Entre la parashá de la semana pasada y la parashá de esta semana pasa algo extraordinario. Casi parece que la pausa de una semana entre ellas fuera parte de la historia.

En la parashá de la semana pasada leímos sobre la infancia de Iosef, enfocado no en lo que ocurría, sino en quién lo hacía ocurrir. Durante todos los altibajos de los primeros años de vida de Iosef, él es descripto como pasivo, no activbo; a quien le hacen cosas, no quien las hace; el objeto, no el sujeto de los verbos.

Su padre lo amaba y le dio una túnica bellamente bordada. Sus hermanos fueron quienes lo envidiaban y lo odiaban. Él tuvo sueños, pero uno no sueña porque quiere hacerlo, sino que es algo que simplemente ocurre. De alguna forma misteriosa que todavía no se llegó a comprender por completo, los sueños entran a nuestra mente mientras dormimos.

Los hermanos de Iosef, al cuidar el rebaño lejos de la casa, planean matarlo. Lo arrojan a un pozo. Lo venden como esclavo. En la casa de Potifar se eleva a un puesto importante, pero a continuación el texto nos dice que esto no se debió a Iosef, sino que fue obra de Dios: "Dios estaba con Iosef", y él se convirtió en una persona exitosa. Iosef estaba en la casa de su amo egipcio, su amo vio que "Dios estaba con Iosef", y que Él provocaba que todo prosperara en sus manos.

La esposa de Potifar trató de seducirlo, y fracasó, pero también aquí Iosef fue pasivo y no activo. Él no fue a buscarla, sino que ella lo buscó a él. Eventualmente: "Ella lo tomó de su túnica y le dijo: '¡Acuéstate conmigo!'. Iosef huyó y salió corriendo". Usando su túnica como evidencia, la mujer logró que lo enviaran a prisión bajo una acusación falsa. No había nada que Iosef pudiera hacer para establecer su inocencia.

En prisión vuelve a convertirse en un líder, un encargado, pero otra vez la Torá se esfuerza para atribuir esto no a Iosef sino a la intervención Divina: "Dios estaba con Iosef y fue bondadoso con él. Él hizo que hallara favor ante los ojos del encargado de la prisión… Todo lo que había que hacer allí, él era quien lo hacía. El jefe de la prisión no se ocupaba de nada de lo que Iosef estaba a cargo, porque Dios estaba con él, y todo lo que hacía, Dios lo hacía prosperar".

Allí Iosef se encontró con el jefe de los panaderos y con el jefe de los escanciadores del faraón. Ellos tienen sueños y Iosef los interpreta, pero insiste que no es él sino Dios quien interpreta los sueños. "Iosef les dijo: '¿Acaso las interpretaciones no pertenecen a Dios? Por favor, cuéntenmelos'".

En todo el Tanaj no hay nada similar. Todo lo que le ocurre a Iosef es el resultado de los actos de otra persona: de su padre, de sus hermanos, de la esposa de su amo, del jefe de la prisión, de Dios mismo. Iosef es una pelota arrojada por otras manos.

Entonces, por primera vez en toda la historia, Iosef decide tomar su destino en sus propias manos. Al saber que al jefe de los escanciadores le van a devolver su puesto, Iosef le pide que presente su caso ante el faraón: "Recuérdame cuando te vaya bien y por favor haz bondad conmigo y mencióname ante el faraón para poder sacarme de este lugar. Pues ciertamente he sido robado de la tierra de los hebreos, y tampoco aquí he hecho nada para que me hayan puesto en el calabozo".

Se cometió una doble injusticia, y Iosef vio que esa era su oportunidad de recuperar la libertad. Pero al final de la parashá recibimos un golpe devastador: "El jefe de los escanciadores no recordó a Iosef y lo olvidó". El anticlímax es intenso, enfatizando la duplicación de los verbos: "no lo recordó" y "lo olvidó". Podemos sentir a Iosef esperando día tras día las buenas noticias. No llega ninguna. Su última y mejor esperanza se ha esfumado. Nunca volverá a ser libre. O eso es lo que parece.

Para entender la fuerza de este anticlímax, debemos recordar que sólo desde la invención de la imprenta y la disponibilidad de libros, realmente pudimos saber lo que ocurre a continuación simplemente dando vuelta la página. Las personas conocían las historias bíblicas primordialmente por escucharlas semana tras semana. Quienes escuchaban la historia por primera vez tenían que esperar una semana para descubrir cuál sería el destino de Iosef.

