¡Buen día! Mi abuela siempre estaba preocupada. Cuando todo estaba bien, ella se preocupaba por lo que no sabía que podía estar mal. Cuando era pequeño y tenía fiebre, llamaba a mi abuela sól9 para oír su krechtz (un suspiro ansioso) y que dijera: “¡Oy, bey is mir!” (Pobre de mí). Entonces ella decía en idish: “Debería caer sobre mi cabeza y no sobre la tuya, ¡yo debería estar enferma y no tú!”. ¡Ya no hacen más abuelas como esta!

La preocupación es destructiva. Debilita. No logra nada. Nos impide tener alegría en la vida y ser productivos. Sin embargo, para la mayoría de las personas es muy difícil dejar de preocuparse.

La preocupación fue comparada con un interés que se paga por adelantado por una deuda que quizás nunca sea necesario devolver. La preocupación es como una mecedora: vas hacia adelante y hacia atrás, pero no llegas a ninguna parte. Cuando nos preocupamos, tememos las consecuencias futuras. En lo más profundo, los “preocupados crónicos” creen que los eventos futuros ya son reales.

Entonces, ¿por qué nos preocupamos? La mejor respuesta que encuentro es que debe haber algún beneficio psicológico. Nos vemos enfrentados con una situación o un resultado posible que nos sentimos impotentes de cambiar. Preocuparnos (en un nivel emocional) nos da la sensación de que hacemos algo al respecto. Quizás sentimos que si no nos preocupamos, no tomamos seriamente ese evento… ¡y eso no es correcto!

Nos sentimos impotentes, sin poder cambiar nada. ¿Por qué? Algunas cosas están fuera de nuestro alcance.

¿Cómo podemos dejar de preocuparnos? Desde la perspectiva de la Torá la respuesta es simple, aunque su implementación es bastante difícil: confiar en Dios. Piensa en esto: o confías en ti mismo (en tu cerebro, tu poder, tu dinero, tus conexiones), o confías en Dios. ¿Quién tiene realmente el poder para cambiar las cosas? Tenemos que hacer nuestro esfuerzo, pero nada ocurre a menos que Dios así lo desee. Una vez que entendemos que Dios tiene el poder para cambiar las cosas, podemos comenzar a disminuir el estrés. Como le gustaba recordar a sus alumnos a mi maestro, Rav Nóaj Weinberg: “Si Dios te ayuda, ¿piensas que podrás hacerlo?”.

¿Dios desea ayudarte? ¡Sí! Tu desafío es comprender que lo que enfrentas (grande o pequeño) es una oportunidad que Dios te dio para crecer en tu carácter y tu espiritualidad, para tu propio beneficio al permitirte acercarte más a Dios.

Antes de que me llames, me envíes un fax o un e-mail para decirme que soy ingenuo y simplista, y exijas que te borre de mi lista, pregúntate a ti mismo: “¿Qué lecciones vitales aprendí, en qué crecí cuando todo marchaba sobre ruedas?”. A todos nos gusta la comodidad. No deseamos ni buscamos el dolor, el sufrimiento ni los desafíos. Sin embargo, en retrospectiva vemos que el crecimiento llega a través de los desafíos. No lo aceptes de mí. Lee lo que escribió Miles Levin, un joven de 19 años que luchó contra un cáncer agresivo y doloroso que finalmente puso fin a su vida:

Trataré de explicar por qué esto (el cáncer) es lo mejor que me pudo pasar. Hay sólo un camino a la grandeza y este pasa por el infierno. Las pruebas construyen o quiebran a la persona. Mientras mayor es la prueba, más fuerza puedes lograr al superarla o más lejos llegará tu caída. Por eso, si bien recibí una terrible maldición, también recibí una increíble oportunidad. Llegaré tan lejos como a llamarla una fea bendición”. (LevinStory.com)

Confiar en Dios no significa que todo saldrá de la forma en que lo deseamos; confiar en Dios implica que sin importar lo que pase, esa es la forma en que debe ser y es lo mejor para mí.

¿Cómo se desarrolla la confianza en Dios? Haz una lista de los momentos en que Dios te ayudó en el pasado. Agradécele a Dios, expresa tu gratitud por lo que Él hizo por ti y por las bendiciones que te ha brindado. ¡Pídele ayuda! Reza. Dedica tiempo y esfuerzo a estos tres pasos cada vez que comiences a preocuparte.

