La muerte. Nunca deseamos enfrentar el hecho de que algún día moriremos. Lo ignoramos en perjuicio propio. Debemos vivir la vida de una forma que nos permita concretar al máximo nuestro potencial espiritual, porque sabemos que después de la muerte enfrentaremos a nuestro Creador y tendremos que rendir cuentas sobre nuestra vida.

Por supuesto, no debemos ser demasiado mórbidos y permitir que la conciencia de que moriremos nos deprima y nos debilite. Mientras estamos vivos, es saludable no pensar demasiado en la muerte. Pero debemos ser intelectualmente conscientes de la realidad de la muerte y, como resultado, vivir de forma significativa.

¿Pero cómo deberíamos enfrentar a la muerte? ¿Cómo lidiamos con ella cuando llega? Si a alguien le diagnostican cáncer y le dicen que sólo le quedan unos pocos meses de vida, ¿qué actitud y qué filosofía de vida debería tener? En la parashat Vezot habrajá, Moshé se despide del pueblo judío con unas bendiciones gloriosas. Moshé muere con fortaleza y confianza en Dios, sin temor, y se convierte en un ejemplo para nosotros.

Rav Iaakov Weinberg, de bendita memoria, falleció en 1999. Rav Iaakov fue el mentor de miles de estudiantes a través de su rol de Decano de la Escuela Rabínica Ner Israel de Baltimore, donde impartió su conocimiento sobre cómo se debe vivir. Con su comportamiento al final de su vida, también enseñó muchas cosas sobre la forma en que una persona debería morir.

Rav Iaakov se entrenó a diario para esta tarea en su alto nivel de concentración durante la plegaria del Shemá. El versículo declara que debemos amar a Dios con toda nuestra vida. El Talmud dice que esto significa que debemos amar a Dios incluso cuando Él toma nuestra vida, es decir, al morir (Brajot 54a). Aparentemente, quitarnos la vida es lo peor que Dios podría hacernos, pero debemos sentir lo opuesto. El momento en que morimos es una oportunidad para expresar un tremendo amor y confianza en Dios, en que Él sabe lo que es mejor para nosotros, incluso si eso significa morir.

Rav Iaakov hizo exactamente eso, enseñándonos que todo lo que Dios hace es para bien.

Sus estudiantes cercanos y sus familiares dicen que cuando Rav Iaakov se enteró de que tenía cáncer y de que se había expandido rápidamente por su cuerpo, no reaccionó con sorpresa ni temor. Él aceptó la noticia de inmediato, sin las etapas normales de pena. La conciencia de la realidad y la verdad era tan grande que no hubo lugar para la negación. Sólo había lugar para la voluntad de Dios.

Durante sus últimas semanas, Rav Iaakov estuvo calmo y enfocado. Cuando le preguntaban si tenía miedo, se sorprendía: "¿Miedo? No, no tengo miedo. Sé que todo lo que Hashem hace es para bien". Para Rav Iaakov la bondad de Dios era un regalo perpetuo que siempre tenía presente.

Además, a diferencia de la mayoría de las personas que se enfocan hacia su interior al enfrentar la muerte, durante sus últimas semanas Rav Iaakov mantuvo su preocupación y amabilidad hacia los demás. Estaba constantemente conciente de las necesidades de los otros. Nunca dejó de agradecerle a cada persona que lo ayudó, a cada enfermera, a cada persona de maestranza. Se mantuvo sonriente hasta perder la conciencia. Cuando le pedía algo a alguien, se disculpaba por molestar.

Durante el último Shabat de Rav Iaakov, se levantó y se sentó a la mesa de Shabat, a pesar de que le resultó casi imposible hacerlo porque se había consumido toda su fortaleza y energía. No lo hizo por sí mismo, sino por su familia. Y dijo palabras de Torá sobre la parashat Balak, compartiendo sus propias ideas.

Ese Shabat todos querían visitar a Rav Iaakov. Él no deseaba recibir visitas, pero sabía que sus estudiantes necesitaban verlo al menos una última vez para despedirse. Por ellos, permitió que todos entraran libremente. Rav Iaakov siempre fue un hombre muy reservado, pero ese Shabat permitió que todos entraran a su dormitorio para desearle un Shabat shalom. Rav Iaakov ni siquiera permitió que su familia le pidiera a alguien que saliera. Sólo tuvo sonrisas para sus visitantes, ocultando su verdadera agonía y dolor físico. En sus conversaciones, no se concentró en sí mismo ni en su condición, sino que sólo guió, respondió las preguntas halájicas de los demás y los alentó a estudiar y enseñar Torá.

Al ver que un visitante estaba deprimido porque él estaba agonizando, intentó enseñarle que Dios sólo hace lo que es bueno.

—¿Cómo estás? —le preguntó Rav Iaakov.

—Supongo que bien —fue la respuesta.

—¿Sólo bien? No es suficiente. Dios quiere que estés mucho mejor que bien. ¡Dios quiere que estés excelente!

El mensaje era claro: acepta que Dios nos ama. Y si Él considera apropiado tomar mi vida ahora, también eso es "excelente".

Rav Iaakov siempre fue un profundo pensador y rabino. Sus estudiantes lo sabían. Lo que no comprendimos fue que las enseñanzas más poderosas y profundas que Rav Iaakov nos daría serían en el momento de su muerte.

Que las enseñanzas de Rav Iaakov permanezcan con nosotros y nos inspiren.