El quiebre de la parashá es por lo tanto una especie de equivalente en la vida real a la demora que Iosef experimenta en la cárcel, lo cual vemos a comienzos de la parashá de esta semana que fueron "dos años enteros". Entonces el faraón tiene dos sueños y no hay en la corte nadie que pueda interpretarlos, lo que lleva a que el jefe de los escanciadores recuerde a la persona que conoció en prisión. De inmediato llevan a Iosef ante el faraón, y en unas pocas horas se transforma de ser nada a ser un héroe; de ser un prisionero desesperanzado a ser el Virrey del mayor imperio del mundo antiguo.

¿Por qué esta extraordinaria cadena de eventos? Obviamente nos enseña algo importante, ¿pero qué? Probablemente es esto: Iosef trató de salir de la prisión y pudo salir de allí, pero no de inmediato, y no porque el jefe de los escanciadores hubiera cumplido su promesa.

La historia nos dice algo fundamental sobre la relación entre nuestros sueños y nuestros logros. Iosef era el gran soñador de la Torá, y la mayor parte de sus sueños se convirtieron en realidad. Pero no de la forma que él o cualquier otro hubiera podido anticiparlo. Al final de la parashá de la semana pasada, cuando Iosef todavía estaba en prisión, parecía que todos sus sueños terminarían en un terrible fracaso. Tuvimos que esperar una semana, mientras él tuvo que esperar dos años, hasta que descubrimos que en verdad no fue así.

No hay logro sin esfuerzo. Este es el primer principio. Dios salvó a Nóaj del diluvio, pero primero Nóaj tuvo que construir el arca. Dios le prometió la tierra a Abraham, pero él primero tuvo que comprar la tumba de Majpelá para enterrar a Sará. Dios prometió la tierra a los israelitas, pero ellos tuvieron que luchar las batallas. Iosef se convirtió en un líder, tal como lo había soñado. Pero primero necesitaba agudizar sus habilidades prácticas y admnistrativas, primero en la casa de Potifar y luego en la prisión. Incluso cuando Dios nos asegura que algo va a ocurrir, esto no tendrá lugar sin nuestro esfuerzo. Una promesa Divina no es un sustituto para la responsabilidad humana. Por el contrario, es una convocatoria a la responsabilidad.

Pero sólo el esfuerzo no es suficiente. Necesitamos siata diShmaia, la ayuda del Cielo. Necesitamos la humildad de reconocer que dependemos de fuerzas que están fuera de nuestro control. En Génesis, nadie invocó a Dios más que Iosef. Como dice Rashi (en Génesis 39:3): "El nombre de Dios estaba constantemente en su boca". Él acreditó a Dios por cada uno de sus éxitos. Él reconoció que sin Dios no hubiera podido hacer lo que hizo. De esa humildad surgió la paciencia.

Quienes alcanzan grandes cosas a menudo cuentan con esta poco habitual combinación de cualidades. Por un lado, trabajan duro. Trabajan, practican, se esfuerzan. Por otro lado, saben que no será sólo su mano la que escribe el guion. No son sólo sus esfuerzos los que deciden el resultado. Entonces rezamos, y Dios responde a nuestras plegarias, pero no siempre responde cuando y como lo esperamos. (Y, por supuesto, a veces la respuesta es "No").

El Talmud (Nidá 70b) lo dice de forma muy simple. Allí pregunta; ¿qué debemos hacer para ser ricos? Y responde: Debes rezar a Dios de quien viene toda la riqueza. En ese caso, pregunta el Talmud, por qué hay que trabajar duro. Y responde que "una cosa sin la otra es insuficiente". Necesitamos ambas cosas; el esfuerzo humano y el favor Divino. En cierto sentido, tenemos que ser pacientes e impacientes. Impacientes con nosotros mismos, pero pacientes al esperar que Dios bendiga nuestros emprendimientos.

La demora de esta semana entre el intento de Iosef de salir de prisión y su eventual éxito, viene a enseñarnos este delicado equilibrio. Si trabajamos suficientemente fuerte, Dios nos otorga el éxito. Pero no cuando nosotros lo deseamos, sino cuando es el momento adecuado.