Por lo general, las bibliotecas son lugares silenciosos que ayudan a la meditación y la concentración. Sin embargo, si entras a una sala de estudio de Torá, te sorprenderán los decibeles y el ruido. ¿Por qué los judíos estudian en voz tan alta? Parashat Ki Tavó resuelve esta pregunta.

¿Qué nos distingue realmente del reino animal? Muchos afirman que la cualidad distintiva del ser humano es el poder del habla y la comunicación. La parashá de esta semana brinda una enseñanza sobre el gran efecto que tiene el habla para provocar cambios en el comportamiento.

El primer pasaje de parashat Ki Tavó describe el mandamiento que obliga al agricultor en Israel a llevar sus primeros frutos al Templo y decir: "Declaro hoy ante Dios que vine a la tierra que Dios juró a nuestros antepasados, para entregárnosla" (Devarim 26:3). Luego, el agricultor continúa recitando una fórmula especial para agradecerle a Dios por Su bondad. Entendemos el texto especial y el agradecimiento, pero ¿por qué debe comenzar declarando exactamente la razón por la que está allí? Rashi explica que el objetivo de esta declaración es mostrar que el agricultor siente agradecimiento por la tierra de Israel. ¿Acaso el mismo hecho de haber ido a llevar su ofrenda no es una muestra de gratitud? ¿Por qué debe decirlo?

Aquí hay una lección importante para la vida judía. El habla es una fuerza mucho más potente y explosiva de lo que creemos. Expresar gratitud mediante el habla es muy distinto a meramente sentirlo o pensarlo. La razón es que, si bien lo que pensamos define en cierta forma quiénes somos, lo que decimos forma aún más nuestra identidad. El concepto de los juramentos, y las consecuencias de violarlos, lo dejan claro.

Los juramentos son tratados en Bamidbar 30:3:

"Si un hombre hace una promesa a Dios o jura un juramento para prohibirse una prohibición a sí mismo, no PROFANARÁ su palabra, hará de acuerdo a todo lo que sale de su boca".

El lenguaje usado aquí para la prohibición no es el usual. La Torá podría haber dicho lo iaavor, no violará su palabra. En cambio, usa lo iajel, no profanará. Claramente, el hecho de que diga no profanará su palabra, una expresión mucho más dramática, transmite un mensaje. Además, la segunda parte de la declaración también usa más palabras de lo necesario: hará de acuerdo a todo lo que sale de su boca en lugar de decir simplemente: cumplirá sus promesas. ¿Por qué?

La Torá dice no profanarás tus palabras. No las menosprecies, porque una palabra es una realidad. El problema en violar una promesa no es la deshonestidad, sino algo mucho peor: se destruye la realidad que se creó al hacer la promesa.

Decir algo en voz alta tiene un efecto profundo sobre la personalidad humana. Creemos que el habla sólo importa cuando decimos algo en público, pero no cuando lo hacemos en privado. Pero es un error, porque una promesa es tan obligatoria cuando la hacemos en público como cuando la hacemos en privado. El poder de verbalizar pensamientos existe también cuando nadie nos oye. Puede que creamos que maldecir a alguien en privado es inofensivo. Si bien es mejor que maldecir en público, hacerlo en privado genera un daño considerable a la espiritualidad, porque cuando los pensamientos se transforman en habla se efectúa una transformación más profunda. Las palabras crean una nueva realidad y tienen un fuerte impacto sobre quien las dice.

Si tenemos pensamientos indebidos, no debemos atrevernos a decirlos. Los deseos expresados cobran una fuerza que no tienen las palabras no dichas. Lo mismo es cierto para el crecimiento positivo. Si sólo pienso en crecer, no logro un gran crecimiento. Pero, si digo que quiero aprender más, amar a Dios, rezar, amar más a mis padres, amar más a mi pareja, ya no sólo tengo un proyecto, sino que generé una realidad en el mundo físico, y la creé con mis palabras. Si tengo pensamientos que no debería tener, decir en voz alta que desearía no tenerlos es un gran paso para eliminarlos (aunque no es necesario pronunciar el pensamiento en sí).

