Muchas veces escribí sobre el sacrificio de Itzjak, cada vez proponiendo una interpretación un poco diferente de las que dan los comentaristas clásicos. Esto lo hago por una razón muy simple.

La Torá, el Tanaj en general, considera el sacrificio de los hijos como uno de los peores males. El sacrificio infantil era ampliamente practicado en el mundo antiguo. En Reyes II 3:26-27 leemos cómo el rey moabita Mesha, durante la guerra contra Israel, Iehudá y Edom, sacrificó a su primogénito al dios Jemosh. Si el punto en discusión fuera la disposición de Abraham a sacrificar a su hijo, entonces en términos del sistema de valores del Tanaj mismo él hubiera demostrado que no era mejor que un rey pagano.

Además, el nombre Abraham significa "Padre poderoso". El cambio de nombre a Abraham tuvo la intención de aludir a que sería el "padre de muchas naciones". Dios dijo que eligió a Abraham " para que él instruyera a sus hijos y a su familia en los caminos de Hashem", lo cual implica que Abraham fue elegido para ser un modelo de la paternidad. Un padre modelo no sacrifica a su hijo.

La interpretación clásica que dan la mayoría de los comentaristas es bella y emotiva. Abraham demostró que amaba a Dios más de lo que amaba a su propio hijo. Pero por las razones previamente expuestas, yo prefiero continuar buscando interpretaciones diferentes. Incuestionablemente aquí hubo una prueba, y esta involucró a Itzjak. Se puso a prueba la fe de Abraham hasta el límite. Pero también había aquí algo más.

Uno de los aspectos sorprendentes de la historia de Abraham es la desconexión entre las promesas de Dios y la realidad. Dios le prometió a Abraham la tierra siete veces. Sin embargo, cuando falleció Sará, Abraham no poseía ni siquiera una pequeña parcela para enterrarla y tuvo que comprar un lugar a un precio exorbitante.

Al comienzo mismo de la historia, Dios le dijo a Abraham que dejara su tierra, su lugar de nacimiento y la casa de su padre, y le prometió: "Te convertiré en una gran nación, y te bendeciré". Sin dudarlo y sin demoras, Abraham partió, comenzó su travesía y llegó a la tierra de Canaán. Se dirigió a Shejem y construyó allí un altar. Luego fue a Bet-El y también allí construyó un altar. Y casi de inmediato leemos que "Hubo hambruna en la tierra".

Abraham y su familia se vieron obligados a ir a Egipto. Allí, Abraham entendió que su vida corría peligro. Le pidió a Sará que fingiera ser su hermana en vez de su esposa, colocándola de esta manera en una posición falsa (conducta que el Rambán critica intensamente). ¿Dónde estaba en ese momento la bendición Divina? ¿Cómo puede ser que después de dejar su tierra y seguir la orden de Dios, Abraham llegara a encontrarse en una situación moralmente imposible, en la que se vio obligado a elegir entre pedirle a su esposa que mintiera o exponerse a la probabilidad casi segura de su propia muerte?

Aquí comienza a surgir un patrón. Abraham comenzó a descubrir que había un largo y sinuoso camino entre la promesa y su cumplimiento. No porque Dios no cumpliera Su palabra, sino porque Abraham y sus descendientes tenían la tarea de traer al mundo algo nuevo. Una sociedad sagrada. Una nación formada a partir de un pacto. Un abandono de la idolatría. Un código de conducta austero. Una relación más íntima con Dios que lo que había conocido cualquier otro pueblo. Se convertirían en una nación de pioneros. Y desde el comienzo Dios le estaba enseñando a Abraham que eso exigía una extraordinaria fuerza de carácter, porque nada grandioso y transformativo ocurre de la noche a la mañana en el mundo humano. Uno tiene que seguir adelante, incluso cuando está cansado y perdido, agotado y abatido.

Dios va a brindar todo lo que Él prometió. Pero no de inmediato. Y no directamente. Dios busca que haya un cambio en el mundo real de la vida cotidiana. Y Él busca a aquellos que tienen la fe tenaz para seguir adelante a pesar de todos los contratiempos. De eso se trata la vida de Abraham.

Esto queda claro en particular respecto a la promesa de Dios de que tendría hijos. Dios habló cuatro veces de esto con Abraham:

  1. "Te convertiré en una gran nación y te bendeciré" (Génesis 12:2)

  2. "Haré a tu descendencia como el polvo de la tierra, que si pudiera alguien contra el polvo de la tierra, también tu descendencia sería contada" (Génesis 13:16)

  3. "'Observa ahora los cielos y cuenta las estrellas, si puedes contarlas'. Y le dijo: 'Así será tu descendencia'" (Génesis 15:5)

  4. "Ya no serás llamado Abram; Abraham será tu nombre, pues te he convertido en padre de una multitud de naciones. Te haré fructificar inmensamente y haré pueblos de ti y reyes surgirán de ti" (Génesis 17:5-6).

