Leamos una declaración de 1977 en contra de la discriminación de las especies, firmada por 150 académicos de la Universidad de Cambridge (Ver Animal Rights-A Symposium, London Centaur Press, 1979, p. viii):

Condenamos totalmente infligir sufrimiento a nuestros hermanos animales, y la reducción de su disfrute, a menos que sea necesario para su propio beneficio individual. Declaramos nuestra creencia en que todos los seres sensibles tienen derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Con esta declaración, el movimiento por los derechos de los animales afirmó su creencia en que no hay ninguna diferencia moral entre los seres humanos y los animales. Cuando un “hermano” animal sufre dolor, es tan trágico como cuando lo sufre un ser humano. Para la mayoría de las personas, incluso para los más leales vegetarianos, esta filosofía suena un poco extrema. Sí, está mal infligir dolor innecesario a los animales, pero igualarlo al sufrimiento humano nos resulta extraño.

Sin embargo, como judíos, siempre que encontramos un juicio de valores debemos investigar lo que Dios opina al respecto. No podemos decidir los asuntos morales basados simplemente en lo que sentimos. La práctica de la ética relativa, hacer y actuar de acuerdo con lo que me parece en el momento, deja a la persona sin ningún estándar ni una medida de valores. Hace 40 años, el aborto era considerado un crimen de asesinato; ahora la sociedad lo acepta con los brazos abiertos. Nuestros valores pueden cambiar con gran rapidez si dejamos que dependan de nuestros sentimientos y consideraciones. La única forma de vivir con un sistema verdadero de valores es descubrir a través del estudio de la Torá cuáles son los valores absolutos de Dios.

Entonces, ¿qué dice la Torá sobre los derechos de los animales?

Es cierto que estamos obligados a no infligir dolor innecesario a los animales. Como declara el Talmud: “evitar hacer sufrir a los animales es una obligación de la Torá” (Baba Metzía 32b). Pero el “derecho” de un animal a no sufrir en el mundo de Dios es diametralmente opuesto al de un humano.

Dios le dio a la humanidad la tarea de: "Conquisten [la tierra] dominen a los peces del mar, a las aves de los cielos y a todos los seres que reptan sobre la tierra" (Bereshit 1:28). Dios quiere que usemos todo el universo, incluyendo a los animales, si lo consideramos útil para nuestro camino de desarrollo y crecimiento. Específicamente, Dios le dijo a Nóaj que la humanidad tiene permitido comer carne de animales:

"Todos los animales que viven serán para que comas. Como las hierbas verdes, te di todo" (Bereshit 9:3).

El versículo deja bien claro que, más allá de lo mucho que deseemos ver a los animales como a los humanos, más allá de las muchas similitudes fisiológicas que haya entre los humanos y los animales, ellos no deben ser para nosotros diferentes a otras formas de vida que hay en el mundo, como por ejemplo, el mundo vegetal. Dios no sólo nos permitió comer carne de animales si lo deseamos, sino que prefiere que lo hagamos. Dios no nos indicó que debemos tener empatía con los animales y evitar comerlos. Él dijo enfáticamente que debemos ver a los animales de una forma similar a los vegetales, y que así como no sentimos que comer verduras sea malo, tampoco debemos sentirlo con respecto a los animales.

La razón de esto es que el hombre es el 'objetivo' de la creación. Como dice el Talmud (parafraseado): "Dios creó a los animales para la humanidad. Si la humanidad no existiera, ¿cuál sería el propósito de su existencia?" (Sanedrín 108a). El hombre es la única creación que tiene libre albedrío, con su potencial inherente de recompensa y castigo. Los animales actúan exclusivamente en base a su instinto, sin libre albedrío, es decir, sin la capacidad para decidir. Los animales sólo existen para ayudar al hombre.

Ahora bien, de todos modos, es vital no ser crueles con los animales, como ya vimos que afirma el Talmud. Pero los animales no tienen "derechos" propiamente tal. Evitamos causarles daño a los animales no precisamente por ellos, sino por nosotros. El Rambán (Devarim 22:6) escribe que todas las mitzvot que exigen que actuemos con compasión hacia los animales existen para que no nos acostumbremos a ser crueles. No somos misericordiosos con los animales porque sus "derechos" nos obliguen a hacerlo. Dado que los animales tienen ciertas similitudes fisiológicas con los humanos, en un nivel subconsciente sería negativo para nosotros. Como explica Rav Ieshaiá Karelitz, el Jazón Ish (1878-1953):

"Los animales son similares al hombre en la estructura del cuerpo, su aspecto y sus capacidades; el material de su cuerpo es carne, sangre, tendones, huesos y piel y poseen una fuerza vital. Poseen sentidos como el hombre, se sustentan como el hombre, tienen dos géneros, masculino y femenino. Pero la diferencia entre el hombre y los animales radica en la inteligencia y el lenguaje" (Emuná y bitajón 1:7).