Iaakov Avinu nos da un ejemplo de esta idea. En ocasiones se nos permite falsificar hechos y engañar por el bien de la paz. Esto lo aprendemos de Dios Mismo, que lo hizo para mantener la paz entre Abraham y Sará (ver Rashi, Bereshit 18:13 Este concepto no puede aplicarse universalmente, sino que se debe consultar una autoridad halájica para cada caso específico). El caso de Iaakov tuvo lugar cuando engañó a Itzjak para recibir la bendición de Esav. La Torá aprueba el comportamiento de Iaakov (como también lo hizo Itzjak al descubrir lo ocurrido, ver Bereshit 27:33), y considera que el episodio fue un evento justificado para el desarrollo del pueblo judío.

Cuando Iaakov entró al cuarto de Itzjak simulando ser Esav, Itzjak le preguntó: "¿Eres mi hijo Esav?" y Iaakov contestó: "Soy yo, Esav, tu primogénito" (ver Bereshit 27:18-24). Rashi (Bereshit 27:19) cita un Midrash que explica que lo que Iaakov dijo fue: "Yo soy yo, Esav es tu primogénito". ¿Qué quiere decirnos el Midrash? ¿Acaso es un juego? Sabemos que Iaakov quería engañar a Itzjak. ¿Por qué lo dijo de esa forma y por qué importa la intención que tuvo? De todas maneras con sus palabras engañó a Itzjak. ¿Por qué es importante que se pueda entender como una verdad si colocamos una coma entre "yo" y "Esav"? ¿Eso hace que sea una mentira más pequeña?

Una mentira es una mentira. Pero el Midrash nos dice que hay una gran diferencia entre una mentira en la que las palabras mismas son mentira y una en que las palabras son ciertas pero la intención es engañar. Este Midrash nos enseña el tremendo poder de las palabras y lo cuidadosos que debemos ser al usarlas. Por esta razón Iaakov se preocupó de que, por lo menos, sus palabras pudieran considerarse ciertas.

Una palabra no refinada o grosera tiene un efecto sobre nosotros y nos mancha. Una palabra expresada nos cambia. Debemos elegir cuidadosamente nuestras palabras, no expresar nuestra opinión sin pensar. Debemos asegurarnos de que nuestro mensaje sea articulado apropiadamente, cuidar la forma en que les hablamos a los demás y cómo transmitimos nuestros pensamientos.

Esta también es la razón por la que la confesión verbal ante Dios es una parte tan integral del arrepentimiento, que es el tema principal del mes de elul, cuando nos preparamos para las Altas Fiestas. El Rambam (Leyes del arrepentimiento 2:2), dice (parafraseado):

Arrepentirse significa abandonar el pecado, eliminarlo del corazón y decidir jamás volver a repetirlo. Uno también debe arrepentirse de la acción. Y uno debe confesar CON SUS LABIOS y decir todas esas cosas que pensó en el corazón.

El Rambam eligió la frase con sus labios, al igual que la Torá usa todo lo que sale de su boca, para enfatizar el enorme poder que tiene el habla para transformar a una persona y ayudarla a arrepentirse. Dios conoce nuestros pensamientos, así que es obvio que no Le decimos nada nuevo. La confesión es para nosotros mismos. Los pensamientos deben ser expresados verbalmente para que sea posible el cambio verdadero. Sin una confesión verbal no se logra el arrepentimiento y lo más probable es que los pensamientos sobre el cambio se disipen.

Esa es también la razón por la que al estudiar Torá, sólo pensar en lo estudiado no tiene la misma fuerza que expresarlo en voz alta (algunas opiniones sostienen que para pensar en Torá no hace falta bendecir, ver Shulján Aruj Oraj Jaim 47:4 con Mishná Brurá). La información tampoco será recordada, como dice el Talmud: Pronunciar la Torá es la esencia del estudio de Torá (Eruvín 54a).

Entonces, no te contengas. DI lo que piensas.