Cuatro promesas ascendentes: una gran nación, tan numerosos como el polvo de la tierra y las estrellas del cielo; no una nación sino muchas naciones. Abraham escuchó estas promesas y tuvo fe en ellas: "Abraham creyó en Dios y Él se lo contó como rectitud" (Génesis 15:6).

Entonces Dios le dio a Abraham una noticia dolorosa. El hijo que había tenido con Hagar, Ishmael, no sería su heredero espiritual. Dios lo bendijo y lo convirtió en una gran nación, "Pero Mi pacto lo confirmaré con Itzjak, a quien Sará dará a luz en esta época el próximo año" (Génesis 17:21).

Sobre este fondo de cuatro promesas de un número imposible de contar de descendientes, y una futura promesa de que el pacto de Abraham continuaría a través de Itzjak, debemos colocar las escalofriantes palabras con las que comienza esta prueba: "Toma a tu hijo, tu único hijo, el hijo a quien amas, Itzjak, y súbelo en ofrenda de ascensión".

La prueba no era ver si Abraham tenía el coraje de sacrificar a su hijo. Como vimos antes, incluso los paganos como el rey Mesha de Moav tenían el coraje de hacerlo. Eso era algo habitual en el mundo antiguo, y completamente aborrecible para el judaísmo.

La prueba no era ver si Abraham tenía la fuerza de ceder a algo que amaba. Él ya había demostrado eso una y otra vez. Al comienzo mismo de su historia él cedió a su tierra, a su lugar de nacimiento y a la casa de su padre, a todo lo que le era conocido, todo lo que implicaba su "hogar". En el capítulo previo, él cedió a su primogénito Ishmael, a quien claramente amaba. ¿Acaso quedaba la mínima duda de que estaría dispuesto a entregar a Itzjak, quien claramente era un regalo Divino que había nacido después de la menopausia de Sará?

La prueba era ver si Abraham podría vivir con lo que parecía ser una clara contradicción entre la palabra de Dios ahora y la palabra de Dios en cinco ocasiones previas, en las que le había prometido hijos y un pacto que continuaría a través de Itzjak.

Los Sabios sabían que hay instancias en las que dos versículos se contradicen mutuamente hasta que llega un tercer versículo que resuelve la contradicción. Esa era la situación de Abraham. Él enfrentó una contradicción, y todavía no había un futuro versículo para resolverla. Esa fue la prueba. ¿Podría Abraham vivir con la incertidumbre?

Eso fue exactamente lo que hizo. Se preparó a sí mismo para el sacrificio. Pero no se lo contó a nadie más. Cuando él e Itzjak partieron solos al tercer día, les dijo a los dos sirvientes que los acompañaban: "Esperen aquí con el asno y yo y el joven iremos hasta allí, nos postraremos y regresaremos a ustedes". Cuando Itzjak preguntó: "¿Dónde está el cordero para la ofrenda de ascensión?", Abraham le respondió: "Dios escogerá para sí el cordero para la ofrenda de ascensión, hijo mío".

Por lo general, estas declaraciones se toman como evasiones diplomáticas. Sin embargo, yo creo que Abraham implicó exactamente lo que dijo. Él estaba viviendo la contradicción. Él sabía que Dios le había dicho que sacrificara a su hijo, pero también sabía que Dios le había dicho que Él establecería Su pacto eterno a través de ese hijo.

La prueba del sacrificio de Itzjak no fue sobre el sacrificio mismo sino sobre la incertidumbre. Hasta que concluyó, Abraham no sabía qué creer ni cómo iba a terminar. Él creyó que el Dios que le había prometido un hijo no le permitiría sacrificar a ese hijo. Pero no sabía cómo se resolvería la contradicción entre la promesa de Dios y Su orden.

El poeta John Keats, en una carta a sus hermanos George y Thomas en 1817, trata de definir qué es lo que hacía a Shakespeare tan grandioso comparado con otros escritores. Él dijo que Shakespeare poseía "una capacidad negativa, esto es, cuando un hombre es capaz de vivir con incertidumbre, misterios, dudas, sin ningún alcance irritable entre el hecho y la razón". En otras palabras, Shakespeare estaba abierto a una vida con toda su multiplicidad y complejidad, con sus conflictos y contradicciones, mientras que otros escritores menores buscaban reducir todo a un único marco filosófico. Lo que Shakespeare era a la literatura, Abraham era para la fe.

Yo creo que Abraham nos enseñó que la fe no es una certeza, sino el coraje de vivir con incertidumbre. Él tenía una capacidad negativa. Él sabía que las promesas se convertirían en realidad; pero podía vivir con la incertidumbre de no saber cómo ni cuándo eso ocurriría.

Shabat Shalom