Si fuésemos crueles con los animales actuaríamos de la misma forma con los seres humanos.

Por eso debemos tratar a los animales con atención y cuidado. No podemos torturarlos ni causarles dolor sin razón. Pero siempre que derivemos algún beneficio tangible de ellos (sí, incluso un abrigo de piel y ciertamente para la experimentación médica) se nos permite utilizar animales.

En la parashá Ajarei Mot hay un versículo que es relevante para nuestra discusión:

“Todo hombre de la casa de Israel que faena a un toro, una oveja o una cabra (Rashi: que fue santificado y designado para ser faenado en el Tabernáculo) en el campamento, o fuera del campamento y no trae al animal a la entrada de la Tienda de la Cita (Tabernáculo) para que sea sacrificado para Dios, ante el Tabernáculo de Dios, se considera como que ese hombre ha derramado sangre” (Vaikrá 17:3-4).

¿Por que es tan terrible faenar un animal fuera del Templo?

La explicación es la siguiente. Tenemos permitido utilizar animales de manera justificada, lo cual por supuesto incluye llevarlos como ofrendas. Sin embargo, si hacemos algo que invalide la faena y la muerte del animal (como matarlo fuera del Tabernáculo), la Torá nos dice que la muerte del animal es comparable al derramamiento de sangre. Si matamos al animal de manera justificada, no hacemos nada malo e incluso en algunos casos puede ser que lo santifiquemos (por ejemplo con las ofrendas). Pero si hacemos que el animal sea inválido para el sacrificio, debido a que los animales comparten con nosotros ciertas características fisiológicas, nos causaríamos un daño subconsciente y nos acercamos a un camino sangriento.

La Torá prohíbe destruir o desperdiciar cualquier objeto del mundo. Esta prohibición se llama báal tashjit (Devarim 20:19). Dios nos dio el mundo para que lo embellezcamos y lo desarrollemos, no para que lo destruyamos. Como dice el Midrash Kohélet Rabá en el capítulo 7: Dios llevó a Adam por todo el Jardín de Edén, mostrándole todos los árboles. Dios dijo: 'Mira qué hermosas son Mis creaciones. Lo creé todo para tu beneficio. Asegúrate de no destruir ni arruinar Mi mundo'. Matar animales y no poder usarlos para el beneficio del hombre es una seria violación de la tarea de desarrollar y utilizar apropiadamente el mundo de Dios.

No, los animales no tienen derechos. Y si sugiriéramos que los tienen, si pusiéramos a los animales a la par de los humanos, nos arriesgaríamos a tratar a los humanos como animales, ignorando en ocasiones el sufrimiento humano.

Un ejemplo de esta filosofía equivocada de los derechos de los animales ocurrió el 26 de enero de 2003. Terroristas árabes hicieron estallar un autobús israelí. En esa ocasión, el explosivo no llegó a través de un palestino, sino de un burro. Le ataron explosivos en la espalda y lo dirigieron hacia un autobús israelí. Entonces los terroristas detonaron la bomba a distancia. Por fortuna, todas las personas sobrevivieron. Pero el burro no.

Acá entró en acción PETA (personas por el trato ético de los animales). Después de recibir muchas protestas de sus sorprendidos miembros, Ingrid Newkirk, presidenta de PETA, le escribió una carta a Yaser Arafat. PETA simpatizó con un aspecto obviado del terrorismo palestino: "Si tiene la oportunidad, por favor agregue a sus ocupaciones mi súplica de pedirles a todos los que le escuchan que dejen a los animales afuera de este conflicto".

En el conflicto árabe-israelí sin ninguna duda hay peores tragedias que la muerte de un burro. Cientos de hombres, mujeres y niños fueron asesinados. Sin embargo, PETA no protestó por eso. Cuando el Washington Post le consultó al respecto, la Sra. Newkirk afirmó: "No me incumbe inmiscuirme en guerras humanas". Uno no puede dejar de sorprenderse ante la falta de simpatía por las víctimas humanas.

Muchos desean creer que los animales tienen derechos y que dado que el hombre es simplemente un animal más elevado, la humanidad tiene tanta (o tan poca) importancia y misión en el universo como los animales. En realidad, lo que están haciendo es disminuir las verdaderas responsabilidades de la humanidad. Desean olvidar que el hombre fue creado a imagen de Dios, que tiene libre albedrío y que su responsabilidad es perfeccionar al mundo.