El Talmud nos instruye que debemos “alabar a Dios por las cosas malas que suceden tal como lo alabaríamos por las cosas buenas” (Talmud Brajot 54a). Podemos pensar que algo es malo porque es doloroso o amargo, pero tal como una medicina puede ser amarga, no es algo malo. En definitiva, es para nuestro propio bien.

Cuando le preguntaron cómo es posible bendecir por lo malo tal como uno bendeciría por lo bueno, Rabí Elimelej, un judío sabio y sagrado que vivía en la más terrible pobreza y que tenía una buena porción de aflicciones, respondió: “No sé por qué me lo preguntan a mí. ¡En toda mi vida nunca me pasó algo malo!”

La porción semanal de la Torá

Tazría, Levítico 12:1 – 14:9

La Torá continúa con las leyes de pureza física y espiritual. El foco de esta porción es la tzaráat, una aflicción física sobrenatural que llegaba para advertirle a alguien que debía cuidarse de no hablar mal de los demás. La enfermedad progresivamente afectaba la casa, la ropa y luego la piel de la persona, a menos que el individuo corrigiera su camino y siguiera el proceso de purificación que define la Torá.

Hay dos clases de transgresiones con la palabra: 1) Lashón Hará (literalmente: mala lengua): efectuar declaraciones despectivas o dañinas sobre otra persona, incluso si lo que se dice es verdad… y 2) Rejilut (chismerío): decirle a alguien las cosas negativas que otra persona dijo o que hizo en su contra. Para profundizar sobre este tema, puedes conseguir en las librerías judías el libro de Rav Zelig Pliskin, Cuide su palabra

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Devar Torá

Basado en Grow Through Torah por el Rav Zelig Pliskin

 

La Torá dice:

“Y será en afección de tzaráat en la piel de su carne” (Levítico 13:2)

En este versículo se usa el término vehaiá (“y será”), que denota alegría. La tzaráat es una aflicción muy dolorosa, ¿qué alegría podía haber al sufrir de ella?

El dolor puede verse como significativo o azaroso. Si el dolor tiene significado (como el dolor que acompaña al parto), es más soportable. Si uno entiende que el dolor puede ser un llamado de atención para examinar nuestra vida, una expiación por algo malo que hicimos o un desafío y una oportunidad para crecer, entonces se puede valorar el dolor y apreciar su beneficio. Una persona puede desear no haber tenido que sufrir ese dolor. Puede detestar el dolor. Sin embargo, cuando se lo focaliza debidamente podemos encontrar un elemento de alegría al valorar el significado del dolor.

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Devar Torá

Basado en Grow Through Torah por el Rav Zelig Pliskin

La Torá dice:

“El cohen lo observará en el séptimo día” (Levítico 13:5)

La Torá requiere que un cohen sea quien decide si la aflicción de la piel es realmente tzaráat. Esto se debe a que los cohanim eran personas espirituales que enseñaban a los demás sabiduría. Ellos eran capaces de aconsejar a quienes eran afectados para que revisaran minuciosamente su comportamiento y corrigieran sus faltas. Ellos también le enseñaban a la persona cómo rezar a Dios para pedirle ayuda. Además, los cohanim mismos rezaban en beneficio de la persona afectada (comentario de Seforno).

Esta es una lección para quien siente que Dios le ha enviado una aflicción. Encuentra un guía espiritual que sea capaz de señalarte en qué áreas puedes mejorar, pídele su consejo respecto a cómo rezar y pídele que rece por ti. Quienes siguen este procedimiento obtendrán grandes ganancias de su sufrimiento.

 

Encendido de Velas

5 de abril

(O consultar: www.aishlatino.com/sh/hedv/109619944.html)

Jerusalem 6:21
Barcelona 8:02 – Bogotá 5:46 - Buenos Aires 6:26
Caracas 6:20 - Ciudad de México 6:34 - Guatemala 5:57
Los Ángeles 6:59 – Madrid – 8:24 PM
Miami 7:21 - Montevideo 6:16 – Nueva York 7:06
Panamá 6:10 - San José (Costa Rica) 5:28 – Santiago 6:14

 

Cita de la semana

La preocupación no hace nada respecto al futuro,
Pero destruye hoy tu paz mental

 

Shabat Shalom  Rav Kalman Packouz