El 11 de agosto del 2017 falleció quien en ese momento era el hombre más anciano del mundo, un mes antes de cumplir 114 años (él fue uno de los diez hombres que más vivieron desde que comenzaron a llevar el registro). Si no sabes nada de su vida, justificadamente puedes llegar a pensar que tuvo una vida pacífica, libre de miedos, angustias y peligro.

Pero en verdad fue exactamente lo contrario. Esta persona fue Israel Kristal, un sobreviviente del Holocausto. Él nació en Polonia en 1903, sobrevivió 4 años en el gueto de Lodz y luego lo transportaron a Auschwitz. En el gueto murieron sus dos hijos. En Auschwitz asesinaron a su esposa. Cuando liberaron Auschwitz, él era un esqueleto andante que pesaba sólo 37 kilos. Fue el único miembro de su familia que sobrevivió.

Creció como un judío religioso y lo siguió siendo durante toda su vida. Cuando terminó la guerra y todo su mundo estaba destruido, se volvió a casar, esta vez con otra sobreviviente del Holocausto. Tuvieron hijos e hicieron aliá a Haifa. Allí volvió a dedicarse a la repostería, tal como lo había hecho en Polonia antes de la Guerra. Él fabricó golosinas y chocolates. Se convirtió en un innovador. Si alguna vez probaste las cáscaras de naranja israelíes bañadas en chocolate, o los chocolates con licor en forma de pequeñas botellas, cubiertas con papel metalizado, entonces disfrutaste de los productos que él originó. Quienes lo conocieron dijeron que era un hombre que no tenía amargura en su alma. Él quería que la gente sintiera la dulzura.

En el año 2016, a la edad de 113 años, finalmente celebró su bar mitzvá. Cien años antes eso había sido imposible. Para entonces su madre había muerto y su padre estaba luchando en la Primera Guerra Mundial. Con un sentido casi poético de adecuación, Israel falleció en la víspera de Shabat Ekev, la parashá que incluye el segundo párrafo del Shemá con sus mandamientos de colocarnos tefilín y enseñar Torá a nuestros hijos, "para que tú y tus hijos vivan largos años en la tierra que Hashem prometió a tus ancestros".

Israel Kristal cumplió fielmente ambas mitzvot. En su bar mitzvá bromeó diciendo que era la persona más anciana que se colocaba tefilín. Él reunió a sus hijos, nietos y bisnietos debajo de su talit y dijo: "Aquí hay una persona, y miren cuántas otras personas él trajo a la vida. Mientras estamos todos parados debajo de mi talit, no puedo evitar pensar: seis millones de personas… Imaginen el mundo que ellos hubieran podido construir". Él era un hombre extraordinario. Su vida nos ayuda a entender uno de los versículos más apasionantes de la Torá. Al describir la muerte de Abraham, nuestra parashá dice que él: "expiró y murió en buena vejez, anciano y satisfecho" (Génesis 25:8). Esta es la muerte más serena que registra la Torá. Sin embargo, debemos considerar su vida, cargada de una prueba tras otra.

Para seguir el llamado de Dios, Abraham tuvo que despedirse de su tierra, de su lugar de nacimiento y de la casa de su padre y viajar a un destino desconocido. Dos veces la hambruna lo obligó a salir al exilio, donde su vida corrió peligro. Le prometieron una descendencia numerosa, como el polvo de la tierra y las estrellas del cielo, pero no tuvo hijos hasta una edad muy avanzada. Entonces Dios le dijo que alejara de su hogar al hijo que había tenido con Hagar, la sirvienta de Sará. Y si esa prueba no fue suficientemente difícil, Dios le dijo que sacrificara a Itzjak, su único hijo con Sará, de quien Dios le había dicho que sería su heredero y quien transmitiría el pacto a las futuras generaciones.

