, no pasa por ese mismo proceso de ponderación de variables?

En el sistema ideal judío de formación de parejas (shiduj), existen dos instancias separadas que ordenan el proceso. Primero, existe una instancia objetiva de la búsqueda de la pareja. En esta primera etapa averiguamos: 

1) Los valores de la persona.
2) Los objetivos de la persona.
3) El ambiente del cual proviene. 

Idealmente, esta información debe ser recogida por una tercera persona, sin que haya un involucramiento personal. 

Una vez que el/la candidato/a logra constituirse en un potencial cónyuge, se pasa a la segunda etapa, la instancia subjetiva. La cual, consiste en conocerse mutuamente para darnos cuenta si tenemos la motivación necesaria para formar una relación y un futuro matrimonio. Esta instancia es muy importante, ya que ahí nos damos cuenta si nos divertimos juntos, si nos gustan las mismas cosas, si nos hacemos reír, etc. El principal indicio es cuando pasamos horas conversando y perdemos la noción del tiempo. 

Ahora bien, ¿cómo podemos adaptar este sistema a la realidad de muchos jóvenes que están recién acercándose al mundo de la Torá, donde los cambios en muchos casos son paulatinos y progresivos?

Primero que todo, creo que es muy poderoso internalizar la explicación sobre el concepto de amor judío. El cual no existe como tal en los momentos previos al matrimonio, donde en realidad lo que se da es un “proceso de enamoramiento”. Esta emoción va desapareciendo luego de casarnos, porque se constituye a partir de algo que no tenemos en ese momento (el compromiso seguro a través del acto matrimonial). Una vez que hemos pasado por la jupá, e hicimos efectiva la unión para formar un hogar juntos, empieza a hacerse a un lado el enamoramiento y comienza a surgir el amor real. El amor real está basado ya no en una idealización de nuestro cónyuge, como en las etapas iniciales, sino en sus características reales, que conocemos a través de la convivencia diaria. Allí las diferencias y tensiones están a la vista, pulimos nuestras características personales para lograr que este amor real fluya en todos los aspectos de nuestra vida.

Tenemos que tener en cuenta la primera instancia objetiva del sistema de shidujim, en la cual es imprescindible averiguar valores, objetivos y ambiente del cual proviene la persona. Creo que intentar recaudar esta información de manera inicial cuando alguien conoce a otra persona es muy valioso. 

Esto implica alejarnos un poco de los cánones actuales, donde en general, no está bien visto hacernos ciertas preguntas en una primera conversación. Por ejemplo, me refiero a dialogar sobre ¿qué aspiramos en la vida?, ¿cuáles son nuestros objetivos a corto y largo plazo?, ¿vemos la formación de un hogar como un valor importante?, ¿cómo fuimos educados de pequeños?, ¿cómo son nuestras relaciones familiares? Suele suceder que, por vergüenza, no realizamos estas preguntas, pero justamente estas preguntas son por así decir la “linterna” que nos puede alumbrar el camino.

En conclusión, con esta información, ahora sabemos que no estamos imposibilitados de sentir emociones que nos liguen profundamente a un novio/a. Pero, aprendimos que eso no es lo único que hace falta para lograr un vínculo y un matrimonio sólido. Podemos animarnos a profundizar un poco más, dejar de lado la idealización que tenemos de la otra persona, e indagar si objetivamente estamos parados en el mismo punto de la vida. Ser valientes para hacer los cuestionamientos esenciales en los primeros momentos nos puede ahorrar muchas angustias futuras. Si ese vínculo no funciona, seguramente con la ayuda de Hashem encontraremos la persona que sí es para nosotros, aquella que nos motive a dar el “gran paso”, para poder amarnos en ese escenario ideal de mejoramiento personal llamado matrimonio.