Siete veces le prometieron una tierra, pero cuando Sará murió, no poseía ni siquiera un terreno en el cual poder enterrarla, y tuvo que negociar con los hititas para que le permitieran comprar un campo y una cueva. Tuvo una vida de esperanzas decepcionadas y cumplimientos retrasados. ¿Qué clase de hombre era este sobre quien la Torá nos dice que murió "en buena vejez, anciano y satisfecho"?

La respuesta a esta pregunta la descubrí a partir de una serie de encuentros transformadores con sobrevivientes del Holocausto. Ellos se encuentran entre las personas más fuertes y vitales que he conocido. Durante años me había preguntado cómo fueron capaces de sobrevivir a todo eso, después de ver lo que vieron y saber lo que sabían. Ellos vivieron en la más profunda oscuridad que existió en una civilización.

Eventualmente logré entender lo que habían hecho. Casi sin excepción, cuando terminó la guerra, ellos se enfocaron con intensidad en el futuro. Fueron extranjeros en una tierra extraña, construyeron sus hogares y sus carreras, se casaron, tuvieron hijos y trajeron nueva vida al mundo.

A menudo no hablaron sobre sus experiencias durante la Shoá, ni siquiera con sus esposas, con sus hijos o con sus amigos más cercanos. En muchos casos, ese silencio duró casi cincuenta años. Sólo entonces, cuando el futuro que habían construido ya estaba seguro, se permitieron mirar hacia atrás y dar testimonio de lo que habían sufrido y visto. Algunos escribieron libros. Muchos recorrieron escuelas relatando su historia para que el Holocausto no pueda ser negado. Primero construyeron un futuro. Sólo entonces se permitieron recordar el pasado.

Eso fue lo que Abraham hizo en la parashá de esta semana. Él había recibido tres promesas de Dios: hijos, una tierra y que sería el padre no de una sino de muchas naciones (Génesis 17:4-5). A los 137 años tenía un hijo soltero, ninguna tierra y no había descendido de él ninguna nación. Él no pronunció ni una palabra de queja. Aparentemente comprendió que Dios deseaba que él actuara, no que esperara que Dios hiciera el trabajo por él.

Cuando falleció Sará, Abraham compró el primer terreno en lo que se convertiría en la Tierra Santa, el campo y la cueva de Majpelá. Luego instruyó a su siervo encontrar una esposa para Itzjak, su hijo, para poder llegar a vivir y ver los primeros nietos judíos. Finalmente, cuando ya era anciano, se volvió a casar y tuvo seis hijos, quienes eventualmente se convirtieron en los progenitores de muchas naciones. Excepto por un breve momento, Abraham no se sentó a lamentar el pasado. En cambio, dio los primeros pasos para construir el futuro.

A su forma, eso fue también lo que hizo Israel Kristal, y esa fue la forma en la que un sobreviviente de Auschwitz llegó a convertirse en la persona más anciana del mundo. También él falleció "en buena vejez, anciano y satisfecho".

Eso es lo que hizo de forma colectiva el pueblo judío cuando apenas tres años después de haber mirado a los ojos al ángel de la muerte en Auschwitz, David Ben Gurión proclamó el estado judío en nuestra patria ancestral, la tierra de Israel. Si los judíos del mundo se hubieran sentado pasivamente a llorar desde entonces hasta ahora por el asesinato de generaciones de judíos europeos, eso hubiera sido una reacción entendible. Pero no lo hicieron. Fue como si el pueblo judío hubiese dicho colectivamente en las palabras del Rey David: "No moriré, sino que viviré" (Salmos 118:17), dando testimonio del Dios de la vida. Por eso es que la nación más antigua del occidente sigue siendo joven, un líder mundial en el desarrollo de la medicina, en el alivio de las catástrofes y en tecnología que mejora la calidad de vida.

Esta es una idea transformadora. Para sobrevivir la tragedia y el trauma, primero hay que construir el futuro. Sólo entonces se puede recordar el pasado.